El calor del caldo del Cocinero se disipó en la memoria de Kaelen con la misma rapidez con que la escarcha del amanecer era devorada por la niebla gris de Lubenia. La estabilidad del Bastión ya no dependía de la mampostería o de las raciones; dependía de los perímetros. Tres días después de la llegada del viejo de los calderos, una de las trampas de lazo rúnico que Elara había dispuesto en la linde sur del desfiladero fue activada. No por un Errante ciego, ni por un explorador de la Inquisición, sino por un fragmento de acero heráldico.
Jarek había traído el trozo de metal al amanecer. Era una pletina de un guantelete de combate, grabada con el lobo de tres cabezas de la Orden del Crisol Negro. El metal estaba retorcido, cubierto de una pátina de sangre seca y vetas de una sustancia viscosa, negra y brillante que latía levemente al tacto.
—Valerius —dijo Kaelen, su voz plana, desprovista de la emoción que habría sentido antes de su pacto con el Mercader Silencioso—. Sigue vivo. O lo que queda de él está cazando en nuestras fronteras.
Elara levantó la vista de sus hilos de lino rúnico, sus ojos ámbar fijos en la pletina corrupta. —Si el Crisol Negro se ha roto, su voluntad ya no le pertenece, Kaelen. La armadura de un caballero imperial está diseñada para canalizar la energía de la fragua del rey; si la Grisura entra en los sellos, el acero se convierte en un parásito que devora la carne del portador. No vayas a buscarlo como a un amigo. Ve como un verdugo.
Kaelen tomó su pico de hierro reforzado, cuyo mango de pino viejo Jarek había encajado con remaches de hierro colado. —Me dio su hacha cuando yo era solo un cuerpo arrojado a la fosa de Valleespina. Le debo una muerte limpia antes de que la Inquisición destile su aceite.
La Hermana Martha intentó detenerlo en la puerta norte, sosteniendo su rosario de granito. —Deja que los muertos entierren a sus muertos, herrero. El bosque profundo está lleno de los susurros de la Primera Luna. Si entras allí solo, la marca de su locura se pegará a tu piel.
—La piedra no se contagia, Hermana —respondió Kaelen, y cruzó el umbral del Bastión, dejando atrás la seguridad de la cúpula dorada.
Adentrarse en el sector oriental de los Pinos Profundos era como caminar por el interior de un pulmón enfermo. La vegetación había superado la fase de la deformación rúnica para entrar en la fase de la asimilación mineral. Los troncos de los árboles ya no eran de madera; su corteza se había transformado en una costra de pizarra astillada que crujía con un sonido metálico cuando el viento soplaba desde las cumbres. Las hojas, de un color negro azulado, caían al suelo con el peso de láminas de plomo, acumulándose en alfombras que no se pudrían, sino que se fragmentaban en un polvo vidrioso que cortaba las botas de cuero.
El aire apestaba a ozono y a grasa de manteca rancia. Kaelen avanzaba siguiendo el Rastro Negro: una línea de vegetación muerta y licuada que el guantelete de Valerius había dejado a su paso. Cada cincuenta pasos, el suelo mostraba las huellas de unas botas de combate pesadas, pero la profundidad de la pisada indicaba que el peso del caballero se había duplicado. Su armadura ya no era una protección; era una jaula de hierro que acumulaba la densidad de la Grisura.
A mitad del camino, el Fragmento de Vacío en la bota de Kaelen comenzó a vibrar con una frecuencia sorda. Las sombras del bosque empezaron a desdoblarse. Kaelen no vio monstruos, sino alucinaciones ópticas: imágenes de las calles de Astora cubiertas de banderas carmesí, el rostro de su madre hilando lino junto a una ventana limpia, el sonido de las campanas de la Catedral de Hierro Negro llamando a la oración del mediodía.
Eran los Ecos Celestes, el residuo psíquico de la Luna Roja que aún flotaba en el aire, buscando una mente biológica desprotegida para sembrar la demencia.
Kaelen mordió su propia lengua hasta sentir el sabor salado y metálico de la sangre. El dolor físico actuó como una toma de tierra, disipando las imágenes de Astora y devolviéndolo a la realidad de la pizarra y el pino negro. Su mente mineralizada, limpia de recuerdos íntimos tras el trueque con el comerciante, ofrecía menos agarre para la locura que la de un hombre común. Era demasiado duro para volverse loco de inmediato.
El rastro terminaba en una hondonada natural donde las rocas calizas formaban una estructura circular que recordaba a un teatro romano en ruinas. En el centro de la depresión, un enorme pino centenario yacía caído, su tronco ahuecado y convertido en un cubil infecto.
El entorno estaba cubierto por lo que los Siervos de la Piedra llamaban El Tapiz de los Lamentos: cientos de pequeños animales del bosque —ardillas de la plaga, cuervos de tres alas, tejones ciegos— habían sido clavados a las rocas con espinas de hierro y astillas de granito. No estaban muertos; sus cuerpos, mutados por la Grisura, vibraban con un espasmo rítmico, sus ojos convertidos en pequeñas perlas de cristal violeta que miraban hacia el cenit del cielo gris.
Sentado en un trono improvisado con las costillas de un Mutilado de Carga muerto, estaba Sir Valerius.
La visión del caballero hizo que Kaelen detuviera su avance a diez pasos de distancia. El hombre que una vez había encarnado el orgullo militar de la Tercera Guarnición era ahora una quimera de hierro y biología corrupta. La armadura completa de placas ya no estaba superpuesta sobre su cuerpo; los remaches del peto se habían hundido directamente en su esternón, y las junturas de las hombreras exudaban hilos de carne negra e hipertrofiada que se enroscaban alrededor del acero como hiedra de fosa.
Su casco, el modelo clásico de visera de rejilla de Astora, estaba soldado a su cuello. A través de las ranuras de hierro, no se veían los ojos de un soldado veterano, sino dos llamaradas de un fuego violeta, líquido y denso, que goteaba por la barbilla de la armadura, corroyendo el metal del babero.
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Editado: 22.05.2026