Cenizas De Plaguelands

27. El Camino A La Catedral

La primera helada del invierno de la plaga no blanqueó los campos de Lubenia con agua congelada; los cubrió de Escarcha de Pizarra. Eran agujas microscópicas de un hielo grisáceo y translúcido que brotaban directamente de las grietas de la roca Madre, alimentadas por la humedad ácida que el subsuelo exhalaba tras la inundación de las minas bajas. Al entrar en contacto con el aire a ras de suelo, estas agujas se cargaban de una estática de color plomo que hacía que las briznas de ceniza residual flotaran en suspensión, creando una niebla seca que reducía la visibilidad en el desfiladero a menos de diez pasos de cantera.

Kaelen de Astora abría la marcha de la caravana. Su cuerpo ya no conservaba la flexibilidad anatómica de un nacido de barro. Su hombro izquierdo, permanentemente hundido tres centímetros por la deformación por compresión sufrida en el muro este, estaba cubierto por un Deflector de Placa Compuesta, una chapa dorada verdosa forjada con los últimos retazos de la aleación del Cáliz de la Orden que Jarek había rescatado del crisol. No llevaba peto; en su lugar, las estrías grises de la calcificación habían avanzado por su pecho hasta cubrir la línea de sus costados, formando una coraza biológica de calcio poroso que siseaba cada vez que los cristales de escarcha golpeaban su piel desnuda.

Detrás de él avanzaba la Unidad de Tracción Logística: la carcasa reacondicionada del segundo caballo de hierro de la Inquisición.

Garrick y Cael habían pasado la noche desmantelando el ariete neumático y los eyectores de gas de la máquina de vapor. En su lugar, habían acoplado un juego de tres parihuelas de madera de pino negro fresado, unidas al chasis de tres ruedas mediante cadenas de tracción de eslabón plano. Sobre las parihuelas descansaba Bram, envuelto en mantas de lino rúnico saturadas de grasa de ballesta para proteger su pierna rígida del frío, junto a las cajas de hierro dulce que contenían las últimas herramientas de fractura y las dos ballestas pesadas supervivientes.

—La caldera está perdiendo rendimiento por el tiro bajo, Kaelen —dijo Jarek, que caminaba junto a la chimenea de latón de la máquina, alimentando el hogar con trozos de pino negro impregnados en resina de mina—. El aire de esta niebla está tan cargado de sílice que los piñones del cigüeñal se atascan cada cien pasos. Si el agua de la camisa de refrigeración llega a congelarse, la presión reventará los tubos de bronce antes de que alcancemos el Paso de las Cizallas.

—Mantén el fuego en el límite de la escoria, Jarek —respondió Kaelen, sin detener su marcha regular, el sonido de su bota derecha (clanc) y el arrastre de su bota izquierda desprovista del Fragmento de Vacío (shfe) dictando la métrica del grupo—. El frío de la plaga no busca enfriar el agua; busca la Contracción Térmica del Hierro. El Inquisidor Vane ha activado los faros de la catedral a su máxima potencia; la vibración sónica que viaja por el sustrato está alineando los cristales de la pizarra para que el suelo absorba el calor de todo cuerpo que lleve metal. No mires la niebla; mira el rastro del aceite que la máquina deja en las lajas.

El claro del Bastión quedó atrás a mediodía, reducido a una silueta de chimeneas apagadas y muros dorados verdosos que permanecían en la penumbra como los dientes rotos de una mandíbula de piedra. La caravana se adentró en el Desierto de Pizarra, una meseta elevada de diez leguas de extensión que separaba las marismas bajas de la gran fosa tectónica donde se alzaba la Catedral de Hierro Negro de Vane.

Aquí, el paisaje carecía de relieve vegetal. El suelo estaba formado por infinitas capas de pizarra arcillosa dispuestas en planos de exfoliación horizontales que crujían bajo las orugas del caballo de hierro con el tintineo de una vajilla rota. La escarcha de pizarra se acumulaba en los bordes de las lajas, formando crestas afiladas como navajas de afeitar que cortaban el cuero de las botas de Cael y los Truncheos que flanqueaban la máquina.

—Es el invierno del rey... —susurró la Hermana Martha, que caminaba al lado de las parihuelas de Bram, su túnica gris cubierta por una capa de cal seca que utilizaba para frotar sus manos entumecidas—. En Astora, los ancianos decían que cuando la Inquisición decidía destilar una provincia, el cielo se volvía del color del plomo fundido y la tierra dejaba de parir arcilla blanda. No es el tiempo el que ha cambiado; es la ley de la capital que se está expandiendo por la roca.

—La ley de la capital es un error de cálculo, Hermana —dijo Kaelen, deteniéndose junto a un Hito de Nivelación, un pilar de piedra de tres caras que los topógrafos imperiales habían plantado décadas atrás para marcar el límite de la tercera división—. Vane cree que puede detener la entropía de Lubenia rigidizando la materia mediante la parálisis rúnica. Pero la rigidez extrema aumenta la fragilidad estructural. Un puente de hierro dulce se dobla bajo la carga; un puente de acero sobre-templado se rompe sin aviso al primer impacto de cizalladura. Su catedral es masiva, pero sus cimientos están sometidos a una tensión interna que solo necesita la cuña adecuada para convertirse en una fractura de base.

Se arrodilló junto al hito de piedra, introduciendo la punta de su daga mella en una fisura que corría por la base del pilar. Al aplicar una presión angular con su muñeca calcificada, la piedra del hito no se rompió en fragmentos; se desintegró en un polvo gris que cayó sobre sus botas con un sonido fluido.

—Mirad el grano de la caliza —analizó Kaelen, mostrando el polvo a Bram—. La parálisis ya ha extraído toda la humedad intergranular. La piedra ya no tiene cohesión. El desierto se está volviendo arena rúnica. Si la máquina se desvía de los raíles ciegos de la vieja rampa de carga, el peso de la caldera hundirá las orugas en el estrato suelto y no podremos sacarla con las palancas de mano.




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