Ceniza y Juramento

CAPÍTULO 14 — La decisión 

El cielo no eligió primero a los más fuertes.

Eligió a los que, aun sin entender, decidieron responder.

Aren

—Sé dónde está.

La voz de Aren no necesitó imponerse sobre Nia. No fue una declaración impulsiva ni una reacción al momento. Salió firme y con convicción.

Nia no respondió de inmediato. Lo observó con esa atención silenciosa que no se centraba solo en las palabras, sino en lo que había detrás de ellas.

—¿Dónde está quién?

Aren sostuvo su mirada.

—Velo.

El nombre quedó suspendido entre ambos con un peso distinto, algo que ya no era solo recuerdo, sino dirección.

—Debemos volver a buscarlo.

El viento atravesó el santuario antiguo, moviendo hojas secas sobre la piedra irregular. El sonido fue leve, pero se extendió más de lo natural, como si aquel lugar no estuviera vacío del todo.

Nia negó lentamente.

—No podemos. Te están buscando para matarte. No es exageración. No es paranoia. Es lo único que quieren hacer ahora y harán lo posible para cumplirlo.

Aren desvió la mirada un instante. No porque dudara de eso, sino porque por primera vez estaba enfrentando algo diferente:

No podía actuar solo por impulso.

Antes, sobrevivir era suficiente y ahora ya no.

—Aquí podemos movernos —continuó Nia—. Encontrar gente. Construir algo. No correr directo a donde ellos esperan. No correr hacia la muerte, sino todo lo que hemos hecho y arriesgado sería en vano.

Aren bajó la mirada hacia la piedra antigua bajo sus pies. Había pasado semanas reaccionando: huyendo, escondiéndose, adaptándose.

Eso era sencillo.

Decidir era distinto.

Porque decidir implicaba dirigir.

Y dirigir implicaba algo que nunca había tenido que cargar antes:

responsabilidad.

Si se equivocaba, ahora no caería solo, sino Nia y Layra también.

Así que respiró y se tomó un momento para comunicarle su idea a Nia. Cuando habló otra vez, su voz fue distinta. Más pesada, más consciente y con convicción.

—Entonces no volvemos aún.

Nia se quedó quieta.

—¿Qué?

—Nos quedamos. —Hizo una pausa leve—. Pero no para escondernos.

Levantó la mirada y continuó diciéndole.

—Sino para empezar algo y necesito que estés aquí.

—Eso suena a guerra.

Aren no lo negó.

—Lo es.

No hubo miedo en esa palabra.

Pero sí peso.

Y eso fue peor.

Nia exhaló despacio.

—Listo, entonces nos separamos. Tu norte y yo sur. Movemos gente. Al atardecer, entrada sur. Allá te espero.

Nia ingenió el plan en cuestión de segundos con esa frialdad que la caracterizaba.

Aren asintió a lo que dijo, así que se giró para irse, pero algo lo detuvo; esto no fue un pensamiento, fue una corazonada.

Levantó la cabeza lentamente y vio al bosque otra vez.

—Ve —dijo Nia, notando las ganas de ir—. Pero no tardes.

Aren no explicó nada porque no podía, no sabía qué era, pero siguió las palabras de Nia.

El bosque lo recibió como si no lo hubiera dejado ir.

Cada paso lo llevaba más profundo, pero no con la incertidumbre de alguien perdido, sino con la precisión inquietante de alguien que estaba siendo guiado sin entender cómo.

Las raíces crecían más gruesas, más desordenadas, como si el tiempo hubiera pasado ahí sin intervención. La luz se rompía al atravesar el follaje, dejando fragmentos irregulares sobre el suelo.

Y el aire…

el aire era distinto.

Más denso.

Más cargado.

Llegó a una depresión natural en el terreno, donde la tierra parecía haber cedido hace siglos. Y allí, entre piedra cubierta de musgo y estructuras apenas visibles, encontró algo que no encajaba con nada que hubiera visto antes.

Un anillo.

Columnas antiguas, quebradas, formando un círculo incompleto alrededor de una plataforma central. No había simetría perfecta. No había orden rígido.

Solo diseño, pero no como los diseños de ahora; más bien este era antiguo.

Aren avanzó lentamente, siguiendo las marcas talladas en la piedra. No eran como las del templo. No repetían estructuras.

No imitaban nada y había algo en ellas, algo que las hacía ver como más libres.

Cuando apoyó la mano sobre la piedra central, el contacto no fue solo físico, fue espiritual y esto fue inmediato y profundo.

Un eco recorrió su brazo, atravesándolo, como si aquello no fuera solo un resto del pasado, sino algo que aún respondía.

Entonces el sonido llegó profundo, no desde un punto en específico, sino desde todo el bosque donde se encontraba Aren.

Entonces levantó la cabeza.

Y lo vio.

El dragón descendió sin patrón, sin formación, sin obediencia. Era más grande que los de Valaris, pero no era eso lo que imponía. Era la forma en que existía.

Nada en él parecía ajustado a reglas.

Ni sus placas.

Ni sus alas.

Ni sus anillos.

Era irregular.

Pero esto era lo real, lo que verdaderamente es el animal.

Aterrizó frente a él con una fuerza que hizo vibrar las piedras.

El aire se tensó.

El dragón lo observó.

No con curiosidad, sino con reconocimiento.

Se acercó.

Paso a paso.

Hasta quedar a una distancia donde el calor de su respiración hacía vibrar el aire entre ambos.

Aren no retrocedió.

No porque fuera valiente.

Porque no había nada dentro de él que quisiera hacerlo.

Durante un instante…

todo se sostuvo en un equilibrio imposible.

Hasta que el dragón reaccionó.

Las alas se desplegaron y se elevó un poco el dragón; su cuerpo se tensó y se colocó de una manera como si fuera a escupirle fuego. Aren ya nada iba a hacer si corría, entonces solamente cerró los ojos y por inercia del cuerpo se tapó la cara con su brazo.

Pero… el impacto nunca ocurrió.

La criatura se detuvo a centímetros de él.




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