Cenizas De Plaguelands

5. Cenizas De Un Hogar

La niebla que emanaba de los Bosques de Pinos Profundos tenía un peso diferente. No era el vapor ligero de las montañas, sino una bruma cargada de hollín y el aroma dulzón de la madera podrida. Kaelen avanzaba con el hombro izquierdo entumecido por la mordida del lobo, cada paso enviando una punzada de advertencia a su cerebro. El mapa, ahora guardado celosamente contra su pecho, le indicaba que estaba entrando en los valles bajos, una zona que antes de la Plaga era conocida como el granero de Lubenia.

Lo que encontró no fue un granero, sino un cementerio de sueños.

—Hogar... —la palabra sonó extraña en sus labios, una reliquia de un idioma que ya no sabía cómo hablar.

Frente a él se extendía la aldea de Valleespina. O lo que quedaba de ella. Las casas de madera y paja habían colapsado sobre sí mismas, formando montículos de escombros carbonizados que sobresalían de la tierra como costras en una herida abierta. No había sido un incendio natural; las marcas de quemaduras en las vigas eran irregulares, indicando un intento desesperado de purga.

Kaelen entró en la calle principal, una vía ahora cubierta de ceniza blanca y huesos de animales de granja. Sus botas se hundían en la mezcla de barro y hollín con un sonido quejumbroso. El silencio aquí era más denso que en la cantera. En la cantera, el silencio era de piedra; aquí, era un silencio de voces interrumpidas.

Se acercó a la estructura mejor conservada: una casa de piedra y madera que aún mantenía parte de su tejado. Al cruzar el umbral, el aire cambió. Estaba viciado, frío y olía a moho antiguo. Sus ojos se ajustaron a la penumbra. Sobre una mesa de roble macizo, aún estaban dispuestos tres platos de cerámica, cubiertos por una capa de polvo de varios centímetros de espesor. En el centro, una hogaza de pan se había convertido en una piedra negra y vellosa.

—Se sentaron a cenar —susurró Kaelen, sintiendo un nudo en la garganta—. Pensaron que tendrían una noche más.

La arqueología de la tragedia era fascinante y aterradora. Kaelen comenzó a buscar suministros. No era un acto de profanación, sino de herencia. Encontró un arcón de madera de cedro en una esquina. Al abrirlo, el aroma del aceite de linaza y la lavanda seca lo golpeó como un recuerdo físico de Astora. Dentro no había oro, sino algo mucho más valioso para un exiliado: telas de lino fino, un juego de agujas de hierro y una pequeña bota de cuero que pertenecía a un niño.

Kaelen tomó las agujas. Sus dedos, gruesos por el trabajo rudo de la cantera, las sostuvieron con una delicadeza inesperada. Recordó a su madre remendando sus túnicas de cadete. Guardó las agujas en su jubón. Cada objeto que recolectaba era un hilo que lo unía a la realidad que la Plaga intentaba borrar.

Mientras registraba la cocina de la casa, un sonido metálico resonó en el exterior. *Clinc. Clinc. Clinc.* El sonido de una ballesta siendo cargada.

Kaelen se lanzó al suelo justo cuando un perno de madera y hierro atravesaba la ventana, astillando el marco y clavándose en la pared opuesta. Rodó tras la mesa de roble, desenvainando su hacha de bronce y piedra.

—¡Sé que estás ahí, exiliado! —gritó una voz desde la calle. Era una voz chillona, cargada de una malicia juguetona—. ¡Esa casa es mía! ¡Todo lo que hay en Valleespina pertenece al Buitre!

Kaelen reconoció el nombre. **Garret "El Buitre"**. El hombre del que hablaba el mapa.

—¡No busco problemas! —respondió Kaelen, su voz proyectándose con la fuerza de un mando militar—. ¡Solo busco refugio y suministros! ¡Hay suficiente para ambos en estas cenizas!

—¡El problema con los soldados es que creen que la lógica importa en el infierno! —rio Garret—. ¡Si te dejo ir, volverás con más de los tuyos! ¡Si te mato, tendré un hacha nueva y un par de botas que no tienen agujeros!

Kaelen no esperó el segundo disparo. Sabía que la ballesta era un arma lenta. Visualizó la posición del tirador por el ángulo del perno. Garret estaba tras una carreta volcada a unos quince metros de la entrada.

En un movimiento coordinado, Kaelen lanzó una silla de madera hacia la puerta principal como distracción. El perno de Garret silbó de nuevo, impactando la madera podrida de la silla. En ese segundo de recarga, Kaelen salió por una ventana lateral, sus pies tocando el suelo con el sigilo de un cazador.

Rodeó la casa, moviéndose entre los muros de las viviendas adyacentes. La ceniza amortiguaba sus pasos. Cuando llegó a la espalda de la carreta, vio a Garret. Era un hombre pequeño, de movimientos nerviosos, vestido con una capa hecha de retazos de capas militares de diferentes regimientos. Tenía el rostro cubierto de hollín y una mirada de paranoia pura.

Kaelen no lo atacó. Se colocó detrás de él, apoyando el filo de su hacha contra la nuca del hombre.

—Suelta la ballesta, Buitre —dijo Kaelen, su voz era un trueno bajo.

Garret se congeló. Su respiración se volvió errática. Lentamente, dejó caer el arma al suelo.

—No me mates, capitán... no me mates —gimoteó, su valentía desapareciendo tan rápido como había llegado—. Solo es el hambre... el hambre me hace hacer cosas...

—El hambre es una excusa para los débiles —respondió Kaelen, sin retirar el hacha—. Tú eres un carroñero. Vives de los restos de personas que eran mejores que tú.

Kaelen obligó a Garret a sentarse junto a una pequeña hoguera que encendieron en el centro de la aldea. No confiaba en él, pero Garret poseía algo que Kaelen necesitaba: información.

—Dime qué pasó aquí —ordenó Kaelen, mientras revisaba la ballesta de Garret. Era un arma tosca, pero efectiva.

Garret se frotó el cuello, mirando el fuego con ojos esquivos.
—La Grisura llegó una noche de invierno. No fue como en otros lugares. No hubo monstruos al principio. Solo... el silencio. La gente dejó de hablar. Se quedaban mirando al horizonte, esperando algo que no llegaba. Luego, el fuego. Los que aún estaban cuerdos intentaron quemar a los infectados. Pero el fuego no purifica la Plaga, solo la esconde.




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