Cenizas De Plaguelands

4. El Mapa Manchado

El frío en la cantera era diferente al del bosque; no era un frío húmedo que se pegaba a la ropa, sino un frío mineral, seco y cortante, que parecía emanar de las mismas entrañas de la montaña. Kaelen despertó antes de que la primera luz grisácea se filtrara por la entrada de su cueva. Sus dedos, entumecidos pero funcionales, buscaron instintivamente el mango del martillo de cantero que ahora descansaba a su lado.

Esa mañana, el hambre no era el grito desgarrador de los días anteriores, sino un zumbido sordo y constante. Había aprendido a ignorarlo, a tratar a su cuerpo como una máquina que funciona con el mínimo combustible posible. Se sentó junto a las brasas de su fuego, que proyectaban sombras vacilantes contra las inscripciones rúnicas que había descubierto el día anterior.

Sacó el mapa.

Era un trozo de pergamino que una vez fue blanco, ahora vuelto amarillento por la humedad y manchado por el tiempo y la sangre de su anterior dueño. No era un mapa de geógrafo; era un mapa de superviviente. No mostraba fronteras políticas ni nombres de ciudades gloriosas, sino zonas marcadas con calaveras, tachaduras y notas crípticas en los márgenes.

—El mapa no muestra dónde estoy —murmuró Kaelen, extendiendo el cuero sobre una piedra plana—, muestra lo que me va a matar si me equivoco de dirección.

Kaelen dedicó las primeras horas del día a estudiar los trazos. El mapa dividía Lubenia en círculos concéntricos de peligro. Él se encontraba en la periferia, una zona que el mapa denominaba "Tierras de los Exiliados", marcada con un solo cráneo. Hacia el norte y el este, los símbolos se multiplicaban. Los Bosques de Pinos Profundos estaban marcados con dos cráneos y una advertencia escrita en letra apresurada: “Aquí el viento tiene voz y los árboles caminan”.

Más allá, en el centro del pergamino, había una zona tachada con tanta fuerza que el cuero se había rasgado: las Mazmorras de los Renegados.

—Elara está en los Bosques de Pinos —se dijo, trazando una línea con un trozo de carbón—. Si quiero llegar a ella, debo cruzar el Paso de los Lobos.

El Paso de los Lobos no era más que un desfiladero estrecho que conectaba la zona de la cantera con las tierras bajas del bosque. Según el mapa, era el único camino que evitaba los pantanos de azufre, pero también era el territorio de caza de las manadas alfa.

Kaelen comenzó sus preparativos. La supervivencia en Lubenia se basaba en la redundancia. Si su hacha se rompía, necesitaba un cuchillo. Si su antorcha se apagaba, necesitaba pedernal. Pasó horas preparando su inventario. Usó los clavos de acero que había encontrado para reforzar su lanza, creando una punta de cuatro filos que podía penetrar incluso el cuero endurecido. Fabricó tres antorchas adicionales, envolviendo ramas de pino resinosas con tiras de lino empapadas en la grasa que había extraído del lobo del capítulo anterior.

Cada objeto era una oración silenciosa contra la muerte.

Al mediodía, Kaelen abandonó la cantera. El cuervo, que parecía haber adoptado la forma de su conciencia externa, voló sobre él, graznando rítmicamente. El terreno empezó a cambiar a medida que descendía hacia el valle. La piedra limpia de la montaña dio paso a un suelo arcilloso, cubierto de una neblina perpetua que olía a podrido y a metal viejo.

El silencio del bosque era absoluto. En Astora, los bosques estaban llenos de vida: el canto de los pájaros, el crujido de las ardillas, el susurro constante del viento entre las hojas. Aquí, los árboles parecían estar conteniendo la respiración. Sus ramas, desnudas y retorcidas, se entrelazaban sobre el camino formando túneles de sombra.

Kaelen consultaba el mapa cada pocos cientos de metros. El pergamino estaba manchado de una sustancia oscura en el área del Paso de los Lobos. Al principio pensó que era sangre, pero al observarlo bajo la luz pálida, se dio cuenta de que era un tipo de hongo que parecía estar creciendo *dentro* del cuero del mapa.

—Incluso el conocimiento está infectado —masculló, sintiendo una punzada de náuseas.

De repente, se detuvo. El suelo bajo sus pies no se sentía como tierra firme. Se arrodilló y apartó la hojarasca gris. Debajo, encontró los restos de un camino empedrado. Eran las antiguas losas del Imperio, pero habían sido levantadas desde abajo, como si algo masivo hubiera intentado salir a la superficie. Entre las grietas, crecían unas flores blancas de pétalos translúcidos que vibraban levemente.

Kaelen recordó las historias de los ancianos de Astora sobre la "Grisura". Decían que la plaga no solo afectaba a los hombres, sino que reescribía las leyes de la naturaleza. Lo que veía ante sus ojos era una prueba de ello. Las flores no buscaban el sol; buscaban el calor de la vida. A medida que acercaba su mano, los pétalos se inclinaban hacia él, buscando su temperatura corporal.

Retrocedió con un escalofrío.

Llegó a la entrada del Paso de los Lobos dos horas antes del atardecer. El desfiladero era una garganta estrecha entre dos paredes de roca caliza que se elevaban como muros de una fortaleza natural. El viento soplaba a través del paso con un aullido que sonaba como el lamento de mil almas.

Kaelen sacó su lanza. Sabía que este era el momento crítico. El mapa indicaba que los saqueadores a menudo emboscaban a los exiliados aquí, pero los saqueadores eran el menor de sus problemas. Las huellas en el barro eran frescas: huellas de garras del tamaño de platos, con una profundidad que sugería un peso de al menos doscientos kilos.

—Lobos de la Plaga de Clase II —susurró Kaelen, recordando las clasificaciones de los manuales de caza imperiales.

A mitad del paso, encontró el primer obstáculo. Un carro de suministros volcado bloqueaba el camino. Los restos de los caballos estaban esparcidos en un radio de diez metros, pero lo más inquietante era que los huesos habían sido roídos con tal fuerza que muchos estaban astillados.

Kaelen se movió con cautela absoluta, pegando la espalda a la pared de roca. Cada vez que una piedra pequeña rodaba bajo su bota, el sonido parecía un trueno en el silencio del desfiladero. Fue entonces cuando escuchó el primer gruñido.




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