Cenizas De Plaguelands

3. Huesos Y Piedra

La escarcha de la mañana crujía bajo las botas de Kaelen con un sonido que recordaba al cristal rompiéndose. Cada paso que se alejaba de su primer refugio era una pequeña traición a la seguridad que tanto le había costado construir, pero el instinto —esa voz sorda que ahora mandaba más que su razón— le decía que si se quedaba en aquel claro, se convertiría en parte del paisaje, un montón de huesos más abonando la tierra estéril de Lubenia.

Caminaba hacia el noroeste, donde el mapa de piel curtida indicaba una elevación del terreno. Sus ojos, ahora acostumbrados a buscar irregularidades en el horizonte ceniza, divisaron lo que buscaba: las "Costillas del Gigante", una serie de formaciones rocosas que sobresalían de la tierra como los restos de un titán enterrado. Pero no era solo geología; había algo en la rectitud de algunas de las piedras que gritaba "civilización".

—Huesos y piedra —susurró Kaelen, sintiendo el peso de su hacha de piedra en la mano. Su voz se había vuelto áspera, una herramienta más de su inventario—. Todo lo que queda de este lugar es lo que no puede pudrirse.

El camino fue un descenso a la fatiga. El hambre del capítulo anterior había dejado una marca indeleble; sus músculos no se recuperaban, solo se adaptaban al dolor. Cada cien metros, debía detenerse para recuperar el aliento, apoyando su espalda contra los pinos de corteza negra. En esos momentos de quietud, el silencio de Lubenia volvía a acecharlo. No era el silencio de la paz, sino el silencio de un depredador que contiene la respiración.

A mitad de la mañana, encontró el primer rastro de la antigua Lubenia: un mojón de piedra que marcaba el antiguo Camino Real. La piedra estaba partida a la mitad, y la efigie del Rey que una vez la coronó había sido picada hasta quedar irreconocible. Kaelen pasó la mano por la superficie rugosa. Sintió una punzada de amargura. El Imperio que lo había exiliado estaba ahora tan roto como ese marcador de caminos.

Al llegar a la base de las formaciones rocosas, la vegetación cambió. Los pinos cedieron el paso a matorrales espinosos que parecían hechos de alambre de espino. Y allí, incrustada en la ladera de la montaña, vio la entrada a una antigua cantera.

No estaba vacía.

Tres figuras se movían entre los bloques de granito a medio tallar. No eran Errantes. Su movimiento era demasiado fluido, demasiado coordinado. Kaelen se agachó tras un arbusto, su corazón latiendo con una fuerza que le dolía en las costillas. Eran exiliados, pero no como él. Vestían capas de piel de lobo y portaban lanzas con puntas de piedra afilada. Eran saqueadores, los "Buitres" de los que hablaba la nota del cadáver.

Kaelen observó cómo los hombres trabajaban para desenterrar algo de una caja de suministros abandonada. Sus risas llegaban hasta él como ladridos secos. En ese momento, Kaelen tuvo que tomar una decisión que definiría su moralidad en este nuevo mundo: ¿sería un fantasma que huye o un hombre que reclama lo que necesita?

Miró su hacha de piedra. Miró las lanzas de hierro oxidado que uno de los saqueadores había dejado apoyada contra una roca. El hierro. El hierro era la diferencia entre ser una víctima y ser un guerrero.

Decidió que el sigilo sería su única arma contra la superioridad numérica. Se arrastró por el suelo congelado, aprovechando cada roca y cada sombra. El frío del suelo le quemaba la piel, pero no le importaba. Su mente estaba fija en la lanza de hierro.

Estaba a cinco metros cuando uno de los saqueadores se giró. Sus ojos se encontraron. No hubo palabras. El saqueador abrió la boca para gritar, pero Kaelen, impulsado por una descarga de adrenalina que quemó su fatiga, se lanzó hacia adelante. No usó su hacha; usó todo su cuerpo como un proyectil, embistiendo al hombre contra la piedra. El sonido de la cabeza chocando contra el granito fue definitivo.

Los otros dos reaccionaron con la rapidez de los animales de presa. Uno de ellos desenvainó un cuchillo de hueso; el otro corrió hacia la lanza. Kaelen fue más rápido. Sus dedos se cerraron sobre el mango de madera fría de la lanza de hierro. El peso era perfecto. El equilibrio era el de un arma real.

—¡Atrás! —rugió Kaelen, su voz resonando en la cantera con una autoridad que no sabía que aún poseía.

Los saqueadores vacilaron. Vieron sus ojos: no vieron a un exiliado desesperado, vieron a un Capitán de Astora que había regresado de entre los muertos. La mirada de un hombre que ya no teme a la muerte porque ya la ha conocido.

—Es solo uno —dijo el saqueador del cuchillo, aunque su voz temblaba—. Mátalo y nos quedaremos con su hacha.

Se lanzaron al unísono. Kaelen recordó sus años de entrenamiento en el patio de armas del castillo. La lanza no era solo para pinchar; era un bastón, un escudo, un brazo extendido. Desvió el primer ataque con el mango de la lanza y, en un movimiento fluido, clavó la punta de hierro en el muslo del segundo atacante. El grito de dolor rompió el aire estancado de la cantera.

El saqueador del cuchillo se detuvo en seco, viendo a su compañero retorcerse en el suelo. Miró a Kaelen, miró la punta de hierro manchada de sangre y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y corrió hacia la niebla del bosque.

Kaelen se quedó allí, jadeando, sosteniendo la lanza como si fuera un cetro. El hombre herido en el suelo lo miraba con puro terror.

—Por favor... —suplicó el saqueador—. Tengo suministros... en el campamento... no me mates...

Kaelen lo observó con una frialdad que lo asustó a sí mismo. En otro tiempo, lo habría llevado ante la justicia o le habría vendado la herida. Aquí, la justicia era el peso de la piedra y el filo del hierro.

—Vete —dijo Kaelen finalmente, bajando la lanza—. Vete antes de que cambie de opinión y decida que tu capa de piel me hace falta.

El hombre se arrastró como pudo, desapareciendo entre las rocas. Kaelen se quedó solo en la cantera. Fue entonces cuando sus piernas cedieron. Se sentó sobre un bloque de granito, sintiendo que el mundo se desvanecía. La victoria no le daba alegría, solo una sensación de vacío más profunda.




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