Cenizas De Plaguelands

1. El Despertar Del Cuervo

El silencio en las Tierras de la Plaga no es la ausencia de sonido; es una presencia física que presiona los tímpanos hasta que el pulso del propio corazón suena como un tambor de guerra en la distancia.

Kaelen despertó con el sabor del hierro y la tierra seca en la boca. Lo primero que sintió no fue el dolor, aunque este llegó pronto, sino la humedad del rocío filtrándose a través de su túnica de lino deshilachada. Abrió los ojos y lo único que vio fue un cielo de un gris opresivo, un color ceniza que parecía querer desplomarse sobre la tierra. No había sol, solo una luminiscencia pálida y enferma que no proyectaba sombras claras.

Intentó moverse, pero un gemido se escapó de sus labios agrietados. Su mano derecha buscó instintivamente algo a su lado, un arma, un amuleto, un recuerdo... pero solo encontró la hierba marchita y el tacto frío de una piedra afilada.

—¿Dónde...? —Su voz era un graznido roto.

Como respuesta, un graznido real, mucho más potente y burlón, resonó sobre él. Un cuervo de plumaje negro azabache, con ojos que brillaban con una inteligencia malévola, estaba posado sobre una rama retorcida de un árbol muerto a pocos metros de distancia. El ave ladeó la cabeza, observándolo como un carnicero evalúa una pieza de carne que aún se resiste a morir.

Kaelen se incorporó sobre sus codos. El mundo dio vueltas. Los recuerdos eran fragmentos de un espejo roto: el brillo de una armadura de gala, el grito de una mujer cuyo nombre se le escapaba entre los dedos y el frío metálico de unos grilletes. Exiliado. Esa palabra vibró en su mente con la fuerza de una sentencia. Había sido arrojado más allá de las fronteras, a las tierras donde el Imperio de Lubenia enviaba sus pecados para que fueran devorados por la Grisura.

A pocos metros de él, descansaba un cadáver.

No era un cadáver reciente. La carne se había retraído sobre los huesos, dejando una máscara de agonía eterna. Llevaba los restos de un jubón de cuero y, apretada en su mano esquelética, una nota de pergamino amarillento. Kaelen, impulsado por un instinto de supervivencia que ignoraba su propio agotamiento, se arrastró hacia el cuerpo. Cada centímetro de movimiento era una batalla contra la rigidez de sus músculos.

Al llegar, desprendió la nota. Sus dedos temblaban.

"Si lees esto, aún no te han encontrado. La luz es tu vida. No dejes que la noche te alcance sin un fuego, o el Invitado vendrá por ti. No busques el camino de regreso; no existe. Solo queda hacia adelante, hacia la niebla."

Kaelen dejó caer el papel. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima le recorrió la columna. Miró a su alrededor. Estaba en un claro rodeado de pinos deformes que parecían dedos retorcidos buscando el cielo. No había pájaros cantando, ni el sonido del viento entre las hojas. Solo el cuervo, que ahora bajaba de la rama y saltaba con torpeza hacia él.

—Largo... —susurró Kaelen, lanzando una piedra pequeña hacia el ave.

El cuervo apenas se inmutó. Saltó hacia atrás y graznó de nuevo, señalando con el pico hacia la linde del bosque. Fue entonces cuando Kaelen lo escuchó.

Arrastre. Respiración sibilante. El choque de huesos contra metal.

Desde la espesura de los pinos, emergió una figura. Al principio, Kaelen pensó que era otro superviviente, pero la forma en que caminaba —con la cabeza inclinada en un ángulo imposible y los brazos colgando como péndulos muertos— le dijo la verdad. Era un Errante. Lo que quedaba de un hombre, ahora consumido por la Plaga, con la piel estirada y grisácea como el pergamino que acababa de leer. En su mano derecha, arrastraba el resto de lo que parecía ser una azada de granjero, ahora convertida en un arma improvisada de puro óxido.

Kaelen sintió que el pánico le cerraba la garganta. Estaba desarmado, débil y hambriento. Buscó desesperadamente a su alrededor. Sus ojos se fijaron en una piedra de granito con un borde inusualmente recto y un trozo de madera resistente que había caído de un árbol cercano.

El instinto de Astora. En su mente, una voz que recordaba a un instructor de armas le habló: "Un soldado nunca está desarmado mientras su voluntad sea de acero".

Sus manos, siguiendo una memoria muscular que su mente consciente había olvidado, tomaron la piedra y la madera. Con un trozo de cuerda de lino que colgaba de su propio jubón, comenzó a unir la piedra a la madera, creando una herramienta primitiva pero funcional. Sus dedos sangraban por el esfuerzo de apretar el nudo, pero no se detuvo. El Errante estaba a diez metros. Ocho. Cinco.

El olor llegó primero: una mezcla de carne podrida y ozono. El Errante levantó la azada, emitiendo un sonido que era mitad gemido y mitad hambre pura.

Kaelen se puso en pie, tambaleándose. Su nueva hacha de piedra pesaba una tonelada en su mano debilitada. El cuervo, desde una distancia segura, observaba el espectáculo con expectación.

—Hoy no —gruñó Kaelen, apretando los dientes hasta que le dolieron—. Si he de morir en este hoyo, me llevaré a la muerte conmigo.

El Errante se lanzó hacia adelante con una velocidad antinatural. Kaelen esquivó el primer golpe de la azada, sintiendo el aire del impacto pasar a milímetros de su rostro. El impulso del monstruo lo dejó descubierto. Kaelen no lo pensó; golpeó con toda la fuerza de su cuerpo, descargando la piedra afilada contra el hombro del atacante.

El sonido fue un *crack* seco de hueso rompiéndose. Pero el Errante no gritó. No sentía dolor. Se giró con una mueca desencajada, tratando de morder el cuello de Kaelen.

La lucha se convirtió en una danza desesperada sobre el barro. Kaelen sentía la fuerza inhumana de los brazos del muerto sobre sus hombros. La Grisura emanaba de la criatura como un calor gélido que entumecía sus sentidos. En un último esfuerzo de voluntad, Kaelen empujó al Errante hacia atrás, lo hizo tropezar con una raíz expuesta y, mientras la criatura caía, descargó el hacha de piedra una, dos, tres veces sobre su cráneo, hasta que el movimiento cesó y solo quedó el sonido de su propia respiración entrecortada.




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