Cenizas De Plaguelands

17. El Ritual Del Acero

El yunque no era una pieza de hierro inerte; era el altar donde Kaelen de Astora ligaba su voluntad a la densidad de la tierra. La noche había caído sobre el Nudo de los Pinos con la pesadez de una losa de caliza, y la niebla gris, frustrada por la barrera dorada del Corazón de la Tierra, se arremolinaba contra los muros de granito como un mar de jirones blanqueinos. En el centro del claro, la chimenea del horno alto de tiro forzado rugía con una vibración que se sentía en la planta de los pies.

Kaelen permanecía frente al fuego, con el torso desnudo a pesar del frío glacial del bosque. Su piel exhibía el mapa de su historia reciente: las costillas del lado derecho, fuertemente vendadas por la Hermana Martha con lino empapado en consuelda, mostraban un matiz purpúreo; sus hombros estaban cubiertos de una costra de ceniza y sudor, y sus ojos reflejaban el blanco azulado del crisol con una fijeza hipnótica.

—El carbón de pino común no alcanzará la temperatura para el acero de Solingen —dijo el Cocinero, arrojándole a la fosa de combustión un puñado de costras negras que había extraído de los troncos mineralizados del Bosque Susurrante—. Usa esto, muchacho. Es Carbón de Pizarra Bituminosa. Contiene el aceite concentrado de la plaga, pero si el tiro invertido funciona, el veneno se quemará en la chimenea y solo nos quedará el calor del núcleo.

Kaelen tomó el fuelle de morsa de doble cámara con su mano izquierda y comenzó un ritmo largo, constante y profundo.

Sssshic... Clac. Sssshic... Clac.

Con cada embolada, el aire forzado penetraba por la tobera de bronce en la base del horno. La llama pasó del naranja al amarillo pajizo, y finalmente a un blanco deslumbrante que hizo que Jarek y los refugiados que observaban desde el umbral tuvieran que cubrirse los ojos con las manos. La física de la materia estaba cediendo ante la ingeniería del exilio.

El primer paso del ritual fue la deconstrucción de la reliquia de Valerius. El enorme espadón yacía sobre la mesa de cantería. Kaelen usó un escoplo de acero templado y un mazo de cantero para golpear el pomo de la espada. El metal imperial, aunque desgastado por la Grisura, resistió los primeros cuatro golpes con un tintineo agudo que resonó por todo el desfiladero como una alarma.

—El bronce de la guarda está ligado al espigo de la hoja mediante un remache ciego —explicó Kaelen a Jarek, quien sostenía las tenazas largas—. No podemos romperlo por la fuerza. Necesitamos debilitar el bronce. El bronce se cansa antes que el hierro si le aplicas calor localizado.

Usando una pequeña varilla de hierro dulce incandescente que sacó de la fragua, Kaelen tocó el punto exacto del remache. El bronce, una aleación de cobre y estaño que se funde a unos novecientos grados, comenzó a sudar una pátina verde esmeralda. Un olor a metal viejo y a establo imperial inundó la cabaña de la forja.

Un último golpe certero del mazo desprendió el pomo. La guarda con el lobo de tres cabezas de la Orden del Crisol Negro cayó al suelo de tierra con un sonido pesado. La hoja de un metro y medio quedaba al desnudo: una barra de acero al cromo, recta, densa, cuyo núcleo no mostraba burbujas de aire ni fisuras estructurales. Era una base perfecta.

Mientras la hoja de la espada se calentaba en el núcleo del horno alto para eliminar las impurezas psíquicas de la Grisura, Kaelen se dedicó a la creación de su propia protección: la Armadura del Bastión.

No tenía los moldes de madera de las herrerías reales de la capital, por lo que tuvo que usar un bloque de granito pulido con una concavidad semiesférica como troquel para dar forma a las placas del peto y las hombreras. El proceso era una coreografía de fuerza y precisión geométrica:

  1. El Calentamiento: Tomaba una de las láminas de hierro estructural que había comprado al Mercader Silencioso y la introducía en la solera del horno hasta que adquiría un color rojo cereza (aproximadamente ochocientos cincuenta grados).

  2. El Forjado de Alveolos: Colocaba la lámina incandescente sobre la concavidad del bloque de granito y, usando un martillo de bola pesada, golpeaba desde el centro hacia los bordes para crear la curvatura que deflectaría los virotes de ballesta y las puntas de las alabardas.

  3. El Templado en Aceite: En lugar de agua, que habría vuelto el hierro quebradizo debido al exceso de carbono del carbón de pizarra, Kaelen sumergía la placa moldeada en una tina llena de grasa de manteca y aceite de pino destilado por el Cocinero. El metal reaccionaba con un rugido violento y una columna de humo negro que dejaba sobre el hierro un acabado pavonado, un color negro mate que no reflejaba la luz de las runas.

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

El sonido del martillo golpeando el hierro rítmicamente se convirtió en el latido del Bastión. Cada impacto consolidaba las moléculas de hierro, eliminando la porosidad y creando una superficie que la Hermana Martha comenzó a marcar con sutiles líneas de cal viva antes del ensamblaje.

—Esta armadura no lleva las runas del rey, Kaelen —dijo Martha, sus dedos sucios de cal trazando las líneas de unión en las grebas—. Lleva la geometría del cantero. Cada placa se superpone a la otra siguiendo la regla de la traba del muro. Si un golpe busca tu carne, tendrá que romper tres capas de hierro antes de tocar tu piel.

Hacia la medianoche, las piezas estaban listas: un peto anatómico de hierro pavonado, reforzado en el centro con una costilla de hierro colado; dos hombreras articuladas de tres lamelas que permitían el movimiento completo del brazo para los golpes de mazo; grebas y guardabrazos forrados en su interior con el cuero curtido de los salteadores para evitar la fricción con la piel. No era la armadura reluciente de un caballero de la capital; era una armadura de trinchera, ruda, oscura, con el peso y la presencia de un monumento de cementerio.




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