El amanecer no trajo luz, sino una reducción de la oscuridad. La niebla blanca que había acompañado al Mercader de Sombras se retiró hacia las zonas bajas del desfiladero, dejando tras de sí una escarcha gris que cubría el nuevo muro de granito como una capa de sal sucia. Kaelen de Astora no había dormido. Pasó las horas de la noche junto a la fragua, observando cómo el nuevo fuelle de cuero de morsa insuflaba aire al carbón vegetal, elevando la llama hasta un blanco azulado que hacía vibrar las paredes de la cabaña.
Sus manos ya no recordaban el tacto del dedal de latón de su madre ni el peso de la medalla de su padre. El vacío dejado por el intercambio con el comerciante se había rellenado con una fijeza fría, una concentración pura en las propiedades mecánicas del hierro que Jarek estaba clasificando en el claro.
—El hierro dulce se terminará en tres días si seguimos reforzando las vigas del techo —dijo la Hermana Martha, acercándose a la fragua con un cuenco de gachas de avena aguadas—. Los refugiados están construyendo los camastros, pero sin clavos de cabeza de hongo, la madera se combará con la humedad de la niebla.
Kaelen tomó el cuenco sin mirarla, bebiendo el contenido de un trago. El alimento no le sabía a nada; era simple combustible para los músculos. —Hay una veta de hematita —dijo, su voz plana y carente de inflexiones—. Está en las estribaciones orientales, donde el granito se encuentra con la pizarra negra. Lo recuerdo de mis mapas de cantería antes del exilio. El mineral allí es denso, con un sesenta por ciento de hierro puro en la roca. Pero no podemos reducirlo aquí. Necesitamos un horno de tiro forzado. Un horno alto de fundición.
Jarek levantó la vista de su pila de tablones. —Los salteadores del Colmillo de Hierro tienen uno. Ocuparon el antiguo puesto de avanzada de la Tercera Guarnición, a media legua de aquí. Lo usan para fundir las cadenas y las armaduras de los exiliados que capturan. Si intentamos comprarlo, nos pedirán nuestras cabezas.
—No vamos a comprarlo —Kaelen se puso de pie, ajustando su cinturón de cuero donde colgaba la daga de hierro y el nuevo pico de cantero—. Vamos a tomarlo. Si los salteadores usan el hierro para esclavizar, han perdido el derecho a poseer el horno. Jarek, prepara las cuerdas de cáñamo y el carro de mano que encontramos en la bodega. Martha, quédate en el muro con Elara. Si el cielo cambia de color, cerrad las puertas y no abráis a nadie. Ni siquiera a mí.
El viaje hacia las estribaciones orientales fue una lección de geología herida. A medida que Kaelen y Jarek se alejaban de la cúpula dorada del Bastión, el entorno recuperaba la distorsión rúnica característica de Lubenia. Las raíces de los pinos no se hundían en la tierra, sino que crecían hacia arriba, envolviendo las rocas como dedos muertos que buscaban sostener el cielo.
Kaelen se detuvo ante una pared de pizarra bituminosa que cortaba el desfiladero. Pasó sus dedos vendados por una franja de color rojo oscuro, casi purpúreo, que brillaba con un magnetismo metálico tenue bajo la luz gris. Era hematita botroidal, un mineral de hierro que crecía en formaciones que imitaban a racimos de uvas negras.
—Mira esto, Jarek —dijo Kaelen, golpeando la veta con la punta de su pico. Un fragmento del tamaño de un puño se desprendió, cayendo sobre la escarcha con un sonido pesado y seco—. Esto es el metal de la voluntad. No necesita las runas de la Inquisición para ser duro. Solo necesita el fuego de la tierra y el peso del martillo. Si logramos traer el horno, esta roca se convertirá en las espadas que defenderán nuestras puertas.
Jarek recogió el fragmento, maravillado por el peso. —Es pesado como el plomo, Kaelen. Pero el campamento de los salteadores está justo detrás de esta cresta. Tienen al menos veinte hombres. Nosotros somos dos y un carro de madera.
—Los salteadores no son soldados —respondió Kaelen, iniciando el ascenso por la vertiente de pizarra—. Son carroñeros. Se alimentan del miedo de los que huyen. Bajo la Luna Roja, debieron perder la mitad de sus hombres por la locura. Los que quedan estarán borrachos de hidromiel rúnica o demasiado asustados para mirar más allá de sus hogueras. El sigilo es nuestra mejor arma rúnica hoy.
El antiguo puesto de avanzada de la Tercera Guarnición era una estructura de planta cuadrada, construida con bloques de caliza gris que el tiempo y la Grisura habían vuelto porosos. Los salteadores habían reforzado las brechas del muro con empalizadas de troncos podridos y restos de carros volcados.
Kaelen y Jarek se deslizaron entre los matorrales de espinos negros que crecían en la base del foso seco. El aire aquí abajo apestaba a grasa rancia, a orina y al humo espeso del carbón de mala calidad que salía de la chimenea central. Desde su posición, Kaelen pudo observar el patio interior.
El panorama confirmaba sus sospechas. La Luna Roja había hecho estragos en la banda. Tres cuerpos envueltos en sacos de arpillera yacían congelados contra el muro oeste, con las cabezas destrozadas por sus propios compañeros durante el frenesí de la noche anterior. Los supervivientes, unos doce hombres con armaduras de cuero remendadas con placas de bronce robadas, se apiñaban alrededor de una gran fogata central, pasando una bota de vino de mano en mano con gestos torpes y miradas paranoicas.
En la esquina noreste del patio, resguardado bajo un cobertizo de lona alquitranada, se encontraba el objetivo: el Horno de Tiro Forzado.
Era una obra maestra de la metalurgia fronteriza de Astora. Construido con tres anillos de hierro fundido superpuestos, forrados en su interior con ladrillos refractarios de arcilla volcánica, el horno medía casi dos metros de altura. Tenía una tobera de bronce en la base para conectar el fuelle y una solera de descarga de escoria que permitía separar el metal puro de las impurezas de la roca. Pesaba al menos doscientos cincuenta kilos, una masa de metal inerte que requería una fuerza sobrehumana para ser movida sin hacer ruido.
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Editado: 22.05.2026