Con las raíces hundidas en una tierra fértil, en ese rincón estratégico del barrio, él era más que un árbol: era testigo, cómplice y protagonista silencioso de miles de anécdotas.
A su sombra se armaban potreros eternos, canchitas improvisadas donde los desafíos entre barrios eran casi rituales.
Cómo olvidar aquella tarde.
El barrio movilizado por un partido de fútbol, como para no estarlo, Se jugaba La final.
No faltaba nadie, hasta el cura de la parroquia se hizo presente, visitantes por un lado y los locales con bomberos y redoblantes, todo vibrando como si el destino dependiera de ese partido. No quedaba un solo hueco libre; ni una silla más podía entrar.
Fue entonces cuando lo miré.
Y sentí la invitación.
Me trepe al árbol hasta llegar a la cima y encontré un lugar previligiado, podía ver toda la cancha y la improvisada tribuna.
Era la primera vez que subía tan alto.
Lo disfrute Como nunca había disfrutado.
Termino el partido, no quería que el tiempo pasara pero ya era hora de bajar.
Empecé a descender con cuidado. Y al pisar el suelo, lo abracé.
Le dije “gracias”...
Gracias por el momento.
Gracias por estar.