El ascenso desde las profundidades de las Mazmorras de los Renegados debería haber sido un momento de triunfo, pero para Kaelen de Astora, cada metro ganado hacia la superficie se sentía como una huida de una tumba para entrar en un matadero. El Corazón de la Tierra, ahora comprimido y latiendo contra su pecho, emitía un calor dorado que contrastaba violentamente con la atmósfera gélida y eléctrica que lo recibió al salir de las Fauces de Obsidiana.
No era el atardecer lo que teñía el horizonte. Era algo más antiguo, más maligno y mucho más hambriento.
Kaelen se detuvo en el saliente rocoso, jadeando, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el humo de la fundición que aún impregnaba su túnica. Miró hacia arriba y sintió que el alma se le helaba en el pecho. El cielo de Lubenia, habitualmente de un gris plomizo y opresivo, se había transformado en un manto de color carmesí viscoso, como si una arteria celestial hubiera sido rasgada de horizonte a horizonte. La luna, una esfera perfecta, enorme y obscena, se alzaba sobre las montañas teñida de un rojo sangre tan intenso que parecía gotear físicamente sobre las copas negras de los Pinos Profundos.
—La Primera Luna Roja —susurró Kaelen, y su propia voz le pareció el graznido de un moribundo—. El cielo se ha roto y la sangre de los dioses cae sobre nosotros para ahogarnos.
El efecto de la luz roja no era simplemente estético; era una agresión química y espiritual contra todo lo vivo. Kaelen sintió una presión inmediata detrás de sus globos oculares, una tensión que amenazaba con estallar sus sienes. Un zumbido metálico, similar al sonido de mil cuchillas frotándose entre sí, inundó sus oídos, ahogando cualquier otro sonido natural. El aire, saturado de partículas rúnicas excitadas por la radiación lunar, sabía a cobre y a azufre. La luz carmesí no iluminaba las sombras; las hacía vibrar, otorgándoles una profundidad tridimensional que engañaba al ojo.
Bajo esta influencia, el orden natural de Lubenia se fracturó en mil pedazos de cristal roto. Desde su posición elevada, Kaelen fue testigo de una escena que desafiaba toda lógica biológica. Una manada de ciervos de la plaga, criaturas normalmente cautelosas y silenciosas, emergió de la espesura. En lugar de huir, se lanzaban en un frenesí suicida unos contra otros, sus astas entrelazándose hasta romperse en astillas, destrozándose los flancos con una furia ciega. Los pájaros caían del cielo como proyectiles, golpeando sus frágiles cuerpos contra las rocas hasta convertirse en una masa informe de plumas y vísceras.
No había miedo en ellos, solo una agresividad absoluta, un cortocircuito en el instinto de supervivencia que convertía la vida en una celebración de la destrucción. Incluso el Corazón de la Tierra que Kaelen portaba parecía agitarse con incomodidad, su luz dorada parpadeando de forma errática, como una vela en medio de un huracán de odio.
—Debo volver —se dijo Kaelen, aunque sus piernas se sentían como plomo—. Elara... el refugio... si el mundo se vuelve loco, ella es el único ancla que queda.
El regreso al Nudo de los Pinos fue un descenso a un infierno sensorial que puso a prueba cada gramo de la voluntad de Kaelen. Ya no tenía su hacha de hierro y bronce; el sacrificio en el altar de la mazmorra lo había dejado desarmado de armas largas, confiando únicamente en su daga de hierro reforzada y en la energía latente del Corazón. Correr a través del bosque bajo la Luna Roja era como intentar cruzar una herida abierta que se retorcía bajo el tacto.
Cada rama que rozaba su piel parecía cargada de una intención malévola. Los pinos, que ya eran inquietantes bajo la luz gris, ahora parecían músculos expuestos de la tierra, sus troncos vibrando con un ritmo sordo bajo la influencia de la radiación lunar. La Grisura, alimentada por la energía de la luna, se manifestaba en formas físicas visibles: hilos de humo negro y viscoso que se enroscaban en el aire como serpientes hambrientas, buscando cualquier rastro de calor vital para consumirlo.
De repente, un aullido desgarrador, que contenía notas de dolor humano y furia animal, rompió el zumbido del aire. Desde las sombras del este emergió un **Lullaby**, una de las aberraciones más temidas que solo se manifestaban durante los eventos celestiales de la Grisura. Era una masa de extremidades alargadas y rostros humanos distorsionados que colgaban de su vientre como trofeos de una cacería impía. La criatura se movía con una rapidez que desafiaba la gravedad, saltando de tronco en tronco con una gracia macabra que hacía que el estómago de Kaelen se revolviera.
Kaelen se lanzó tras una raíz masiva de un pino centenario, tratando de reducir su silueta al mínimo. Su corazón latía con tal fuerza que temía que el sonido, amplificado por la quietud del bosque, delatara su posición. La criatura se detuvo justo sobre él, sus rostros colgantes susurrando plegarias y maldiciones en un dialecto que Astora había prohibido hacía milenios. Bajo la luz roja, el Lullaby parecía estar hecho de carne líquida, sus contornos desdibujándose y reformándose constantemente.
—Usa el Corazón... —susurró una voz en la mente de Kaelen, una conexión psíquica con Elara que se sentía como un hilo de seda a punto de romperse—. Kaelen, la luz de la tierra es la única frecuencia que la luna no puede corromper. Concéntrate.
Kaelen cerró los ojos y, por primera vez, no buscó la fuerza en sus músculos, sino en la piedra que latía contra su pecho. Visualizó la luz dorada expandiéndose desde el Corazón, no como una explosión, sino como una membrana protectora. El Lullaby emitió un chillido que le desgarró los oídos cuando la luz dorada tocó sus extremidades corruptas. La criatura huyó hacia la espesura, incapaz de procesar la pureza de la energía geológica.
Kaelen no esperó a que regresara. Siguió corriendo, sus pulmones a punto de colapsar por la falta de oxígeno y el exceso de adrenalina, mientras el cielo se volvía de un carmesí casi negro, anunciando que la luna había alcanzado su cenit de poder.
#122 en Ciencia ficción
#1216 en Fantasía
#226 en Magia
cienciaficcion y suspenso, darkfantasy, terror misterio intriga paranormal
Editado: 22.05.2026