Cenizas De Plaguelands

8. El Susurro De Los Pinos

La noche en el Nudo de los Pinos no descendía; se filtraba desde el suelo, como un tinte oscuro que empañaba la realidad hasta que solo quedaban las siluetas de lo imposible. Tras las revelaciones de Elara, Kaelen sentía que el peso de su hacha de hierro y bronce se había triplicado. No era un peso físico, sino el peso del propósito. Miró hacia el exterior de la cabaña tejida, donde el círculo de piedras rúnicas pulsaba con un azul eléctrico que apenas lograba mantener a raya la negrura que palpitaba entre los árboles.

—Se están agrupando —dijo Elara. Su voz, antes serena, tenía ahora el filo de una cuerda tensada hasta el límite. Estaba de pie frente a su telar, pero sus manos no sostenían hilos, sino una energía líquida que parecía quemar el aire a su alrededor—. La Grisura detecta el cambio en tu frecuencia, Kaelen. Has dejado de ser un cadáver que camina para convertirte en una chispa. Y en este bosque, las chispas se apagan con sangre.

Kaelen se ajustó las correas de sus protecciones de cuero. La herida de su hombro, aunque tratada con las ungüentos de la Tejedora, latía al ritmo de las piedras exteriores.
—He enfrentado lobos antes, Elara. Sé cómo mueren.

—Esos no eran lobos —respondió ella, girándose con una mirada que hizo que Kaelen retrocediera un paso—. Eran animales hambrientos. Lo que viene esta noche es una extensión de la voluntad de la Plaga. Son los Susurradores.

El primer indicio del asedio fue la desaparición del sonido. El zumbido constante del musgo azulado se extinguió de golpe. El viento, que siempre siseaba entre las copas de los pinos, murió en un suspiro helado. Fue entonces cuando Kaelen lo escuchó: un susurro múltiple, miles de voces secas rozando la corteza de los árboles, pronunciando su nombre en un dialecto que Astora había olvidado hace milenios.

—Kaelen... regresa a la ceniza... Kaelen... el hierro es mentira...

—No escuches —advirtió Elara, cerrando los ojos—. El miedo es el conductor de la infección. Si dejas que el sonido penetre en tu juicio, tus propias manos se volverán contra ti.

Kaelen apretó los dientes y salió al claro. El frío le golpeó la cara como un guante de hierro. Frente a él, en la linde donde la luz de las runas moría, aparecieron los ojos. Cientos de esferas de un rojo incandescente y purulento, dispuestas en pares que flotaban a diferentes alturas. No eran lobos naturales; sus cuerpos estaban deformados por crecimientos óseos que sobresalían de sus lomos como espinas de obsidiana. Su piel era una amalgama de pelo rancio y escamas de madera podrida.

El alfa de la manada dio un paso al frente. Era una bestia del tamaño de un caballo joven, con tres mandíbulas entrelazadas que goteaban una saliva que quemaba el musgo al caer.

—El ritual de protección está al límite —susurró Elara desde el umbral de la cabaña—. Debes defender los cuatro puntos cardinales del círculo. Si una sola piedra se apaga, la Grisura entrará y no quedará nada de nosotros para el amanecer.

El primer ataque fue una explosión de violencia. Tres lobos saltaron simultáneamente desde las sombras del norte. Kaelen no esperó a que cruzaran la línea de runas. Se lanzó hacia adelante, su hacha trazando un arco de luz dorada gracias a la runa de resistencia que Elara había ayudado a despertar.

El impacto del hacha contra el primer lobo fue diferente a cualquier cosa que Kaelen hubiera sentido. No fue el corte limpio de la carne, sino un choque sordo, como si estuviera golpeando un tronco lleno de fango. El bronce de su arma brilló con una intensidad violenta al entrar en contacto con la energía de la plaga. La bestia aulló, un sonido que era mitad grito animal y mitad chirrido metálico, y se deshizo en una nube de esporas negras.

Kaelen no se detuvo a observar. Giró sobre sus talones, usando el impulso del golpe para clavar su daga de hierro en la garganta del segundo atacante. Sintió el calor de la sangre corrupta quemándole la mano, pero la runa en su palma, grabada por el contacto con la piedra de Elara, actuó como un aislante.

—¡Kaelen, el sur! —gritó Elara.

El suelo empezó a vibrar. Desde el sur, la mancha de la Grisura se movía como una marea líquida. Los lobos menores se lanzaban contra las piedras rúnicas, permitiendo que sus cuerpos explotaran para cubrir los símbolos con su fluido negro, intentando asfixiar la luz protectora.

Kaelen corrió hacia la piedra del sur. Estaba cubierta de una sustancia viscosa que emitía un humo ácido. La luz azul de la runa parpadeaba, perdiendo terreno frente a la sombra.

—¡Límpiala! —ordenó Elara, quien ahora estaba arrodillada en el centro del claro, con sus manos enterradas en la tierra viva—. ¡El hierro de tu arma es un conductor! ¡Usa tu voluntad para purgar la piedra!

Kaelen dejó caer su hacha y puso sus manos desnudas sobre la piedra rúnica ardiente. El dolor fue instantáneo y absoluto. Sintió como si le estuvieran vertiendo plomo derretido por las venas. Las imágenes de su exilio, de la traición del Imperio y del hambre en la cantera volvieron a su mente, amplificadas por el susurro de los pinos.

—Ríndete, exiliado... no hay salvación... eres solo ceniza en un mundo de sombras...

—¡No! —rugió Kaelen, hundiendo sus dedos en las incisiones de la piedra. Recordó el calor de su fragua, el esfuerzo de cada golpe de martillo, el valor de cada lingote ganado. Esa era su verdad. No era la gloria del Imperio, era la dignidad del artesano.

Una onda de choque dorada emanó de sus manos. La suciedad negra en la piedra fue vaporizada instantáneamente. La luz rúnica se disparó hacia el cielo, formando un pilar de fuego azul que iluminó todo el bosque, revelando la verdadera escala del asedio. Miles de criaturas rodeaban el claro, esperando el momento en que la voluntad del hombre flaqueara.

El asedio continuó durante lo que parecieron eones. Kaelen se convirtió en una máquina de guerra. Se movía entre las piedras cardinales con una velocidad que desafiaba su agotamiento físico. Sus ropas estaban hechas jirones, su piel cubierta de cortes y quemaduras, pero sus ojos tenían el brillo del acero templado en el hielo.




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