Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 1: CENIZAS DE SEDA (İPEK KÜLLERI)

El sol de Estambul comenzaba a hundirse tras las colinas de Yeniköy, tiñendo las aguas del Bósforo de un naranja metálico que se filtraba por los ventanales de la mansión de la familia Özilhan. El yalı, una majestuosa construcción de madera tradicional que desafiaba el paso del tiempo con su elegancia blanca y detalles otomanos, respiraba el aroma de la victoria. En el jardín, el silencio era un privilegio que solo el dinero podía comprar, interrumpido apenas por el sonido de las olas chocando contra el muelle privado de la propiedad. Harika Özilhan observó su reflejo en el espejo de su vestidor, una pieza de plata antigua que perteneció a su abuela. Su cabellera, una cascada de azabache extra negra, caía con un brillo casi irreal sobre un vestido de seda color perla que abrazaba sus curvas con la precisión de un guante. Sus ojos azules, profundos y gélidos como el Marmara en invierno, no mostraban rastro del dolor de hace tres años. Se ajustó un pendiente de diamantes mientras sus labios, pintados de un rojo carmesí impecable, se curvaban en una sonrisa de triunfo. Ella no solo había sobrevivido a la traición de Ayas Sabancı; se había convertido en la emperatriz de la belleza en Turquía.
Afuera, en la zona más exclusiva de Nişantaşı, el Özilhan Palace estaba sitiado por la prensa. Las luces de los flashes iluminaban la fachada de mármol pulido del centro de estética más prestigioso del país. Esta noche no era solo la inauguración de una nueva ala de lujo con tecnología de punta; era la declaración de independencia de Harika. El lugar olía a una mezcla embriagadora de jazmín fresco y champán de reserva. Las mujeres más poderosas de Estambul, envueltas en pieles y joyas, caminaban sobre el suelo de Carrara tan brillante que una sola gota de agua al caer parecería una joya estrellándose contra el cristal. Entre la multitud, Kaan, de doce años, observaba todo con una madurez que le robaba la infancia; era el espejo de su madre, protector y silente. A su lado, el pequeño Aslan, de siete, reía sin saber que el hombre que apenas recordaba, aquel padre que dejó de llamar hace años mientras su madre "le echaba pichón" sola a la vida, estaba a punto de romper la paz de su hogar.
Harika bajó las escaleras de mármol con una elegancia que detuvo el aliento de los invitados. A su lado, Özgür Koç, un hombre de facciones nobles y mirada cálida, la tomó de la mano. Özgür era la calma después de la tormenta, el hombre que le devolvió la fe cuando Ayas se marchó hacia la parte asiática para hundirse en sus negocios de real estate y en los brazos de una mujer llamada Dila, una figura ambiciosa que ahora ocupaba su cama en un ático de cristal en Kandilli. Tras el brindis, bajo el brillo de las lámparas de cristal de Bohemia, Harika tomó el micrófono. El silencio fue absoluto.
—"Este palacio es el fruto de mis manos y de quienes nunca me soltaron", dijo, mirando a sus padres, sus rocas inquebrantables. —"Y hoy, no solo celebramos el crecimiento de Özilhan Palace, sino un nuevo comienzo personal. Quiero presentarles oficialmente al hombre que caminará conmigo a partir de ahora. Özgür y yo hemos decidido unir nuestras vidas".
Un aplauso estruendoso llenó el salón, pero Harika sintió un escalofrío repentino. En la entrada del ala nueva, las puertas dobles se abrieron con una violencia contenida. La prensa se giró como una manada de lobos. Allí, recortado contra las luces de la ciudad, estaba Ayas Sabancı. Vestía un traje hecho a medida que gritaba poder y peligro. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos, cargados de una furia negra, recorrieron el lugar hasta clavarse en la mano de Harika entrelazada con la de Özgür. Alguien en la oficina del spa, alguien que conocía el peso del pasado, lo había llamado: "Hoy ella se va para siempre, señor Sabancı. Hoy ella presenta a su futuro esposo".
Ayas avanzó por la alfombra roja, ignorando los murmullos, su presencia pesada y masculina alterando el aire refinado del spa. No venía como un invitado. Venía como un cazador que acababa de descubrir que la presa que despreció ahora era la reina del bosque. Se detuvo a pocos metros del escenario, ignorando a Özgür, y miró fijamente a la mujer que, según sus papeles, aún tenía mucho que explicarle sobre el edificio que ella llamaba suyo. La guerra de seda acababa de comenzar.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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