El agua del Pozo de las Siete Piedras había devuelto la fluidez al claro, pero también había lavado la invisibilidad del Bastión. Dos días después de que Kaelen purificara el octágono de caliza, el humo del horno de tiro invertido del Cocinero ya no era el único rastro en la vaguada sur. Los centinelas del muro este —los dos mineros de la cantera baja— reportaron la presencia de hogueras abiertas en las estribaciones que descendían hacia las marismas. No eran los campamentos ordenados de la Inquisición, que olían a brea rúnica y aceite de linaza; eran fuegos sucios, alimentados con turba húmeda y resina de pino podrido.
—Son los Truncheos —dijo el Cocinero una mañana, mientras vertía la harina de avena amasada en los moldes de barro refractario—. Bandas de exiliados que perdieron sus pueblos en la Primera Luna y se agruparon en torno al hierro de desecho. No son siervos de Vane, Kaelen, pero el hambre los ha vuelto más afilados que las alabardas de los Purificadores. Si han olido el agua limpia, vendrán a tomar el pozo por la fuerza del hacha.
Kaelen permanecía junto al yunque, ajustando las correas de sus musleras de hierro pavonado. La Rompe-Catedrales descansaba en su soporte, su hoja negro azulada reflejando la luz naranja de la fundición. Su costado derecho aún protestaba cuando realizaba movimientos bruscos, pero la traba de granito de sus costillas ya se había consolidado bajo la anestesia del Corazón de la Tierra.
—El pozo pertenece al territorio que pisamos —dijo Kaelen, su voz resonando con la fijeza plana que ahogaba cualquier atisbo de duda—. Si quieren agua, tendrán que traer mineral para la fragua o madera seca para el horno. El Bastión no regala la materia; la intercambia.
Jarek tomó su hacha de tala, cuyos remaches de presión brillaban tras el afilado de la noche anterior. —Esos hombres no entienden de tasas de cambio, herrero. Entienden de cuántas cabezas pueden romper antes de que se ponga el sol gris. Déjame llevar a los mineros al desfiladero. Les cortaremos el paso antes de que lleguen a la vaguada.
—No —ordenó Kaelen, colocándose el peto anatómico de hierro pavonado—. Si derramamos la sangre de los exiliados en el bosque, Vane solo tendrá que seguir las moscas para encontrar nuestro claro. Jarek, ven conmigo. Lleva la sierra y el mazo. Martha, mantén los calderos de cal listos en la plataforma. Si la diplomacia del hierro falla, les enseñaremos cómo se asienta una piedra angular.
El descenso hacia el Pozo de las Siete Piedras se realizó bajo una llovizna ácida que siseaba al golpear las láminas calientes de la armadura de Kaelen. El rastro de la anomalía vegetal que había destruido en el capítulo anterior había desaparecido, reemplazado por las huellas de botas remendadas con tiras de corteza y pezuñas de animales de carga.
Al llegar al claro del octágono de caliza, Kaelen encontró que el pozo ya había sido cercado. Una docena de hombres y mujeres vestían chaquetones de cuero agrietado, reforzados con trozos de chapa de hierro de desecho extraídos de las vagonetas de las minas altas. Sus rostros estaban curtidos por el viento sulfúrico de las marismas; muchos exhibían las primeras manchas de la Grisura Seca en las manos, una mutación que volvía la piel tan dura como el cuero viejo pero que terminaba por paralizar los tendones.
En el centro del grupo, apoyado sobre un hacha de mina de dos manos —un pesado bloque de hierro de fundición encajado en un mango de fresno grueso—, estaba su líder.
Era un hombre colosal, de más de cincuenta inviernos, con una barba gris enmarañada y un ojo izquierdo cubierto por una placa de latón remachada directamente al hueso de la ceja. Kaelen lo reconoció al instante por las marcas de la heráldica borrada en su hombrera derecha: era Garrick, el antiguo Capataz General de la Cantera Norte de Astora, el hombre que había dirigido los destajos de extracción antes de que la Inquisición privatizara las fraguas.
—Vaya, vaya —dijo Garrick, su voz era un trueno quebrado por el polvo de la sílice—. Pensé que los únicos que vestían hierro pavonado en este sector eran los perros falderos de Vane. Pero tú no llevas la runa del lobo, muchacho. Llevas la marca del cantero en el bisel de tus hombreras.
Kaelen se detuvo a cinco pasos del brocal del pozo, su mano derecha descansando en la guarda rectangular de la Rompe-Catedrales. Jarek se posicionó a su izquierda, manteniendo el hacha de tala en ángulo bajo, lista para el barrido.
—Garrick —dijo Kaelen, su tono desprovisto de la cortesía del antiguo gremio—. El pozo está limpio porque saqué las raíces de la plaga con mi pico. El agua que brota aquí financia el fuego de mi fragua. Aparta a tu gente del brocal.
El capataz soltó una carcajada que hizo crujir la placa de latón de su rostro. —¿Tu fragua? El bosque se está muriendo en el barro, herrero, y tú nos hablas de propiedad rústica. Mis hombres no han bebido nada que no sepa a azufre en las últimas tres lunas. Mis niños tienen las encías negras por el vinagre de las marismas. Si el pozo da agua limpia, el pozo es del clan que pueda mantener el hacha levantada sobre la piedra.
Los doce exiliados dieron un paso al frente, desenvainando cuchillos de destripar y ganchos de cantería. No se movían con la locura rítmica de los Errantes; se movían con la desesperación técnica de los obreros que conocen el punto de rotura de los huesos humanos.
Kaelen no desenvainó la Rompe-Catedrales. Sabía que un combate completo en ese espacio destruiría los barriles de madera que había traído en el carro de mano y dispersaría a los Truncheos por los Pinos Profundos, convirtiéndolos en enemigos invisibles que sabotearían sus líneas de suministro de mineral.
—Garrick —dijo Kaelen, dando un paso adelante que hizo que las placas de sus grebas sonaran con una densidad de yunque—. Conoces el acero imperial. Sabes que lo que llevo en el peto no es chatarra de vagoneta. Si tus doce hombres se lanzan contra este hierro, romperán sus ganchos antes de tocar mi lino. Tu hacha de mina puede dar un golpe bueno, pero la Rompe-Catedrales cortará tu mango de fresno antes de que tu segundo brazo recupere la inercia.
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Editado: 22.05.2026