Aren
El humo del fuego del dragón seguía ahí en la mañana siguiente.
Era un velo gris, espeso en algunos tramos y casi invisible en otros, que convertía a Dáfnea en una ciudad a medias, como si el bosque hubiese decidido tragársela un poco más durante la noche.
El refugio entero se quedó quieto un segundo antes de que la realidad volviera a moverse con un golpe más fuerte, esta vez acompañado por el temblor leve de la plataforma y por un hilo de ceniza nueva que se deslizó por la ventana abierta.
Aren levantó la vista hacia el borde del humo en el mismo instante en que un explorador entró tambaleándose por la puerta, con la camisa rota, sangre pegada sobre su costado y el olor del fuego pegado a la piel.
—Volaron el paso del este —dijo, aguantándose contra el marco de la puerta para no caer—. No solo lo cerraron. Lo hundieron. Hay gente atrapada al otro lado.
La habitación cambió de forma alrededor de esas palabras. Corven fue el primero en reaccionar, maldiciendo por lo bajo mientras se inclinaba sobre el mapa. Halric apartó una taza del tablero de rutas y redibujó de memoria la línea del paso como si el gesto pudiera mantenerlo vivo. Scarlet no se movió, pero su mirada se aguzó hasta volverse casi cortante. Arrie dejó de sonreír. Alys ya estaba caminando hacia el explorador antes de que Nia se lo pidiera, buscando agua y tela limpia con la rapidez de quien aprende a curar porque nadie más lo hará a tiempo.
Aren sintió el impacto del informe en el cuerpo antes que en la cabeza. Hasta ese momento, el Protocolo de Supresión había sido una idea, una red cayendo alrededor de ellos, un nombre en boca de Nia, una amenaza que se oía a través del humo y se intuía en el modo en que la ciudad ya no respiraba igual. Ahora no. Ahora tenía forma. Pesaba. Sangraba. Y venía con un sonido concreto: un puente reventando bajo fuego de dragón mientras la gente corría hacia salidas que ya no existían.
—¿Cuántos puestos siguen en pie? —preguntó Aren, porque si no hacía una pregunta inmediata se vería obligado a sentir demasiado de golpe.
—Ninguno que sirva para sacar grupos grandes —respondió Corven sin mirarlo—. El oeste aguanta, pero por poco. El norte ya no es ruta. Es un embudo eso.
—Y están arrestando gente en bloques pequeños —añadió el explorador herido antes de inclinarse sobre sí mismo, jadeando—. No llevan multitudes. Se llevan nombres.
Nia, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto a la ventana, giró por fin hacia la mesa. No parecía alterada. Nunca parecía alterada de la forma visible. Pero Aren ya empezaba a conocer el tipo de tensión que ella escondía cuando algo iba peor de lo esperado: no se aceleraba, se volvía más exacta.
—Kael ya dejó de buscar el margen —dijo—. Ahora quiere que el miedo haga la mitad del trabajo.
Aren apoyó ambas manos sobre la mesa. El hombro todavía dolía bajo la venda, con ese dolor profundo que no subía nunca al grito, pero tampoco desaparecía. Lo aceptó. Había otras cosas pesando más. El grupo estaba creciendo alrededor de él, sí, pero crecer no era lo mismo que consolidarse. Lo seguían porque él había sido elegido, porque el sistema lo perseguía, porque su existencia ya significaba algo que no podía explicarse del todo. Ninguna de esas razones lo convertía en alguien listo para decidir por otros.
Y, sin embargo, todos lo estaban mirando.
No siempre directamente. A veces era peor. La atención de los demás se acumulaba sobre sus palabras incluso antes de que las dijera, como si en esa sala improvisada la realidad dependiera de la forma en que él nombrara el siguiente paso. Había pasado tanto tiempo solo, huyendo como una herida quieta que apenas debía mantenerse cerrada, que aún le parecía absurdo que pudiera estar en el centro de otra cosa. Sobrevivir había sido sencillo en comparación: elegir una dirección, aguantar, callar, seguir respirando. Liderar era más feo. Más lento. Más costoso. Porque ahora, si elegía mal, las consecuencias no se desangraban solo en su cuerpo.
Lo sabía. Y esa conciencia le cayó encima con la claridad de una piedra.
Si me equivoco, no caigo solo, decía en su mente.
No era una realización heroica. No llevaba música. Llevaba humo, ojos clavados en él y un explorador sangrando contra la puerta.
Corven fue el primero en sacar la presión de donde estaba.
—Si el este cayó y el norte es un embudo, el oeste se convierte en objetivo siguiente. Tenemos que atacarlos antes de que cierren también esa salida.
Scarlet lo miró apenas.
—Eso no es atacar. Es correr hacia la muerte.
—¿Entonces qué? —replicó Dagan—. ¿Seguir dividiéndonos hasta que seamos un grupo tan pequeño que cualquier patrulla pueda quemarnos enseguida?
Arrie apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia el mapa.
—No, si hacemos que miren en la dirección equivocada. Puedo fabricar rutas falsas, señales de paso, fogatas donde no haya nadie, ruido de carga en puntos muertos. Les gusta demasiado el control como para resistirse a una trampa si parece ordenada.
Alys, arrodillada junto al explorador, levantó la vista.
—Si van a alimentarles trampas, primero saquen a los niños y a los viejos de las plataformas bajas. El fuego no corre igual arriba.