Cenizas De Plaguelands

11. Entre Escombros

El amanecer que siguió a la Primera Luna Roja no trajo consuelo, sino una claridad despiadada. La neblina carmesí se había disipado, dejando en su lugar un cielo del color del plomo frío que arrojaba una luz gris e implacable sobre el claro del Nudo de los Pinos. El suelo, que antes vibraba con el azul vivo del musgo místico, estaba cubierto por una costra de ceniza negra y restos calcificados de los Errantes purificados por la onda dorada del Corazón de la Tierra.

Kaelen de Astora permanecía de pie en el centro del claro. Sus manos, vendadas con tiras de lino empapadas en savia de pino medicinal, sostenían una simple vara de madera que usaba para remover los escombros de la empalizada exterior. Cada músculo de su espalda protestaba con un dolor sordo y lacerante; la energía del Corazón había utilizado sus fibras musculares como conductos, dejando tras de sí un letargo mineral que se sentía en sus propios huesos.

Miró a los tres refugiados que habían cruzado la línea rúnica al final de la noche. Estaban sentados junto a los restos humeantes de la fragua improvisada, acurrucados bajo mantas de cuero curtido, con los ojos fijos en el suelo. No hablaban. El horror de la Luna Roja les había robado la palabra, un síntoma común que los médicos imperiales llamaban la mudez de la ceniza. Habían visto a sus familiares convertirse en bestias o ser devorados por la fauna enloquecida; la realidad se había fracturado demasiado rápido para sus mentes.

—La madera —dijo Kaelen, su voz rompiendo el silencio como un martillazo en una cripta— es un error. La madera recuerda que una vez estuvo viva, y por lo tanto, sabe cómo morir. Se pudre, se quema, se quiebra bajo el peso del miedo. Si queremos ver la próxima luna sin convertirnos en polvo, necesitamos piedra.

Elara emergió de la cabaña tejida. El Telar de Eras, ahora alimentado por el Corazón de la Tierra, emitía un zumbido bajo y constante que estabilizaba la temperatura del claro, pero la Tejedora mostraba los estigmas del esfuerzo. Su piel, habitualmente pálida, tenía un matiz grisáceo en las sienes, y sus manos temblaban levemente al ajustar su capa.

—La piedra no tiene oídos para los susurros de la Grisura —coincidió ella, mirando los afloramientos de granito que flanqueaban el norte del claro—. Pero la piedra es pesada, Kaelen. Y un hombre con las manos quemadas no puede levantar un bastión solo.

Kaelen la miró, y en sus ojos hundidos se reflejó la terquedad del cantero que fue en Astora. —No estoy solo. Ellos también quieren vivir —señaló a los refugiados—. Y si quieren un pedazo de pan y un rincón al calor de tus runas, tendrán que aprender el peso del granito. En mi tierra decían que el trabajo con la piedra es la única oración que el creador siempre responde.

Las primeras doce horas del día se convirtieron en un estudio sobre la gravedad y la palanca. Kaelen no tenía bueyes, ni poleas de hierro, ni argamasa de cal viva para pegar los bloques. Tenía que depender de la técnica de la mampostería seca, un arte antiguo que consistía en hacer que las piedras se sostuvieran entre sí mediante su propio peso y un encaje perfecto de sus caras.

Se dirigió al afloramiento de granito que Sir Valerius había agrietado durante el combate del capítulo anterior. Usando cuñas de madera verde que introducía en las fisuras naturales de la roca y golpeándolas con el martillo de cantero que aún conservaba, Kaelen lograba desprender bloques rectangulares de unos cincuenta kilos cada uno. El proceso era una agonía rítmica:

Pum. Pum. Pum.

Cada golpe enviaba una vibración dolorosa a través de sus manos vendadas, pero Kaelen la recibía con una especie de gratitud masoquista. El dolor físico lo alejaba de las pesadillas de la noche anterior. El metal del martillo chocando contra la roca era un sonido real, una declaración de principios frente al caos mutable de la Plaga.

Obligó a los refugiados a levantarse. Uno de ellos, un hombre joven que había sido carpintero en Valleespina antes de la quema, se resistió al principio, con las manos temblorosas. —No podemos... las bestias volverán... la piedra no las detendrá si el cielo se vuelve a teñir...

Kaelen lo tomó por el cuello de su túnica sucia, no con ira, sino con una firmeza que no admitía réplicas. —Si te quedas ahí sentado, la Grisura te convertirá en madera podrida antes de que termine la semana. Toma esa palanca. Encuentra el centro de gravedad de ese bloque. Levántalo. Si tus manos sangran, el granito limpiará la herida. Mueve la piedra o muérete en ella.

El carpintero parpadeó, la chispa del miedo reemplazada por la chispa de la indignación, y luego por la de la obediencia. Comenzaron a trabajar. Kaelen les enseñó a seleccionar las "piedras de base", los bloques más grandes y planos que debían enterrarse parcialmente en la arcilla para formar el cimiento del muro. Les enseñó el concepto de traba: nunca colocar una junta vertical sobre otra junta vertical. Cada piedra debía descansar sobre dos piedras de la hilada inferior, distribuyendo el peso de manera uniforme, creando una red de fricción que ningún Errante podría derribar con la simple fuerza de sus hombros.

Hacia la tarde, una primera hilada de un metro de altura y dos de espesor rodeaba el flanco norte del claro. No era una obra de arte imperial; era un muro bastardo, rudo, lleno de aristas y huecos que rellenaban con cascajo y tierra compactada. Pero era piedra. Y cuando el viento del desfiladero sopló contra ella, el muro no crujió. Permaneció inmóvil, como una prolongación de la montaña misma.

Fue durante la búsqueda de bloques más limpios en la linde oriental del claro cuando el carpintero, cuyo nombre era Jarek, descubrió una anomalía en el terreno. Bajo un manto de raíces muertas y musgo negro calcificado, una losa de piedra caliza presentaba una argolla de hierro corroído por el óxido.

—Kaelen —llamó Jarek, con la voz aún ronca por la falta de uso—. Esto no es roca natural. Esto es obra de los ingenieros del rey.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.