“Hay nombres que no pueden volver a pronunciarse
sin que algo despierte con ellos.”
NIA
El colgante no pesaba casi nada.
Y aun así, cuando Nia lo sostuvo entre los dedos, sintió que la mano se le volvía menos precisa, menos suya, como si el metal guardara dentro un recuerdo que no debía haber sobrevivido al tiempo. El polvo ennegrecía las hendiduras del símbolo, pero no lo borraba; tenía dos círculos casi cerrados y una línea cruzándolos.
No era del templo.
No era de Valaris.
Y verla allí, sobre su piel, le produjo un tipo de miedo que no tenía nada que ver con soldados, dragones o humo.
Aren lo notó; eso fue lo primero que le molestó a ella, no porque la estuviera juzgando, sino porque la conocía lo suficiente ya como para entender cuándo una grieta era real.
El refugio seguía respirando a su alrededor. Gente entrando y saliendo del cuarto principal con vendas, agua, carbón y alguna que otra mala noticia. Afuera, Dáfnea estaba bajo una mezcla de ceniza y pasos demasiado rápidos. La ciudad no gritaba todavía. Eso la volvía peor.
Aren esperó unos segundos antes de hablar.
Eso fue inteligente.
—¿Qué es?
Nia no respondió enseguida.
Miró de nuevo el colgante, como si al forzarlo con la vista pudiera convertirlo en otra cosa. Un error de memoria. Un símbolo mal recordado. Una coincidencia.
Pero… esto no funcionó.
Seguía siendo lo que era.
—Algo que no debería seguir existiendo.
Aren apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Eso no responde nada.
Nia levantó la vista hacia él. Había cansancio en su cara, sí, y humo pegado a la ropa y un modo nuevo de sostener el cuerpo que ya no se parecía al del fugitivo del Círculo. Pero lo que más le llamó la atención fue otra cosa:
frustración.
No por no saber.
Por sospechar que todos sabían más que él.
—Responde lo suficiente —dijo ella.
Aren negó lentamente.
—No. Responde que me están ocultando otra cosa más.
Eso cayó entre ambos con una precisión desagradable.
Nia apoyó el colgante sobre la mesa. El pequeño sonido metálico pareció más fuerte de lo normal.
—Sí —admitió al fin—. Te estoy ocultando cosas.
Aren no apartó la mirada.
—¿Por qué?
Nia seguía viendo el collar y, detrás de ella, una de las velas tembló cuando una corriente de aire empujó humo por la ventana.
—Porque no sé qué haces con una verdad así si te la doy demasiado pronto.
—Lo mismo que hago con todas las demás: cargarla.
Nia quiso responder de inmediato, pero no lo hizo. Había demasiado de cierto en esa frase y la verdad estaba a punto de hacerlo.
—El Segundo Círculo —dijo por fin— no es una ciudad. No es una orden del templo. No es una casa vieja con un nombre bonito. Es más antiguo que todo eso. Y lo poco que sobrevivió en registros o en gente como la que murió con ese colgante encima... sobrevivió porque alguien falló al borrarlo, no porque hayan querido conservarlo.
Aren bajó la mirada al metal ennegrecido.
—¿Tiene que ver con los dragones?
—Con lo que eran antes.
Nia sostuvo su mirada.
—Antes de campanas. Antes de cadenas. Antes de que el cielo tuviera horarios.
Aren no se movió, pero algo en su postura cambió levemente, como si esas palabras estuvieran acomodándose en algún lugar del cuerpo antes que en la cabeza.
—Explícalo mejor —dijo.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No. —Nia negó, y esta vez sí hubo más filo en su voz—. Puedo decirte una parte sin matarte con el resto.
Eso detuvo algo.
Aren la miró largo rato antes de responder.
—Entonces dime la parte que me deja vivo.
Nia apretó los dedos contra el borde de la mesa.
—Los dragones no siempre obedecieron como ahora. Hubo un tiempo —o eso dicen los fragmentos que no lograron desaparecer— en que respondían sin sincronía forzada. Sin corrección continua. Ellos elegían. No siempre al más fuerte. No siempre al más útil. Elegían por algo que el sistema actual no sabe fabricar.
Aren no dijo nada.
Y justo en el momento en que Nia iba a seguir una señal, estalló afuera.
No eran las campanas del templo.
No era un aviso leve de Dáfnea.
Fue una explosión.
Lejana, al norte, lo bastante fuerte para hacer vibrar una de las ventanas y sacudir ceniza del techo.