Nia
Dáfnea seguía en pie luego de lo que había sucedido.
Las plataformas seguían unidas por puentes de madera ennegrecida, los puestos abiertos a medias simulaban comercio con la torpeza de quien ya solo está moviendo restos y el bosque, que tantas veces había servido como refugio y máscara, ahora parecía haberse acercado más a la ciudad, como si estuviera esperando quedarse con lo que el fuego o Kael no terminaran de reclamar.
Pero la mentira de normalidad ya no engañaba a nadie.
La gente hablaba menos. Caminaba más rápido. Miraba hacia arriba antes de doblar una esquina. Cerraba puertas antes de ver el peligro completo.
El Protocolo de Supresión no había destruido a Dáfnea.
Había hecho algo peor:
la había obligado a existir pensando en Valaris y no como una ciudad libre de su influencia.
Nia avanzó por una ruta baja de servicio, con la capucha oscura bien puesta y las manos libres. No llevaba nada visible que pudiera parecer importante. Esa era la forma correcta de moverse cuando el sistema empezaba a revisar qué cosas merecían ser interrogadas. Detrás, o delante, o en algún punto que no podía fijar sin querer hacerlo, Rhea la seguía como esas sombras que no se eligen pero se agradecen.
El edificio al que iba no parecía prometedor desde fuera.
Una tintorería vieja, medio hundida, con las vigas abiertas por la humedad y una entrada torcida donde colgaba una tela gris que el viento ya no conseguía levantar del todo. Nadie, a simple vista, habría pensado que algo aún vivía ahí debajo.
Por eso mismo seguía siendo útil.
Nia empujó la puerta y entró. Olía a madera mojada y a la clase de polvo que no se acumula solo por abandono, sino por cosas escondidas debajo del abandono.
No habló primero.
Tampoco se movió más de lo necesario.
Esperó.
La voz llegó desde la izquierda, detrás de una hilera de telas oscuras.
—Pensé que al final no vendrías.
Nia no sonrió.
—¿Por quién me tomas? Yo no olvido el pasado.
La figura salió despacio, sin teatralidad, como si supiera que aparecer demasiado dramáticamente ante ella era una forma torpe de morir antes de tiempo. Era un hombre más delgado de lo que ella recordaba, con el rostro gastado por la vejez y los ojos de la gente que hace años aprendió que la información pesa más cuando se la entrega sin gesto.
—Quizás el tiempo también te cambia —dijo él.
Nia inclinó apenas la cabeza.
—Tú también, Edris. Qué decepción.
Edris dejó caer una mirada breve sobre la cuerda oculta en la muñeca de Nia y luego volvió al rostro de ella.
—Pensé que no ibas a venir.
—Pensé que ustedes ya no usaban símbolos tan viejos como para creer que seguían sirviendo.
Edris cruzó el espacio entre ambos con una calma que solo funcionaba porque conocía exactamente cuánto podía acercarse sin volver la escena estúpida.
—No vine a convencerte de nada —dijo—. Vine a asegurarme de que quien llevara eso encima fueras tú.
Nia no le creyó del todo.
Eso también era costumbre.
Rhea apareció entonces desde una esquina como si hubiera estado tallada en la sombra. No dijo una palabra. Edris la vio de pies a cabeza y eligió no comentar nada.
—Habla —dijo Nia.
Edris apoyó algo sobre la mesa.
Un trozo de cuero viejo. Marcado.
Nia lo reconoció antes de querer hacerlo: trazos de rutas antiguas, líneas que no coincidían con ninguna cartografía oficial, círculos incompletos, puestos borrados de la historia, pero no del todo.
—El colgante era de Ivar —dijo Edris.
No había forma elegante de recibir ese nombre.
Nia sintió el golpe de ese nombre como se siente una deuda vieja que juró no volver a pagar jamás. No dejó que se le viera en la cara. Solo apoyó dos dedos sobre el borde del cuero para no cerrar la mano demasiado pronto.
—Entonces Ivar vivió más tiempo de lo que yo creí.
Edris no respondió enseguida.
—Lo suficiente —dijo al fin— para dejar esto donde todavía pudiera encontrarte.
Nia bajó la vista al mapa.
No preguntó cómo murió.
No preguntó quién lo encontró.
No preguntó por qué el pasado seguía empeñado en volver cuando ella ya había gastado demasiados años enterrándolo.
Preguntó lo único útil.
—¿Qué quieren?
Edris apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Que dejes de defender a Dáfnea como si todavía fuera posible salvarla sin cambiar de tablero.
Nada en su tono era amable. Y por eso funcionó mejor.
—Muy conmovedor —dijo Nia—. ¿Y qué quieren a cambio?