Ceniza y Juramento

CAPÍTULO 17 — Cuando el orden arde

“Cuando el orden falla… no se corrige.

Se quema.”

Kael

El informe era correcto.

Y eso lo volvía inútil.

Kael lo sostuvo apenas unos segundos más, recorriendo las líneas con una atención que no necesitaba moverse de su rostro. Todo estaba estructurado, limpio, contenido dentro del lenguaje del sistema.

Demasiado limpio.

—Actividad irregular en Dáfnea —dijo uno de los oficiales frente a él—. Desertores, rutas alteradas, presencia no confirmada de—

—Está confirmada. Aren Nox está en Dáfnea.

—¿Movemos tropas?

Kael negó levemente.

—No.

—Yo voy.

Y eso terminó con toda la conversación entre ellos.

El cielo llegó antes que Kael.

Tres dragones descendieron sobre Dáfnea, rompiendo la aparente calma de la ciudad como si el aire mismo se quebrara. No en formación perfecta, no completamente sincronizados, pero suficientes para imponer algo más fuerte que el orden:

presencia.

Las sombras se desplazaron sobre techos, calles estrechas, puestos improvisados, y durante un instante la ciudad intentó mantenerse igual.

Solo un instante. Ya que luego llegaron los gritos de las personas y un dragón empezó a quemarlo todo, este primer fuego no fue grande.

Fue preciso.

Una estructura de madera en una ruta secundaria ardió como si alguien hubiera marcado un punto exacto en el mapa, luego otra y otra más, propagando ese fuego.

Pero el problema no fue el inicio.

Fue lo que siguió.

El viento cambió.

Y el fuego dejó de obedecer.

Se extendió.

Saltó a los techos.

Corrió por telas colgadas.

Se metió entre callejones estrechos donde la gente apenas podía moverse.

El orden se rompió.

Y Dáfnea comenzó a arder.

Kael entró caminando a la ciudad y el calor ya empezaba a subir por las paredes, y el humo se desplazaba bajo, entrando en la ciudad como si buscara dominarla desde dentro.

La gente chocaba entre sí, perdiendo dirección, intentando escapar sin rutas claras. Algunos corrían hacia el fuego sin darse cuenta. Otros se detenían demasiado tarde.

Un dragón descendió demasiado bajo.

Las alas golpearon una estructura elevada y rompieron la madera que estaba ahí; le cayó a los habitantes que iban corriendo por ese lugar, matándolos del golpe y luego haciéndolos cenizas.

El rugido del dragón llegó después.

—Corten rutas de salida —dijo Kael sin elevar la voz.

Las patrullas respondieron.

Pero el caos ya no podía controlarse completamente.

Lo que había empezado como corrección…

se había vuelto destrucción.

Kael pasó frente a un puesto de fruta, frutas que estaban en el suelo y algunas pisadas.

Machacada en el barro mezclado con ceniza.

Kael no se detuvo ahí, era algo más del montón.

Ya estaba viendo otra cosa.

Patrones rotos.

Camino alterado.

Un punto donde alguien había estado.

Y había sido protegido.

—Alguien le dio comida —murmuró uno de los soldados detrás de él—. Y no la pagó.

Kael no miró la fruta.

Miró el espacio.

—No está solo.

Eso fue lo importante.

Más adelante, el fuego se intensificó.

Una fila de estructuras colapsó casi al mismo tiempo cuando uno de los dragones, desincronizado, dejó caer una descarga de fuego demasiado larga sobre la madera seca. Las llamas se elevaron como si hubieran estado esperando eso.

Gente atrapada dentro.

Gritos.

El aire se volvió irrespirable en algunas zonas.

Pero eso no detuvo el movimiento.

Lo empeoró.

Porque ahora no había ruta segura.

Solo huida.

Y en la huida había errores y gente escapando.

Kael se movía entre todo eso como si no perteneciera al mismo plano.

Sin prisa.

Sin interferencias.

Observando.

—¿Alguna señal del objetivo? —preguntó uno de los soldados.

—No. Pero hay algo más.

El soldado dudó antes de decírselo.




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