Ceniza y Juramento

CAPÍTULO 2 — Bajo un cielo que vigila

“Hay cosas que el cuerpo aprende antes que la mente.

Y hay cosas que el cuerpo ya no puede olvidar.”

—Nota sin origen, encontrada en registros de aería

Aren

El frío no lo despertó.

Ya estaba ahí cuando abrió los ojos.

Estaba en los huesos, bajo la piel, como si no fuera algo que pudiera sacudirse, sino algo que se le hubiera quedado dentro. Tardó en recordar cómo respirar sin que el pecho le doliera, sin que el aire entrara como si tuviera bordes.

El suelo estaba húmedo. Tierra mezclada con polvo viejo. Algo duro bajo la espalda.

Aren se movió apenas y el mundo respondió tarde, como si su cuerpo estuviera desfasado medio segundo. Rodó de lado y se quedó quieto, con la cara casi tocando el suelo, dejando que el frío le calmara el pulso que le golpeaba la cabeza.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Ni en qué momento había dejado de caer.

Recordaba trozos.

Nada completo.

Una luz blanca que borraba los límites del Círculo.

El grito de la multitud rompiéndose en mil direcciones.

El sonido de cadenas tensándose donde no deberían.

Y luego el movimiento de Velo.

No como los otros.

Nunca como los otros.

Aren apretó los ojos.

No quería pensar todavía.

Primero tenía que levantarse.

Apoyó una mano en el suelo y trató de levantarse.

El cuerpo le dolió de inmediato: el costado rígido, el hombro sin fuerza, la espalda como si hubiera sido forzada más allá de su límite natural. Logró ponerse de rodillas y se quedó así, respirando, midiendo el peso de su propio cuerpo como si fuera algo que no recordaba bien.

Alrededor había restos de una estructura caída: vigas torcidas, madera abierta, piedras sin orden. Un refugio viejo o algo que se había rendido hace tiempo.

No estaba encerrado.

Eso tardó en tener sentido.

Libre.

O lo más cercano a eso.

Entonces escuchó la campana.

No la oyó primero.

La sintió.

Un golpe en el pecho.

Un pulso irregular detrás del oído.

Aren se tensó de inmediato.

El pensamiento no fue claro.

Fue reflejo.

Se movió hacia la sombra sin mirar, pegándose a la pared rota, encogiéndose como si pudiera desaparecer dentro de ella. La respiración se le desordenó, no por miedo consciente, sino porque algo en su cuerpo ya conocía ese sonido.

El eco llegó después.

Metal.

Seco.

Controlado.

Y luego las alas.

Aren apretó los ojos, sin levantar la cabeza. No necesitaba ver para saber. El aire mismo cambiaba cuando pasaban: más pesado, más tenso, como si alguien hubiera reducido el espacio entre el suelo y el cielo.

Esperó ahí quieto.

Contando sus respiraciones.

El sonido se alejó.

Pero su cuerpo no se relajó de inmediato.

Como si ya no confiara en el tiempo.

Cuando por fin volvió a moverse, lo hizo despacio, con cuidado, reconociendo cada gesto antes de hacerlo. El dolor seguía ahí, pero ahora era constante, más fácil de ignorar si no pensaba demasiado en él.

Salió del refugio.

El exterior no era Valaris.

No había piedra pulida, ni estatuas vigilando cada esquina.

El suelo era irregular, con rastros de ruedas, barro seco, huellas viejas superpuestas. Algunas estructuras se mantenían en pie por costumbre más que por fuerza.

Eran los alrededores de la ciudad.

Zona de paso.

Zona olvidada.

Zona peligrosa.

Una pareja de viajeros cruzó delante de él. Cuando Aren dio un paso hacia el camino, ellos lo vieron… y frenaron apenas.

No dijeron nada.

Pero cambiaron de dirección.

Eso fue suficiente.

Aren siguió caminando, ajustando la capucha con movimientos torpes.

Otro hombre, sentado cerca de una carreta rota, levantó la vista un segundo.

Lo miró.

Y luego bajó la mirada demasiado rápido.

Como si mirar más fuera decidir.

Una puerta se cerró más adelante.

Seca.

Sin apuro.

Aren no miró directamente, pero lo registró igual.

El mundo no lo estaba atacando.

Lo estaba evitando.

Eso era peor.

Caminó sin rumbo claro, siguiendo la inclinación natural del terreno, alejándose de cualquier estructura que pareciera demasiado intacta. A cada paso, la sensación dentro del cuerpo seguía rara, como si lo guiara algo que no podía explicar.

El sonido volvió.

Más bajo esta vez.

Un pulso irregular, casi imperceptible.

Aren se detuvo.

El mundo alrededor no había cambiado.

Pero él sí.

Giró la cabeza lentamente hacia el cielo.

Nada.

Solo nubes.

Y sin embargo… lo sentía.

Dos segundos después, las alas cruzaron por encima.

Se dio cuenta tarde.

Aren frunció el ceño, llevándose instintivamente una mano al pecho.

—No… —murmuró, sin entender.

No era normal.

No era posible.

Pero estaba pasando.

No volvió a ignorarlo.

Siguió caminando, pero ahora escuchando de otra forma. No con los oídos, sino con el cuerpo.

Cada vibración leve, cada cambio en el aire, cada tensión invisible empezaba a tener sentido, aunque no supiera cómo.

Tardó en encontrar refugio.

Un edificio medio caído, con restos de mesas y un hogar apagado. Era una posada de paso, probablemente abandonada o evitada.

Era perfecta para él, así que entró.

El interior estaba más cálido que afuera, aunque fuera apenas. El aire estaba cargado, viejo, pero no muerto. Alguien había pasado por ahí recientemente.

Aren se dejó caer en un banco torcido.

No elegante.

No controlado.

Simplemente dejó que el cuerpo cediera.

El temblor volvió.

Ahora más claro.

Se frotó las manos, apoyó los codos en las rodillas y bajó la cabeza.

Y entonces los recuerdos regresaron, pero no ordenados.




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