Cenizas De Plaguelands

20. La Víspera Del Descenso

La noche que precedió al descenso fue la más fría que el Nudo de los Pinos había registrado desde la Luna Roja. No era un frío biológico, de los que congelan el agua de los barriles; era el frío rúnico de la Inquisición, una bajada térmica provocada por la aproximación de la masa de gas purificado que la vanguardia de Vane empujaba desde los valles bajos. El cielo de Lubenia carecía de estrellas; en su lugar, una bóveda de un gris ferroso parecía aplastar las copas de los pinos, forzando al humo de la fragua a arrastrarse por el suelo del claro como un animal herido.

Detrás del muro de granito de traba triple, la actividad no había cesado con el crepúsculo. Los quince refugiados originales, reforzados ahora por las cuadrillas de leñadores de Garrick, trabajaban bajo una disciplina que ya no requería de las órdenes directas de Kaelen de Astora. La factoría del exilio funcionaba con la regularidad de un reloj de escape.

En el centro de la cabaña de la forja, Kaelen realizaba el inventario final del equipo de la mazmorra. Sobre la mesa de cantería, iluminada por dos lámparas de aceite de pino cuya grasa saturada emitía un olor espeso a resina y hollín, las piezas de la expedición estaban dispuestas según su orden de necesidad técnica.

—No podemos llevar los barriles de agua del carro de mano allí abajo —dijo Jarek, limpiando el sudor de su frente con un trapo sucio de grasa de fuelle—. Los planos de la cantera vieja muestran que las galerías de los Renegados tienen un ángulo de inclinación de treinta grados. Si un barril se suelta en la rampa de carga, destrozará las piernas del que esté abajo antes de tocar el fondo.

Kaelen no levantó la vista del gancho de sujeción que estaba remachando a su cinturón de placas. Su armadura de hierro pavonado estaba completa; la Rompe-Catedrales colgaba en su espalda, asegurada por una bandolera de cuero de toro que cruzaba el peto anatómico de forma transversal.

—Llevaremos las redomas de cuero de los Truncheos —respondió Kaelen, su voz resonando dentro de la cabaña con esa fijeza plana que el Corazón de la Tierra estabilizaba—. Tres litros por hombre. El Cocinero ha destilado el agua con una infusión de corteza de sauce para retrasar la fatiga muscular. Si el Cáliz no está en el tercer nivel de la veta, no necesitaremos más agua, Jarek; la falta de aire nos matará antes que la sed.

El crafteo del equipo de descenso había ocupado las últimas cuarenta y ocho horas del taller. Kaelen había diseñado un sistema de Iluminación de Contención Estática para evitar el uso de antorchas de resina, cuyo monóxido de carbono habría vuelto letales los pasillos cerrados de la mina de pizarra.

El inventario final de la expedición constaba de los siguientes elementos:

  • Tres Linternas de Cal Viva: Diseñadas por el Cocinero utilizando tubos de bronce de las vagonetas imperiales. En su interior, un mecanismo de goteo regulado vertía el agua limpia de las Siete Piedras sobre terrones de cal viva pura, generando una reacción luminosa blanca, fría y exenta de combustión gaseosa que duraba seis horas por carga.

  • Cuatro Picos de Fractura Ligera: Forjados con el acero al cromo del espadón reciclado de Valerius. Las puntas habían sido templadas en dos etapas para soportar el impacto contra la pizarra silícea sin astillarse.

  • Una Soga de Tracción de Cien Metros: Trenzada por la tejedora de Valleespina utilizando fibra de cáñamo silvestre, reforzada en su núcleo con hilos de lino rúnico que Elara había extraído del Telar de Eras. Podía soportar el peso de tres hombres acorazados sin estirarse.

  • Doce Cuñas de Expansión Hidráulica: Bloques de madera de pino viejo secados al horno, diseñados para ser introducidos en las grietas de la roca caliza; al ser mojados con agua, la madera se expandía con una presión de toneladas, rompiendo los estratos minerales sin provocar el ruido de los mazos que atraería a los Errantes de la fosa.

Jarek sopesó una de las linternas de cal viva, maravillado por la nitidez del haz de luz blanca que proyectaba contra la pared de mampostería. —Esto es ingeniería de la capital, Kaelen. Si los ingenieros del rey hubieran usado estos tiros químicos en las minas del norte, la mitad de nuestros padres no habrían muerto por el pulmón negro.

—Los ingenieros del rey buscaban el rendimiento del mineral, no la vida de los picapedreros —diqu Kaelen, asegurando las grebas de hierro sobre sus pantorrillas—. La Inquisición no necesita linternas limpias; prefieren que el esclavo muera en la oscuridad para poder destilar su aceite con más facilidad. Guarda las cuñas en la mochila de lona, Jarek. El amanecer rúnico está a dos horas de distancia.

Antes de marchar hacia la losa de la Puerta de Huesos, la comunidad entera se reunió en la plaza de armas del claro. Bajo la dirección de la Hermana Martha, los refugiados habían preparado el Rito del Cierre: el proceso técnico y espiritual por el cual el Bastión se convertiría en una estructura hermética durante la ausencia de su Arquitecto.

Garrick y sus doce Truncheos permanecían junto a las empalizadas del norte, sus hachas de mina descansando en sus hombros, listos para asumir el control de las rondas perimetrales.

—El cordón de la vaguada está dispuesto, herrero —dijo el viejo capataz, estrechando el guantelete de Kaelen con su mano deformada por la Grisura Seca—. Mis muchachos mantendrán los ojos abiertos en el desfiladero. Si los Purificadores de Vane asoman sus alabardas rúnicas por la linde baja, haremos rodar los bloques de granito que Jarek dejó en la ladera. No entrarán a este claro sin perder la mitad de sus caballos de hierro.

La Hermana Martha se adelantó, sosteniendo un hisopo hecho con ramas de pino y un cubo de madera que contenía la lechada de cal viva sagrada, bendecida con las oraciones de la antigua Orden de la Piedra. Caminó hacia la puerta de hierro colado y comenzó a pintar las uniones de las bisagras con una línea blanca, gruesa y densa.




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