El humo de la primera colada de hierro del Bastión aún flotaba sobre el claro cuando Kaelen de Astora tomó una decisión que Elara consideró una locura. El nuevo hierro colado había sido enfriado y golpeado para formar las primeras trancas de la puerta norte, pero la fortaleza seguía siendo ciega. Un bastión sin ojos es solo una celda de piedra esperando a ser sitiada. Los informes de la Hermana Martha sobre el avance de la Inquisición desde la capital necesitaban ser confirmados.
Dejando a Jarek a cargo de la fundición y a Martha al cuidado de las raciones, Kaelen se vistió con la capa de lana gris andrajosa que le había quitado a uno de los salteadores muertos. Elara le entregó el Fragmento de Vacío, cuya superficie negra parecía haber recuperado su densidad tras pasar una noche entera colgado junto al Corazón de la Tierra.
—Si la luz de Vane te toca —advirtió la Tejedora, ajustando los hilos del Telar de Eras—, el Vacío no te ocultará. Su fuego verde no busca tu cuerpo; busca la vibración de tu sangre. Si descubren que portas el Corazón, Lubenia entera marchará sobre este claro antes del invierno.
Kaelen guardó el fragmento en su bota, junto al cuchillo de hierro dulce. —Vane cree que somos ceniza, Elara. Dejemos que siga oliendo el humo antes de mostrarle el hierro.
El viaje hacia Valleespina fue un retroceso en el tiempo. La aldea que una vez había sido el hogar de leñadores y carboneros era ahora un cementerio de vigas carbonizadas y chimeneas de piedra solitarias que se alzaban hacia el cielo gris como dedos rotos. La Plaga no había reclamado este lugar; lo había hecho el Imperio.
Kaelen se deslizó entre los restos del antiguo molino de grano, cuyas muelas de piedra estaban cubiertas por una capa de cal viva disuelta por la lluvia. El aire apestaba a vinagre y a cuero quemado, el olor característico de las "Zonas de Depuración" de la Inquisición.
En el centro de lo que una vez fue la plaza del mercado, los soldados de la Guardia de Élite de Vane habían levantado una estructura que desafiaba la sobriedad de la arquitectura de piedra. Era el Cadalso de la Destilación: una plataforma de madera de roble negro reforzada con puntales de bronce rúnico, de la que colgaban tres grandes cilindros de vidrio reforzado con hilos de plata. Debajo de los cilindros, una red de tuberías de plomo conectaba con un quemador central que rugía con una llama de color verde fosforescente, alimentada por el gas de la Grisura purificada.
Kaelen se agachó tras un muro de mampostería derruido, frotando ceniza en su rostro para ocultar la palidez de su piel. Sacó el Fragmento de Vacío y lo presionó levemente. El color del entorno se drenó, dándole la visión plateada que le permitiría observar sin ser detectado por los ojos rúnicos de los guardias.
Centenas de exiliados, capturados en los bosques tras la noche de la Luna Roja, habían sido apiñados en la plaza. Estaban rodeados por un cordón de soldados con armaduras completas de hierro negro y alabardas cuyas puntas brillaban con runas de inmovilización. Eran los Purificadores, hombres que habían renunciado a su propia voluntad mediante juramentos de sangre para convertirse en los brazos mecánicos de la Inquisición.
El tintineo de campanillas de plata pura anunció la llegada de la comitiva oficial. No venían en carromatos destartalados como el Mercader, sino en un palanquín de hierro suspendido por cuatro Mutilados de Guerra, cuyos músculos hipertrofiados por las runas apenas temblaban bajo el peso de la estructura.
Las cortinas de seda carmesí del palanquín se abrieron y el Gran Inquisidor Vane descendió sobre la tierra calcinada.
Vane era un hombre de complexión delgada, casi ascética, que vestía una túnica de terciopelo blanco inmaculado que contrastaba con el hollín del entorno. Su rostro era anguloso, con una piel tan fina que dejaba ver la red de venas azules en sus sienes. Sus ojos no eran humanos; los globos oculares eran por completo de un cristal esmeralda pulido, dos lentes místicas que giraban y hacían foco con un leve chasquido mecánico cada vez que cambiaba de objetivo. En su mano derecha sostenía el Báculo del Orden: una vara de platino rematada por una runa primordial de confinamiento que emitía un calor visible en el aire gris.
—Pueblo de Lubenia —la voz de Vane no era un grito, pero poseía una resonancia mágica que hacía que cada palabra se escuchara directamente en el interior de los cráneos de los prisioneros—. Mirad a vuestro alrededor. Mirad la ceniza de Valleespina. Esto no es el resultado de la ira del Imperio; esto es el resultado de vuestra debilidad.
Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza. Los exiliados se arrodillaron, no por respeto, sino porque las alabardas de los Purificadores empezaron a emitir una frecuencia de baja intensidad que debilitaba los tendones de las rodillas.
—La Grisura —continuó Vane, caminando con elegancia entre las filas de cautivos— no es una enfermedad del cuerpo; es una enfermedad de la voluntad. Cuando decidisteis dudar de la palabra del Rey, cuando ocultasteis los fragmentos rúnicos en vuestras casas para no pagar el tributo de la fragua, abristeis las compuertas para que la Plaga os reclamara. La Luna Roja de anoche fue el espejo de vuestra propia corrupción interna.
Vane se detuvo ante el Cadalso de la Destilación. Hizo una señal con el báculo y tres prisioneros —dos hombres jóvenes y una anciana que vestía los jirones de una túnica de la Orden de la Piedra— fueron arrastrados por las escaleras de madera. Sus rostros estaban desfigurados por el miedo, pero sus bocas estaban selladas con mordazas de cuero impregnadas en brea rúnica para evitar que pronunciaran palabras de resistencia.
Los soldados los introdujeron en los cilindros de vidrio, cerrando las escotillas de hierro con un golpe que resonó en toda la plaza.
—El Imperio no castiga —declaró Vane, alzando su báculo hacia el cielo gris—. El Imperio transmuta. Vuestras vidas individuales no tienen valor en su estado corrupto. Sois madera podrida. Pero incluso la madera podrida puede convertirse en carbón para alimentar el fuego del orden eterno.
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Editado: 22.05.2026