Las mañanas en el campo tenían una magia especial para mi gato. La niebla leve todavía cubría los pastizales y el aire fresco traía consigo el olor a tierra mojada. A Ceniza le encantaba salir a cazar en esas primeras horas, cuando los pájaros bajaban a alimentarse en los senderos.
Aquella mañana, Ceniza divisó una paloma silvestre cerca de una vieja estructura de madera abandonada. Pegó su vientre a la tierra y avanzó metro a metro entre la hierba alta, sin hacer crujir una sola hoja seca. Cuando estuvo a la distancia perfecta, se impulsó y saltó por los aires con una precisión impresionante, atrapando a la paloma justo cuando esta intentaba emprender el vuelo.
Pero a pocos metros de allí, detrás de un matorral tupido, dos hombres observaban la escena en absoluto silencio.
—¡Míralo, te lo dije! —susurró uno de ellos, agarrando con fuerza la cuerda de una trampa artesanal—. Viste el brinco que dio... este gato no es de por aquí, tiene una agilidad bárbara.
—Suelta la red de una vez, que no se nos vaya —respondió el otro ansioso.
Un golpe seco y metálico retumbó en el lugar. Una red gruesa cayó sobre él y la puerta de una caja de madera y alambre se cerró de golpe.
Ceniza lanzó un bufido sordo y comenzó a embestir los barrotes de alambre con una fuerza impresionante, pero la estructura era firme.
—¡Eso es! ¡Lo tenemos! —gritó uno de los tipos sujetando la jaula mientras el gato forcejeaba por dentro—. Vamos a llevarlo a la finca antes de que alguien pase por el camino. Este animal nos va a servir muchísimo.
Se lo llevaron a prisa, alejándolo de sus senderos de siempre y dejándolo encerrado en un patio ajeno al otro lado del sector.
Mientras eso pasaba en el monte, en mi casa llegaba la hora de la comida. Mi madre salió al patio trasero sosteniendo el recipiente plástico con sus pepas favoritas y empezó a llamarlo como todas las mañanas.
—¡Ceniza! ¡Cenicitas, ven a comer! —gritaba, haciendo sonar las pepas contra el plato.
Esperó un momento, pero solo escuchó el viento mover las hojas del patio. Pasó una hora, pasaron dos, y la comida seguía intacta sobre la piedra. Mi madre entró a la sala con el rostro desencajado.
—Oye, viejo... —le dijo a mi padre, que leía el periódico cerca de la ventana—. Ceniza no ha venido a comer. Eso no es normal en él a esta hora.
Mi padre se quitó los lentes y la miró con preocupación.
—¿No andará por ahí subido en el tejado?
—No, ya revisé todo el patio y la calle. Sabes que él sale al monte, pero a la hora de las pepas siempre asoma la cabeza por el portón. Me da mala espina.
—Voy a darme una vuelta por el camino de la quebrada a ver si lo veo —dijo mi padre poniéndose de pie y tomando su sombrero—. Salgamos a preguntar a los vecinos. Tú sabes cómo quiere el muchacho a ese animal, no quiero ni pensar qué va a decir si le pasa algo.
Mientras mis padres recorrían desesperados los caminos de tierra, preguntando en las fincas cercanas con el corazón en la mano, en el interior de la casa el teléfono comenzó a sonar con insistencia.
Ring... Ring...
Era yo, llamando desde miles de kilómetros de distancia.
Llevaba todo el día con una corazonada opresiva en el pecho, esa inquietud amarga que uno siente cuando presiente que algo no anda bien con los suyos. Sostuve el teléfono con fuerza, esperando escuchar la voz de mi familia.
—Vamos, contesten... —murmuré para mí mismo, mirando el reloj.
Quería hablar con mi madre, escuchar las novedades de la casa, pero sobre todo quería preguntar por mi compañero. Quería saber si el gato seguía adueñándose de las colinas, si no me extrañaba demasiado y si regresaba puntual a buscar sus mocarros de comida.
Ring... Ring...
El teléfono repicó diez, doce veces en la sala solitaria. Nadie contestó.
Colgué con una profunda sensación de frustración y vacío, sin imaginar que en ese preciso momento mis padres caminaban angustiados por el monte buscándolo, y que, a varios kilómetros de allí, atrapado en una jaula ajena, Ceniza guardaba un silencio absoluto, calculando la distancia entre los barrotes para planear su gran escape.
Los hombres que habían atrapado a Ceniza observaban la jaula de madera y alambre con una mezcla de orgullo y codicia.
—Te lo dije, compadre —comentó uno de ellos, apoyando los brazos sobre la jaula mientras observaba al animal—. Este no es un gato cualquiera. ¿Viste cómo saltó para atrapar esa paloma en el aire? Es un espectáculo de animal.
—Sí, pero está arisco —respondió el otro, acercando una linterna al rostro de Ceniza—. Mira cómo nos queda viendo. Ni un solo maullido, solo esa mirada fija. Mañana le compramos comida de la buena para que se nos amanse.
Ceniza no emitía un solo sonido. Echado en una esquina de la jaula, con las patas encogidas bajo el pecho, mantenía la vista fija en el cerrojo de la puerta. Guardaba sus fuerzas. Sabía que la paciencia era su mejor arma.
Pasada la medianoche, la casa ajena quedó en completo silencio. Cerca de las dos de la mañana, uno de los hombres salió al patio tras escuchar un leve crujido.
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Editado: 12.08.2026