Cenizas De Plaguelands

21. La Puerta De Huesos

La oscuridad de las profundidades de Lubenia no era la mera ausencia de luz; era una materia. Al encajarse el perno maestro de la losa exterior, el silencio que descendió sobre Kaelen y su cuadrilla tuvo una cualidad física, un peso sordo que hizo que los tímpanos de los hombres crujieran debido al cambio súbito de presión neumática. El aire rancio, atrapado en las galerías desde hacía más de un siglo, entró en los filtros de la visera de hierro de Kaelen con un sabor a azufre, pizarra quemada y el polvo seco de la sílice que nunca se había asentado.

—Mantened las filas —ordenó Kaelen, su voz sonando amortiguada, confinada por el grosor de su casco pavonado—. Bram, adelanta la linterna de cal viva. Cael, mantén la maza en el flanco izquierdo. No toquéis las paredes de la galería; la caliza de este sector ha sufrido descompresión rúnica y cualquier vibración suelta puede hacer saltar la clave del techo.

El haz de luz blanca y fría de la linterna de cal de Bram cortó las tinieblas, revelando la fisonomía de la Rampa de Carga Alta.

El pasillo descendía en un ángulo de treinta y dos grados, hundiéndose directamente en la veta madre de la montaña. Las paredes no eran lisas; mostraban las marcas de los picos de los antiguos Renegados, largas estrías paralelas que daban a la roca el aspecto de una carne estriada por ganchos de carnicero. Cada diez pasos, la galería estaba reforzada por Cuadros de Entibación de Pino Negro: vigas colosales que el tiempo y la humedad ácida de las entrañas habían cubierto de una costra de hongos filamentosos, de un color blanco translúcido, que vibraban levemente ante el paso de los hombres acorazados.

—Por los clavos del Creador —susurró Jarek, sus botas de cuero reforzado resbalando en la arcilla húmeda de la rampa—. Este lugar apesta a fosa común, Kaelen. Mi hacha se siente el doble de pesada aquí abajo.

—Es la gravedad de la veta, Jarek —respondió Kaelen, su estructura de hierro pavonado absorbiendo la inclinación con la cadencia de una máquina de cantera—. Cuanto más descendemos, más cerca estamos del núcleo de hematita. El Corazón de la Tierra está reaccionando a la masa de la montaña. No es miedo; es física.

A los trescientos metros de descenso, la temperatura comenzó a ascender, contradiciendo la lógica del invierno que rugía en la superficie. El calor no venía del fuego, sino de la presión geotérmica y de la descomposición de la brea rúnica que los antiguos mineros habían usado para sellar las grietas de gas inflamable.

Kaelen se detuvo junto a un ensanchamiento de la galería que una vez había servido como Estación de Vagonetas. El suelo estaba cubierto por los restos de raíles de hierro dulce, retorcidos y oxidados hasta el núcleo por el agua ácida que goteaba del techo.

—Hagamos una prueba de tiro —dijo Kaelen, levantando su mano derecha enguantada para comprobar la dirección del aire—. Bram, suelta una lasca de carbón de pino seco frente al haz de la linterna.

El minero extrajo un trozo de carbón de su mochila y lo desmenuzó en un polvo fino que flotó en el aire. Las partículas no se movieron hacia adelante ni hacia atrás; cayeron verticalmente, depositándose sobre las traviesas podridas de los raíles con una regularidad alarmante.

—El aire está muerto —concluyó Bram, su cicatriz del cuello volviéndose pálida bajo la luz blanca—. No hay circuito de ventilación en este nivel, Kaelen. Si las chimeneas de la superficie están obstruidas por la caliza suelta, el oxígeno que traemos en los pulmones durará doce horas antes de que el anhídrido carbónico nos haga ver visiones más oscuras que las de la niña del pozo.

—Aceleremos la marcha —ordenó Kaelen, su mente analítica procesando los datos del consumo biológico—. Jarek, toma la delantera con el pico de fractura ligera. Si encontráis una compuerta de ventilación de madera rústica, no la rompáis por la fuerza; usad las cuñas de expansión para abrir las bisagras sin generar chispas. El gas de fosa puede estar acumulado detrás de los tablones.

El peligro de la Mazmorra de los Renegados no residía únicamente en la atmósfera latente; residía en la Ingeniería del Sabotaje. Cuando los mineros rebeldes se encerraron en las profundidades durante la gran depuración del abuelo de Vane, no solo sellaron las losas exteriores; convirtieron las galerías de acceso en un sistema de defensas pasivas basadas en la mecánica de contrapesos.

Al llegar al final de la rampa de carga, la galería se abría en una cámara octogonal conocida en los planos antiguos como El Distribuidor de la Veta Baja.

En el centro de la estancia, el suelo presentaba un cambio de material: la arcilla húmeda daba paso a un pavimento de losas de caliza negra, dispuestas en un patrón de espiga que recordaba a las calles de la capital. Al fondo de la cámara, tres arcos de medio punto se hundían en direcciones diferentes, cada uno marcado con una runa de cantería grabada en la piedra clave: la del este llevaba la marca del Hierro Dulce; la del oeste, la de la Pizarra Arcillosa; y la del centro, la runa rota del Exilio.

Jarek dio un paso hacia adelante, con el hacha levantada, apuntando hacia el arco central.

—¡Espera! —gritó Kaelen, su brazo de hierro cruzándose frente al pecho del leñador con la fuerza de una viga de contención.

El herrero se arrodilló, apoyando la Rompe-Catedrales en el suelo de espiga. Acercó la visera de su casco a la unión entre la tercera y la cuarta losa de caliza negra. Utilizando la punta delgada de su daga de hierro dulce, la introdujo en la junta de mortero seco.

El mortero no era de arena y cal; era un compuesto de Brea Rúnica y Polvo de Plomo, una mezcla elástica que permitía que la losa cediera tres centímetros hacia abajo cuando recibía un peso superior a las ciento cincuenta libras.




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