Ceniza El Angel Del Campo Y Mi Amigo Fiel

VI. El camino hacia la casa

La primera noche en el fondo de la fosa fue una prueba de resistencia. La fiebre por la pierna rota me hacía delirar a ratos, pero el calor constante de Ceniza sobre mi pecho y el sonido de su ronroneo me mantuvieron despierto y firme.

Al despuntar el alba, los primeros rayos de luz lograron colarse de forma tímida por la boca del pozo. La niebla helada del valle aún flotaba en la superficie.

Ceniza se puso de pie sobre mi pecho. Me miró a los ojos con una fijeza impresionante, soltó un maullido corto y se giró hacia las paredes de piedra. Con una agilidad que parecía desafiar las leyes de la física, comenzó a trepar usando cada hendidura de la arcilla y agarrándose de las raíces expuestas. En tres saltos certeros y acrobáticos, logró salir a la superficie.

Se asomó una última vez por el borde para mirarme.

—Ve a la casa, compañero... —le dije con un hilo de voz, con la garganta seca por la sed—. Ve a la casa.

Ceniza no perdió ni un segundo. Apoyándose en su increíble inteligencia para orientarse y en su memoria perfecta de cada rincón de la comarca, se lanzó a la carrera. No fue hacia el pueblo; tomó el sendero directo que conducía a nuestra finca, cruzando riachuelos, saltando cercas de alambre y cortando camino por la loma más alta.

Tras correr más de una hora a paso endemoniado, Ceniza cruzó el portón de madera de mi casa. Entró disparado al patio trasero, con la respiración agitada y el pelaje lleno de barro seco del pozo.

—¡Miau! ¡Miauuu! —gritó con todas sus fuerzas, lanzándose hacia la puerta de la cocina.

Pero no hubo respuesta.

Ceniza empujó la puerta con la cabeza, entrando a la casa en un instante. Recorrió el pasillo, se metió a la habitación de mis padres, luego a la de mis hermanos Mario y Maicol, y finalmente a la mía. Todo estaba en absoluto silencio. La casa estaba completamente vacía.

Salió de nuevo al patio y corrió hacia el taller de mecánica de mi padre. Las herramientas estaban ordenadas en las mesas, el garaje estaba cerrado con candado y el camión de la familia no estaba estacionado. Mis padres habían salido temprano hacia la ciudad vecina para hacer unos trámites de repuestos y compras de la semana, y mis hermanos estaban en sus propios trabajos.

El gato quedó parado en medio del patio solitario. Dio dos vueltas sobre su propio eje, mirando hacia la entrada del camino de tierra. Los humanos a los que conocía no estaban allí para auxiliarlo.

Para cualquier otro animal, ver la casa vacía habría significado el fin de la búsqueda o el momento de echarse a esperar. Pero para Ceniza, rendirse no era una opción.

Comprendió de inmediato que estaba completamente solo en la misión de salvarme. Se acercó al pozo del agua en el corredor, bebió unos sorbos rápidos para recuperar fuerzas y miró fijamente hacia el cerro por donde acababa de bajar.

Si la gente del pueblo no le entendía y su familia no estaba en la finca, a él solo le quedaba una opción: convertirse en mi único guardián, mi único proveedor y mi conexión con la vida el tiempo que fuera necesario.

En lugar de quedarse en la comodidad del hogar, dio media vuelta y volvió a tomar el camino hacia el mercado del pueblo con la mente puesta en una sola cosa: conseguir más alimento y agua antes de regresar al fondo de la fosa a cuidar de su dueño.

El sol del mediodía caía implacable sobre el valle. En el fondo de la fosa, la sed comenzaba a ser un castigo tan feroz como el dolor de mi pierna. La fiebre me quemaba por dentro, y el silencio del monte a mi alrededor se sentía cada vez más pesado y opresivo.

Acomodé la cabeza contra la arcilla fría, tratando de conservar la poca energía que me quedaba. Sabía que las horas jugaban en mi contra. Si Ceniza no encontraba a nadie, me quedaría a la deriva en ese hoyo olvidado.

De pronto, un crujido sordo en el borde superior me hizo abrir los ojos con esfuerzo.

Allí estaba él de nuevo. Recortado contra el cielo azul, Ceniza traía entre sus colmillos algo que brillaba bajo el sol: una pequeña bolsa de plástico con agua que había logrado enganchar de una de las mesas de jugo del mercado, junto a otro trozo de carne envuelto.

Con una precisión matemática, dejó caer los víveres hacia el fondo. La bolsa impactó sobre el barro seco sin romperse del todo, permitiéndome beber pequeños sorbos de agua fresca que me devolvieron el alma al cuerpo.

—Eres un milagro, Ceniza... —susurré con la garganta ardiente, apretando la bolsa contra mis labios.

El gato no se quedó en la superficie a descansar. Descendió nuevamente con una destreza asombrosa, arañando la piedra y acomodándose a mi lado. Traía las almohadillas de sus patas desgastadas y el pecho agitado por el esfuerzo de haber recorrido kilómetros de monte varias veces en un solo día.

Se echó justo al lado de mi pierna lastimada. Con una delicadeza increíble, comenzó a lamer la tela de mi pantalón cerca de la lesión, intentando aliviar el calor de la inflamación con su propia saliva, como si fuera una compresa natural.

Luego, volvió a trepar a mi pecho, acomodó su mentón justo debajo de mi y soltó ese ronroneo denso y constante que se había convertido en mi único remedio contra la desesperación.

—Te fuiste a buscar a mi papá, ¿verdad? —le dije despacio, pasándole la mano por la espalda cansada—. Y no había nadie en la casa...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.