El descenso hacia las entrañas de Lubenia no comenzó con un paso, sino con una caída en el vacío sensorial. Las Fauces de Obsidiana, la entrada prohibida a las Mazmorras de los Renegados, se abrían en la base de las montañas como una herida que la tierra se negaba a cicatrizar. El aire que emanaba de la grieta no era el frío húmedo de la superficie, sino un calor seco, mineral y estático que sabía a hierro oxidado y a los sueños quemados de una civilización que se devoró a sí misma.
Kaelen de Astora se detuvo en el umbral, donde la luz del sol se extinguía frente a la oscuridad absoluta del corredor. Sus dedos, callosos y aún marcados por las ampollas de la fragua, acariciaron el Fragmento de Vacío que colgaba de su cinturón. La piedra negra pulsaba con un ritmo sordo, una vibración que parecía sincronizarse con su propio pulso, advirtiéndole que el mundo de los hombres terminaba aquí.
-Sangre por piedra -susurró, y su voz fue devuelta por el eco, deformada y hueca-. Un intercambio justo en un mundo que ha perdido su alma.
Cruzar las líneas defensivas de la Inquisición de Vane requería una proeza que desafiaba las leyes de la física. Kaelen tomó el Fragmento de Vacío con su mano derecha, justo sobre la runa de resistencia que Elara había despertado. Siguiendo las instrucciones mentales de la Tejedora, aplicó una presión específica, permitiendo que su voluntad fluyera hacia el cristal.
El efecto fue una transmutación de la realidad. De los poros del cristal brotó una sustancia que no era humo ni líquido; era oscuridad pura, una negrura absoluta que empezó a trepar por su brazo, cubriendo sus protecciones de cuero, su hacha y finalmente su rostro. Al cabo de unos segundos, Kaelen estaba envuelto en una mortaja de vacío.
El mundo cambió de frecuencia. Los colores se drenaron, dejando una visión en tonos de gris plomizo y plata eléctrica. El sonido del viento desapareció, reemplazado por un zumbido de baja frecuencia que parecía venir de las paredes mismas. Sus botas ya no producían ruido sobre las losas de piedra; cada paso era absorbido por la capa de vacío, convirtiéndolo en una anomalía en el tejido de la existencia. Estaba caminando en el "Espacio Entre", una dimensión liminal donde la Grisura lo reconocía como parte de su propia entropía.
-Mantén el pulso, Kaelen -se ordenó a sí mismo, sintiendo cómo el frío del vacío intentaba absorber el calor de su sangre-. Si tu voluntad flaquea, la sombra te devorará antes que los guardias.
Avanzó por el "Corredor de los Lamentos". La arquitectura era una oda a la opresión imperial: techos altísimos sostenidos por pilares que imitaban la forma de hombres cargando el peso de la montaña. A ambos lados, celdas de hierro reforzado con hilos de plata contenían los restos de los disidentes. Pero lo que vio no fueron prisioneros humanos, sino "Enraizados".
Los Enraizados eran seres que habían dejado de ser biológicos para convertirse en orgánicos-minerales. Sus cuerpos estaban fusionados con las paredes de piedra, sus venas convertidas en conductos de energía rúnica que alimentaban las antorchas de luz verde de la mazmorra. Sus bocas permanecían abiertas en un grito eterno y mudo, emitiendo un flujo constante de gas rúnico que mantenía la atmósfera tóxica para los no iniciados. Kaelen pasó junto a ellos, sintiendo la vibración de su agonía colectiva. Eran las baterías de la tiranía de Vane.
De repente, una patrulla de Centinelas de Hierro apareció al final del pasillo. Eran hombres que habían renunciado a su humanidad a cambio de la fuerza de la Plaga. Sus armaduras de placas estaban bañadas en brea rúnica, y sus cascos carecían de viseras; en su lugar, un cristal rojo único emitía un barrido de luz que detectaba las variaciones en el campo energético.
Kaelen se pegó a una columna, conteniendo la respiración. Un centinela se detuvo a escasos centímetros. Pudo oler el ozono y el metal caliente que emanaba de las juntas de la armadura. El barrido rojo pasó sobre su cuerpo envuelto en sombras. Por un segundo eterno, el cristal del casco brilló con una intensidad sospechosa. El corazón de Kaelen martilleó contra sus costillas, amenazando con romper el sigilo del vacío. Pero la sombra aguantó. Los centinelas prosiguieron su marcha rítmica, sus pasos resonando como golpes de mazo en la oscuridad.
A medida que bajaba por los niveles inferiores, el mapa de Garret se volvía inútil. Las mazmorras estaban vivas, cambiando su disposición según el flujo de la energía rúnica. Kaelen tuvo que atravesar el "Salón de la Tortura Rúnica", una cámara donde grandes prensas hidráulicas, alimentadas por el vapor de la lava subterránea, aplastaban fragmentos de piedra rúnica para extraer el "Aceite de Vacío". El sonido era ensordecedor: un chirrido constante de engranajes mal lubricados y el crujido de la piedra siendo reducida a polvo.
El aire se volvió más denso, cargado de partículas de oro y plata pulverizadas. Kaelen llegó finalmente a la antecámara de la Fundición Profunda. Aquí, el sigilo del vacío empezó a fallar. La concentración de energía era tan alta que la sombra de Kaelen empezó a chisporrotear, soltando pequeñas descargas eléctricas.
-Se acabó el disfraz -murmuró, dejando que el Fragmento de Vacío regresara a su estado de reposo.
El color regresó a su visión con una violencia que le hizo lagrimear. La cámara frente a él era una cúpula natural de proporciones catedralicias. En el centro, suspendido sobre un pozo de magma rúnico que emitía un brillo naranja y violeta, se encontraba el Corazón de la Tierra.
No era una gema pulida, sino una formación geológica viva. Una esfera de granito blanco y cuarzo que latía con una luz dorada y pura. Era el último núcleo de energía del planeta que no había sido tocado por la corrupción de la Grisura. Su latido era profundo, una nota baja que hacía vibrar los huesos de Kaelen. Era hermoso y, al mismo tiempo, aterrador por la responsabilidad que emanaba.
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Editado: 22.05.2026