Cenizas De Plaguelands

18. La Niña Del Pozo

La victoria sobre los Aulladores de Pizarra había dejado una calma engañosa en el Nudo de los Pinos. El humo de la chimenea de tiro invertido del Cocinero ascendía en hilos delgados y limpios, invisibles para los ojos de la Inquisición, y el eco del martillo de Kaelen había cesado temporalmente. El Bastión tenía hierro, tenía cal y tenía una historia; lo que no tenía era un suministro de agua inagotable. El pequeño arroyo que cruzaba el claro del este se había vuelto espeso y amargo tras las descargas eléctricas de la última noche, teñido por un lodo de pizarra que inutilizaba los calderos de la cocina.

—No podemos hervir el grano con este veneno —explicó el Cocinero, mostrando a Kaelen un cazo de bronce donde el agua presentaba una película tornasolada, similar al aceite de linaza rancio—. La cal viva purifica los muros, muchacho, pero si metes esto en los estómagos de los niños, sus intestinos se volverán de piedra antes del invierno. Necesitamos el agua del Pozo de las Siete Piedras.

Kaelen, que vestía la armadura completa de hierro pavonado sin el casco para dejar que las costillas fracturadas respiraran el aire frío, miró hacia la linde sur del bosque. El Pozo de las Siete Piedras era una antigua estructura de la época de la colonización, ubicada en una vaguada a un cuarto de legua del claro, justo donde el granito se fracturaba para descender hacia las marismas de la Baja Lubenia.

—Ese sector está fuera de las piedras rúnicas de Elara —advirtió Jarek, ajustando los remaches de su hacha de tala—. Los mineros dicen que la niebla allí abajo no se mueve con el viento; se queda estancada en el fondo del pozo como el agua en una cisterna podrida. Es territorio muerto.

—Iré solo —ordenó Kaelen, su voz resonando con la fijeza plana que el trueque espiritual le había dejado—. Las láminas de mi armadura desviarían cualquier emboscada de los salteadores, y la Rompe-Catedrales necesita probar su filo contra la materia del bosque antes de que los Purificadores de Vane golpeen la puerta. Traeré tres barriles de agua limpia en el carro de mano.

La Hermana Martha lo observó desde el umbral de la capilla de cal viva. Sostenía una linterna de aceite de pino, cuya llama temblaba de forma errática. —Lleva la luz, herrero —dijo, extendiendo el asa de hierro—. La Grisura Estagnante no busca tu sangre; busca los huecos que dejaste en tu alma cuando le diste tus recuerdos al comerciante. Si encuentras un pozo oscuro, no mires el fondo. El fondo siempre sabe qué nombre tenías antes de ser el exiliado.

Kaelen tomó la linterna sin responder, enganchó el carro de mano a su cinturón de placas y cruzó la línea dorada del Bastión, adentrándose en la penumbra del bosque otoñal.

A medida que el terreno descendía, la arquitectura biológica de los Pinos Profundos se volvía más opresiva. Los árboles ya no mostraban la dureza de la pizarra que Kaelen había encontrado en el cubil de Valerius; aquí, la madera estaba en fase de licuefacción blanda. Los troncos eran esponjosos, cubiertos por un musgo de color gris ceniza que goteaba un fluido frío y espeso que no emitía sonido al caer sobre la alfombra de hojas muertas.

El aire se volvió tan denso que la llama de la linterna de la Hermana Martha se redujo a una pequeña cuenta de color azul pálido, ahogada por la falta de oxígeno verdadero. Kaelen sentía el peso de sus cien libras de hierro pavonado como una presión física sobre sus costillas rotas, pero la anestesia mineral del Corazón de la Tierra seguía funcionando, bloqueando el dolor y permitiéndole avanzar con una cadencia mecánica.

Al llegar al fondo de la vaguada, la niebla gris se espesó hasta volverse casi sólida. No era la bruma blanca del Mercader; era una niebla estagnante, un vapor que sabía a cobre y a ropa vieja guardada en un cofre húmedo. En el centro de un claro rodeado de sauces llorones cuyas ramas se habían transformado en filamentos de bronce corroído, se alzaba el Pozo de las Siete Piedras.

La estructura era un octágono de bloques de caliza labrada, cubiertos por una cúpula de hierro forjado que el tiempo había cubierto de una herrumbre rojiza. El brocal del pozo estaba intacto, pero la soga de cáñamo que colgaba del poleaje superior descendía hacia una oscuridad que parecía absorber la luz de la linterna rústica.

Kaelen soltó el carro de mano y se acercó al brocal, apoyando su mano derecha, enguantada en hierro, sobre la piedra fría. No había sonido de agua corriendo; solo un zumbido de baja frecuencia, una vibración geológica que sintonizaba con el pomo de la Rompe-Catedrales.

Fue entonces cuando escuchó la voz.

—¿Papá? —un susurro agudo, quebrado por el frío, emergió del fondo del octágono de piedra.

Kaelen se tensó de inmediato. Su mano izquierda voló hacia la empuñadura de la Rompe-Catedrales, desenvainando veinte centímetros de la hoja negro azulada. Las lentes de su mente analítica comenzaron a calcular las probabilidades de una emboscada rústica: los salteadores no usaban niños como cebos bajo la Grisura; los Errantes no tenían la capacidad de articular palabras articuladas.

—¿Quién está ahí? —preguntó Kaelen, su tono desprovisto de inflexión, plano como el granito golpeado.

—Tengo frío, papá... Las piedras me aprietan las piernas —la voz volvió a sonar, más clara esta vez, acompañada por el chapoteo débil de un cuerpo pequeño moviéndose en el agua del fondo.

Kaelen acercó la linterna al brocal, proyectando el haz azulado hacia el interior del pozo. A unos seis metros de profundidad, sentada en una pequeña repisa de piedra caliza justo por encima del nivel del agua, había una niña. No tendría más de ocho años. Vestía una túnica de lino blanco, rota en las mangas y sucia de lodo gris, idéntica a las ropas que usaban los huérfanos en las casas de caridad de Astora antes de la gran depuración de la Inquisición.

Su cabello era castaño, largo, enredado con filamentos de musgo ceniciento. Tenía el rostro cubierto por sus manos, y sus hombros se sacudían con el ritmo de un llanto silencioso y desesperado.




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