Bajo el amparo de la colcha gruesa, la temperatura volvió a mi cuerpo y la helada de la noche quedó afuera. Fue entonces cuando, al acomodarlo sobre mi pecho, sentí el calor húmedo de su sangre en el costado.
Acerqué a Ceniza a la poca luz que entraba por la boca del pozo. Tenía un rasguño en el lomo, una marca superficial de la mordida de uno de los perros, pero suficiente para hacerme sentir un nudo amargo en la garganta. Verlo sangrar por defenderme me dolió más que la misma pierna rota.
—Si a ti te llega a pasar algo grave por mi culpa, compañero... yo no me lo perdono nunca —le dije con la voz quebrada, con los ojos llenos de lágrimas mientras le revisaba el costado.
Sin pensarlo dos veces, tomé una esquina de la colcha y, aplicando fuerza con las manos, rasgué una tira larga de tela limpia. Con un poco de agua de la bolsa que me había traído, le limpié la herida con el mayor cuidado del mundo para quitarle la tierra del monte.
Ceniza, en lugar de quejarse o dolerse, al ver que yo movía la tira de tela de un lado a otro, pensó que se trataba de un juego. Levantó las patas delanteras, intentó atrapar la venda de tela en el aire con sus garritas y se giró boca arriba sobre mi regazo. Le acaricié la barriga suavemente mientras le rodeaba el lomo con el vendaje improvisado, y él soltó una serie de maullidos cortitos y juguetones, como si la pelea contra las bestias allá arriba no hubiera sido más que un paseo de tarde.
Saber que estaba bien y que conservaba su espíritu alegre me devolvió la vida. Lo abracé fuerte contra mi pecho bajo la colcha hasta que ambos nos quedamos dormidos, agotados por la batalla.
Al despuntar el alba del tercer día, la luz dorada del sol bañó el fondo de la fosa. Estiré la mano sobre la tela buscando el calor de mi compañero, pero mi mano tocó la arcilla fría. Ceniza no estaba.
No me asusté ni por un segundo. Sabía exactamente lo que estaba haciendo: había vuelto a salir hacia la superficie para conseguir más alimento y seguir buscando la forma de pedir auxilio. Era un guerrero imbatible y nada lo detendría.
Al levantar la vista hacia la boca del pozo, un detalle me llamó la atención. Una de las tiras de lona de mi mochila sobresalía peligrosamente por el borde superior de la fosa, a punto de caer o de quedar sepultada si la tierra cedía. Recordar la pelea feroz que mi gato había librado allá arriba para quitársela a los perros y traerme la colcha me llenó de una determinación implacable.
Esa mochila no era solo lona y cierres; era el trofeo de la valentía de mi gato, y yo no iba a dejar que se perdiera o que los perros se la llevaran si volvían. Tenía que recuperarla a como diera lugar.
A pesar del dolor punzante en la pierna, me arrastré por el lodo hasta el rincón del pozo donde estaban los restos de las viejas tablas de madera podrida que se rompieron cuando caí. Entre la tierra, encontré una vara gruesa de madera con una rama en forma de gancho en uno de los extremos y un pedazo de alambre oxidado que sostenía la estructura antigua.
Tomé la tira larga que me había quedado de la colcha, la amarré con firmeza al alambre y fijé el extremo al gancho de madera. Necesitaba un ancla improvisada.
Me apoyé contra la pared de piedra, calculé la distancia con la vista y, juntando todas las fuerzas que me quedaban en los brazos, lancé la estructura improvisada hacia arriba, apuntando justo al borde por donde asomaba la correa de la mochila.
El primer intento falló y la vara cayó rebotando contra el suelo.
—Vamos... una más... —me dije a mí mismo, limpiándome el sudor de la frente.
En el segundo intento, la vara sobrepasó el borde. Tiré de la tira de tela despacio, sintiendo la tensión. El gancho de madera y el alambre se engancharon con fuerza en la cincha de la mochila. Sonreí en medio de la penumbra.
Comencé a jalar centímetro a centímetro. La mochila se desprendió de la orilla y cayó en seco hacia el fondo de la fosa, levantando una pequeña nube de polvo de arcilla. La tomé entre mis brazos como un tesoro recuperado. Al abrir el bolsillo frontal, encontré algo que me devolvió la esperanza por completo: mi linterna de señalización de emergencia y el silbato de montaña que creía haber perdido.
Ahora tenía herramientas para hacerme escuchar. Solo faltaba que mi guardián gris regresara para encabezar el último movimiento.
Con la mochila recuperada en el fondo del pozo, la situación cambió de golpe. Ya no estaba con las manos vacías. Entre mis dedos apretaba el silbato de montaña de metal brillante y la linterna de señalización; pequeñas herramientas que, en mitad de la inmensidad del monte, significaban la diferencia entre la vida y la muerte.
Limpié la boquilla del silbato con la manga de mi camisa. Tomé todo el aire que mis pulmones doloridos podían contener y soplé con fuerza.
¡PIIIIIIIIIIIII!
Un pitido agudo, largo y penetrante retumbó en las paredes de piedra de la fosa, saliendo disparado por la boca del pozo y expandiéndose por la cañada. Guardé silencio durante varios segundos, escuchando el eco apagarse entre los árboles. Esperé. Nada. Solo el canto lejano de los mirlos y el susurro del viento entre los matorrales.
Sin embargo, no me desanimé. Cada tres minutos, volvía a pitar con la misma intensidad. Sabía que el sonido de un silbato de rescate viaja mucho más lejos que cualquier grito humano y que, tarde o temprano, alguien que cruzara por los senderos altos terminaría escuchándolo.
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Editado: 12.08.2026