Cenizas De Plaguelands

25. Luz En La Oscuridad

La bocanada de aire de la superficie no trajo alivio a los pulmones de Kaelen de Astora; trajo el sabor cáustico del nitrato de plata y la brea quemada. Al salir por la boca de la Puerta de Huesos, el resplandor de la plaza de armas golpeó la rejilla de su casco —que ahora llevaba bajo el brazo debido a la rotura de las correas— con una violencia fosforescente. La noche de Lubenia había sido abolida por los Faros de Contención Mecánica que la vanguardia de la Inquisición había plantado en las estribaciones del este. Eran proyectiles de fósforo rúnico elevados sobre trípodes de hierro dulce, cuyas lentes de cristal tallado concentraban un haz de luz verde pálida que volvía visibles las texturas del lodo, la cal viva y los rostros ensangrentados de los defensores con la nitidez fría de un dibujo de autopsia.

Kaelen permaneció un instante en el umbral de piedra, estabilizando su estructura. Su jubón de lino estaba pegado a la piel por una mezcla de costra arcillosa y la sangre que aún brotaba, más lenta ahora, de las comisuras de sus labios. En el interior de su pecho, la traba de sus costillas calcificadas se sentía como una rejilla de hormigón armado; la energía del Cáliz de la Orden había fijado el fémur y la pleura en una rigidez mineral que le impedía realizar inspiraciones profundas, obligándolo a mantener un ritmo cardíaco plano, plano y regular, como el escape de vapor de una máquina de balancín.

A su izquierda, Jarek el leñador se apoyó contra el dintel de caliza, sosteniendo el Cáliz de la Orden contra su pecho con la desesperación de un náufrago. El bronce de la copa emitía un pulso térmico constante, una vibración dorada que siseaba al entrar en contacto con la llovizna ácida que seguía cayendo desde el cielo plomizo. Detrás de ellos, Cael ayudaba a Bram a sentarse sobre un bloque de pizarra suelta, entablillando la pierna del viejo minero con tiras de la soga de lino rúnico que habían recuperado del pozo.

—La línea del este está cediendo, Kaelen —dijo Bram, su voz rota por la falta de oxígeno, señalando con su dedo nudoso hacia la empalizada donde los Truncheos de Garrick retrocedían—. Esos caballos de hierro de tres ruedas no son transportes de mineral; son Unidades de Purga Tipo IV. Llevan calderas de tiro forzado que proyectan el gas de brea directamente a las juntas de mampostería. Si el gas penetra el mortero hidráulico de la base del muro, la cal viva se disolverá en agua alcalina y la empalizada caerá por el propio peso de los bloques.

Kaelen observó la disposición del ataque enemigo con la frialdad geométrica de un maestro de obras. La Inquisición no buscaba un asalto de infantería ligera; ejecutaban un Protocolo de Demolición Térmica.

Tres caballos de hierro —máquinas colosales de vapor con orugas de hierro fundido y una rueda directriz delantera— bufaban en la linde del Huerto de Cal. El humo verde que expulsaban sus chimeneas de latón se arrastraba por el suelo del claro, marchitando instantáneamente los brotes de sauce de bronce que las mujeres habían sembrado. Dos docenas de Caballeros del Lobo de Vane, protegidos por corazas de acero pulido que reflejaban la luz de los faros de fósforo, avanzaban en formación de cuña, utilizando sus alabardas rúnicas de tres metros para abrir brechas en los caballos de frisia que Jarek había plantado semanas atrás.

—Jarek —ordenó Kaelen, su voz plana y sorda dominando el estruendo de las calderas de vapor—. Lleva el Cáliz al taller de la forja. Mételo directamente en el crisol de grafito del horno secundario. No dejes que la temperatura baje de los ochocientos grados.

El leñador lo miró con los ojos abiertos por el asombro y el horror técnico. —¿Quieres fundir el Cáliz? Kaelen, el viejo Cocinero murió para sacarlo de la fosa... Los Renegados pasaron cien años guardando ese bronce. Si lo metes al crisol, destruirás la memoria de la Orden.

—El bronce no es memoria, Jarek; es materia conductora —respondió Kaelen, y sus ojos reflejaron un destello dorado que sintonizó con la copa—. El bronce rúnico de la Tercera Guarnición contiene un cuatro por ciento de fósforo de montaña y dos partes de estaño dulce. Si aleamos ese metal con la hematita especular que Cael trae en la mochila, podremos forjar los fiadores de expansión para las ballestas pesadas y las placas de recubrimiento del muro antes de que la Inquisición rompa la tranca. El Cocinero no murió por una copa de bronce; murió para que el fuego del Bastión no se apagara. Camina.

Kaelen cruzó el claro hacia el sector del horno alto, donde Garrick mantenía a sus diez Truncheos supervivientes alineados detrás de una barricada provisional hecha con vagonetas de mineral volcadas y sacos de cal seca. El viejo capataz ya no llevaba su hacha de mina; sostenía una pesada barra de desescoriar de hierro dulce, cuya punta estaba al rojo vivo por haber permanecido en el canal de colada del horno.

—¡Herrero! —bramó Garrick, limpiándose la sangre que brotaba de su placa de latón de la ceja—. Pensé que te habías ahogado en el barro bajo las esclusas. Esos perros de la túnica blanca tienen más hierro del que podemos romper. Las alabardas de sus caballeros llevan puntas de acero templado por inducción rúnica; muerden nuestros chaquetones de cuero como si fueran mantas de lana húmeda.

—Mantened la distancia de cizalladura, Garrick —dijo Kaelen, posicionándose en la brecha entre dos vagonetas—. No busquéis golpear el peto de los caballeros. Su armadura es de acero pulido de la capital, diseñada para desviar los impactos verticales. Buscad las articulaciones de la rodillera y los pernos de la cadera. Jarek está preparando la colada de la tercera fase. Solo necesito que sostengas este sector durante veinte minutos de fragua.

Un Caballero del Lobo, cuya coraza exhibía el blasón de la Inquisición de la Alta Lubenia —un compás roto bajo una campana invertida—, se adelantó a la formación, su alabarda rúnica emitiendo un zumbido violeta que delataba la activación de su cristal de parálisis de contacto. Su caballo de hierro bufó detrás de él, la oruga izquierda patinando en el lodo gris de la plaza de armas con un chirrido de metal bruto.




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