Cenizas De Plaguelands

2. El Hambre Es Una Sombra

El alba en las Tierras de la Plaga no traía esperanza, solo una visibilidad cruel que revelaba la magnitud del desastre. Kaelen de Astora se puso en pie con un gemido que pareció desgarrar sus pulmones. Sus articulaciones, frías y rígidas por la falta de sueño y el suelo húmedo, chasquearon como madera vieja. El fuego del primer capítulo era ahora un recuerdo pálido, una mancha de ceniza blanca que el viento matutino empezaba a dispersar.

Pero el frío no era su peor enemigo esa mañana. Era el vacío. Un vacío que comenzaba en el centro de su estómago y se expandía como una mancha de aceite hacia sus extremidades, debilitando sus músculos y nublando su visión. El hambre en Lubenia no era una simple molestia; era una entidad viva, una sombra interna que devoraba su voluntad antes que su carne.

—Comida —masculló Kaelen, con la lengua pegada al paladar seco—. Si no como hoy, el hacha pesará demasiado para mañana.

Salió de su precaria empalizada. Sus ojos, ahora hundidos y enrojecidos, recorrieron el claro. No había bayas, no había frutos. La tierra misma parecía estéril, una mezcla de polvo y ceniza que rechazaba cualquier forma de vida nutritiva. Recordó los banquetes en la corte de Astora: los jabalíes asados con miel, el vino especiado que calentaba la sangre, el pan blanco recién salido del horno. Esos pensamientos eran veneno. Cada imagen mental de comida hacía que su estómago se retorciera con un dolor agudo, un calambre que lo obligó a doblarse por la mitad.

Se obligó a caminar hacia el sur, donde la niebla parecía menos densa. El cuervo, su silencioso centinela de plumaje negro, saltó de rama en rama, siguiéndolo a una distancia prudencial. Kaelen comenzó a buscar entre los arbustos retorcidos. Encontró unas bayas de un color violeta oscuro, casi negro. Su instinto le gritó que eran venenosas, pero el hambre le instaba a probarlas. Tomó una y la aplastó entre sus dedos; el jugo era espeso y olía a amoníaco. La tiró con asco. Incluso la naturaleza aquí era una trampa.

Tras una hora de búsqueda, encontró un arbusto de "acebo de la plaga". Sus hojas eran espinosas, pero en la base crecían unos pequeños bulbos similares a cebollas silvestres. Kaelen los arrancó con desesperación, limpiando la tierra con sus dedos sangrantes. Al morder el primero, el sabor fue amargo, terroso y punzante, pero lo tragó como si fuera el manjar más exquisito. El alivio fue momentáneo; necesitaba proteínas, algo que mantuviera sus músculos en pie.

Fue entonces cuando lo vio: un rastro de sangre.

No era sangre roja y vibrante, sino un rastro oscuro y viscoso que se perdía entre unas rocas altas. Kaelen apretó el mango de su hacha de piedra. Siguió el rastro con cautela, moviéndose entre las sombras de los árboles para no ser detectado. Al doblar una gran piedra cubierta de líquenes, encontró la fuente.

Un lobo de la plaga estaba devorando los restos de lo que parecía ser un cervato deforme. El lobo era una criatura lamentable: su pelaje se caía a jirones, dejando ver costillas prominentes y llagas supurantes. Sin embargo, sus mandíbulas eran poderosas y sus ojos brillaban con una furia hambrienta que igualaba la de Kaelen.

El dilema moral duró apenas un segundo. En el mundo anterior, Kaelen habría sentido repulsión por comer una carne tan corrupta. En Lubenia, el lobo era una oportunidad.

Kaelen no cargó de frente. Sabía que su fuerza era limitada. Se movió con el sigilo que le habían enseñado en las patrullas fronterizas, rodeando al animal por el lado del viento. El lobo, distraído por su propio festín, no lo escuchó. Kaelen levantó el hacha de piedra, midiendo la distancia. Sus brazos temblaban por el esfuerzo y la debilidad, pero fijó su objetivo en la base del cráneo del animal.

Con un grito que nació de sus entrañas, saltó.

El hacha descendió con un impacto sordo. El lobo soltó un aullido ahogado y rodó por el suelo, sacudiéndose violentamente. Kaelen no le dio oportunidad; se lanzó sobre la criatura, usando su propio peso para inmovilizarla. Golpeó de nuevo y de nuevo, con una ferocidad que lo asustó. No estaba matando por justicia, ni por honor; estaba matando por el derecho a seguir respirando.

Cuando el movimiento cesó, Kaelen se quedó allí, jadeando sobre el cadáver del lobo. Sus manos estaban cubiertas de esa sangre oscura y maloliente. El hambre era tan intensa que, por un momento terrorífico, consideró hincar los dientes en la carne cruda. Se detuvo a tiempo, recordando el fuego. La infección de la plaga se transmitía por la carne sin cocinar; no podía arriesgarse a convertirse en un Errante por un momento de debilidad.

Arrastró el cuerpo del lobo de vuelta a su refugio. El camino fue una tortura. Cada paso era una lucha contra el agotamiento. El cuervo graznaba con fuerza, como si estuviera llamando a otros de su especie para el festín.

—Cállate, maldito pajarraco —gruñó Kaelen—. Este es mi premio.

Al llegar a su claro, comenzó la ardua tarea de preparar la carne. Usó una lasca de piedra afilada para desollar al animal. El proceso fue lento y meticuloso. Describir la anatomía del lobo bajo su cuchillo improvisado le servía para mantener la mente ocupada, para no pensar en el hecho de que estaba solo en el fin del mundo. Separó los tendones (que podrían servir de cuerda), guardó la piel (que, una vez seca, sería un abrigo rústico) y finalmente extrajo los trozos de carne menos afectados por las llagas.

Encendió el fuego con la misma dificultad que la noche anterior. Esta vez, sin embargo, el humo tenía un propósito diferente. Colocó la carne sobre las brasas, usando ramas verdes para crear una rejilla improvisada. El olor de la carne quemándose —una mezcla de grasa rancia y almizcle— fue lo más maravilloso que había sentido en eones.

Mientras la carne se cocinaba, Kaelen sintió que alguien lo observaba. No era el Invitado Nocturno; era una sensación diferente, más terrenal. Se giró rápidamente, hacha en mano.




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