Una tarde-noche cualquiera, cuando el día ya se agotaba y el cielo empezaba a apagarse, nos juntamos con los amigos de la infancia. El potrero era nuestro universo, y esa vez tocaba un clásico del barrio: el escondite.
Uno miraba la pared y contaba hasta veinte. Veinte segundos… un parpadeo. Apenas el tiempo justo para encontrar un refugio y no ser descubierto.
—¡Seguime! —le dije a mi amigo.
—¿A dónde? No veo nada...
—Acá. Nadie, jamás, pensó en este lugar.
—¿Dónde "acá"? ¡Estamos perdiendo el tiempo!
—¡Mirá para arriba!
Los vimos abrir los ojos como si hubieran descubierto un tesoro.
—¿Qué hacen ahí arriba?
—¿Y ustedes qué hacen ahí abajo? ¡Vamos, suban!
—No… me da miedo.
—¿Miedo a qué?
—A la altura. Siento vértigo…
—O simplemente no te animás.
—Sí que me animo… pero nunca subí. Siempre hay una primera vez.
Y fue justo en ese momento que un viento repentino se levantó. Un soplido firme, casi como un gesto.
El viejo sabio se estremeció, sus hojas susurraron algo que entendimos sin palabras: no era el momento para más visitas.
Ese viento marcó el final del juego.
Y también, como si estuviera pactado, marcó el final del día.