Ceniza y Juramento

CAPÍTULO 15 — Las deudas que regresan

“La gente cree que sobrevive por habilidad.

Pero la mayoría sobrevive por deudas.”

NIA

—Tenemos un problema.

El mensajero apenas podía mantenerse en pie. El aire le faltaba, pero no tanto como la calma al grupo.

Y eso fue peor.

—¿Cuántos? —preguntó Nia.

—Tres patrullas aéreas.

Nia no miró al hombre.

Miró al cielo.

—¿Solo tres?

—Solo las visibles.

Ahí estaba.

No era fuerza, era caza.

Los exguardias reaccionaron primero.

—Podemos enfrentarlos —dijo Corven.

—No —respondió Nia.

Ni siquiera alzó la voz.

Y aun así, se detuvo todo.

—No vinieron por Dáfnea. Vinieron por él.

El silencio cayó pesado.

Aren no habló.

Pero todos lo sintieron.

—Entonces nos vamos —dijo Arrie.

—No —cortó Nia—. Nos movemos.

Esto es diferente.

—La primera vez que vi a Valaris cerrar una ciudad… tenía doce años.

Nadie preguntó, ni agregó más nada; no harían falta respuestas.

—No entran a pelear —continuó—. Entran a borrar rutas, a aislar gente, a hacer que desaparezcas sin ruido.

Miró a Corven.

—Si atacas, mueres.

A Scarlet.

—Si corres, te siguen.

A Aren.

—Si decides mal… ellos pagan con su vida.

Eso fue suficiente, así que Aren asintió con lo que Nia dijo; ella ya sabía que él no entendía aún con lo que estaba cargando y eso la preocupó más que las patrullas.

—Organiza —le dijo—. Ya vuelvo, iré a buscar información.

Y desapareció.

Dáfnea se volvió silenciosa sin dejar de moverse.

Eso era lo peligroso.

Nia caminaba entre ese flujo como si lo hubiera hecho toda su vida.

Porque lo había hecho.

El primer contacto fue en un almacén semioculto bajo una plataforma de comercio. El hombre no quiso ni verla.

La puerta se cerró justo antes de que hablara.

—No.

Nia no se movió.

—Ni siquiera sabes qué quiero.

—No me importa.

—Cada vez que apareces… alguien desaparece después.

Eso no era un insulto, más bien era una historia que faltaba por contar.

Nia inclinó apenas la cabeza.

—Hoy no vengo a quitarte nada. Vengo a pagar.

Eso cambió todo para el hombre, así que abrió la puerta.

—Eso es nuevo.

Nia sacó un pequeño cilindro metálico.

Lo giró.

Y lo dejó en el suelo.

El hombre quedó en shock.

—¿De dónde…?

—No importa.

Eso era información.

Y muy valiosa, peligrosa e irrecuperable.

El hombre lo tomó despacio.

—Con esto ya no me debes nada.

—Lo sé.

Y eso dolió más de lo que Nia mostró.

—Rutas —dijo ella.

El hombre no dudó.

—Norte cerrado en dos horas. Sur vigilado. Este… ya cayó. Y no son soldados normales.

Primer aviso de lo que se venía.

Nia lo guardó.

Y se fue hacia el segundo contacto.

Este fue más complicado; era una mujer que fingía vender telas, pero cuyos ojos nunca dejaban de moverse; siempre estaba pendiente de lo que pasaba alrededor.

—Te tardaste demasiado.

—Sigo viva —respondió ella—. Eso cuenta.

Ella soltó una risa seca.

—Depende de quién pregunte y eso de estar viva es solo por ahora. Las patrullas no están siguiendo ningún protocolo.

Esto fue un segundo aviso para ella.

Nia se acercó más.

—¿Quién da órdenes?

La mujer dudó antes de responderle y eso no era común con gente de confianza.

—Vienen de arriba.

Más arriba de lo normal.

El tercer contacto fue el peor; era el único que no quería abrir la puerta para darle información.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.