Cenizas De Plaguelands

24. El Sacrificio Del Cocinero

El ascenso por el Piso de la Veta Especular se convirtió en una carrera contra la hidráulica de la montaña. La onda de choque que había destruido a la Guardiana del Altar no solo había pulverizado las esmeraldas rúnicas; había quebrado el tapón de granito que contenía las aguas de las marismas bajas. Ahora, el goteo rítmico que antes decoraba las paredes de hematita se había transformado en un rugido sordo, un torrente de agua rojiza, cargada de óxido y ácido sulfúrico, que descendía por las rampas de carga con la velocidad de un río de fundición.

Kaelen de Astora abría la marcha, su torso desnudo de hierro pavonado pero rígidamente envuelto en tiras de lona de lino que amortiguaban el roce de las costillas calcificadas. Su respiración era corta, plana, el aire sibilando a través de sus dientes apretados cada vez que su bota izquierda —reforzada por el Fragmento de Vacío— golpeaba el suelo de pizarra resbaladiza. En su mano derecha, la Rompe-Catedrales actuaba como un bastón de apoyo, su hoja mella dejando una estría dorada y moribunda en las lajas húmedas.

Detrás de él, Jarek y Cael arrastraban las parihuelas de Bram con los brazos temblando por la fatiga acumulada. El Cáliz de la Orden iba atado al pecho de Jarek, su bronce rúnico emitiendo un calor intermitente que era lo único que mantenía la temperatura biológica de los tres hombres en una galería donde el aire había bajado a los cero grados debido al reflujo del agua de fosa.

—¡El agua está subiendo por los tobillos, Kaelen! —gritó Cael, su voz quebrada por el pánico del minero que conoce el fin por ahogamiento—. Si el lodo alcanza la Esclusa de Contención, quedaremos atrapados en el distribuidor como ratas en un cubo de cal.

—La esclusa está a cien metros —respondió Kaelen, sin girar la cabeza, manteniendo sus ojos fijos en el dintel de la rampa alta—. Ahorrad el aire de los pulmones. El anhídrido carbónico del segundo nivel está bajando por el tiro invertido. Si abrís la boca para gritar, vuestros músculos se llenarán de ácido antes de tocar la tranca.

Al llegar a la cámara de la Esclusa de Lodo —la enorme compuerta circular de hierro colado que habían levantado en el capítulo veintidós—, la cuadrilla se encontró con un desastre de ingeniería.

La compuerta no estaba en la posición elevada en la que la habían dejado. Había bajado por completo, encajándose de nuevo en la balsa de lodo gelatinoso. El volante de maniobra de cuatro radios de hierro dulce estaba retorcido, sus brazos doblados en ángulos imposibles que delataban el uso de un ariete rúnico o una palanca de cizalladura de la Inquisición.

Apoyado contra el dintel de granito de la esclusa, con su delantal de cuero manchado de hollín empapado en sangre y su mano derecha aferrada a un soplete de fundición modificado, estaba el Cocinero.

Su respiración era un borborisno húmedo. El costado izquierdo de su chaqueta de lana estaba desgarrado, revelando tres perforaciones limpias causadas por las puntas triangulares de las alabardas de los Purificadores. La sangre que manchaba el suelo no era roja; tenía el tinte verde fosforescente del gas de brea que la vanguardia de Vane utilizaba para purgar los pozos desde la superficie.

—Llegáis... a tiempo, muchachos —susurró el viejo de las marmitas, soltando una risa tosea que hizo que una burbuja de sangre verde asomara a sus labios—. Los perros de Vane... han encontrado las chimeneas altas del sur. Entraron por el tiro de la panadería hace una hora. Garrick y sus Truncheos están conteniéndolos en la plaza de armas, pero un grupo de zapadores bajó por el pozo de ventilación para sellar esta esclusa y dejarnos a todos enterrados aquí abajo.

Jarek soltó las parihuelas de Bram y se lanzó hacia el anciano, sosteniéndolo por los hombros. —¡Viejo! ¿Qué has hecho? Dijiste que te quedarías junto al horno alto cuidando el tiro de la tobera.

—Y lo hice... hasta que el tiro empezó a oler a azufre de la capital —dijo el Cocinero, guiñando su único ojo bueno, el que no estaba cubierto por la costra gris de la fatiga—. Tomé mi soplete de soldadura y bajé por la rampa de carga antes de que los zapadores pudieran meter la tranca de plomo. Les di un buen sustento con el gas de la resina... maté a dos de los de la túnica blanca antes de que me dieran con el hierro. Pero el tercero... el tercero rompió el eje de la cremallera antes de que yo pudiera achicharrarlo.

Kaelen se arrodilló junto al eje de bronce de la compuerta. Introdujo sus dedos de hierro en el piñón de tracción. La mecánica era destructiva: tres de los dientes del engranaje maestro habían sido limados con un cincel rúnico de corte rápido, bloqueando el movimiento vertical de la esclusa de hierro colado. La compuerta pesaba dos toneladas y la presión del lodo del otro lado aumentaba tres libras por minuto debido a la inundación de la geoda.

Bram, que había recuperado la conciencia debido al frío del agua ácida, se incorporó en las parihuelas, apoyándose en su codo sano. Su mirada técnica analizó el destrozo del engranaje en tres segundos.

—El tiro de cremallera está muerto, Kaelen —dijo el viejo minero, su voz fría por la certeza del destajo—. No hay palanca ni gato hidráulico que pueda levantar esa chapa con los dientes limados. La única forma de abrir esa compuerta es liberando el Perno de Contrapeso Secundario que está dentro de la cámara de descarga. Pero ese perno está sumergido en el pozo de la válvula de purga, justo debajo del nivel del lodo ácido.

—Yo iré —dijo Jarek, comenzando a desabrocharse el cinturón de herramientas.

—No irás, leñador —dijo la mano del Cocinero, sujetando la muñeca de Jarek con una fuerza que nadie habría esperado de un hombre moribundo—. Tus brazos son fuertes para el hacha, pero no conoces la posición del fiador. Yo mismo ayudé a montar este cierre cuando los Renegados se encerraron aquí durante la gran depuración. Sé dónde está la chaveta de plomo y sé cómo sacarla con un golpe de mazo.




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