Ceferino y el Sabio

EPÍLOGO

Cuando el barrio volvió a su ritmo habitual, Seferino quedó un momento más frente al viejo roble. No dijo nada. No hacía falta. Había aprendido que algunos silencios enseñan más que mil consejos, y que ciertos seres —aunque no hablen, aunque no caminen, aunque no tengan alma en el sentido humano— dejan huellas igual de profundas.

El árbol seguía allí, sereno, firme, sin reclamar nada. Había soportado tormentas, vientos y olvidos… y aun así ofrecía sombra, cobijo y calma. Seferino entendió entonces algo simple, pero inmenso: la verdadera fuerza no grita; acompaña.

Y la verdadera enseñanza no obliga; inspira.

Aquella tarde, mientras el sol se acomodaba detrás de los techos, Seferino sintió que el árbol le devolvía una última lección, suave como una caricia de luz: que cada acto de respeto, cada gesto de amor, cada compromiso silencioso, deja raíces. Que incluso en la quietud se puede ser guía. Que incluso en la fragilidad se puede ser ejemplo.

Y comprendió que todos, incluso él, podían ser un poco árbol: firmes sin ser duros, pacientes sin resignarse, resistentes sin perder la ternura.

Porque, en el fondo, no es la vida la que nos define, sino la forma en que elegimos sostener a otros mientras pasa el viento.




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