Ayas Sabancı se ajustó la chaqueta de su traje oscuro con un movimiento lento, casi depredador, mientras sus guardaespaldas se desplegaban a sus espaldas como sombras metálicas. Su mandíbula estaba tan tensa que se podía adivinar el rechinar de sus dientes bajo esa sonrisa arrogante que pretendía ocultar el volcán de ira que le quemaba el pecho al ver a Harika tan cerca de Özgür. Ella, con una palidez que resaltaba el azul eléctrico de sus ojos, hizo una seña casi imperceptible a su equipo de seguridad: "Yo me encargo".
Harika avanzó. Cada paso de sus tacones sobre el mármol del Özilhan Palace sonaba como un disparo. Su larga cabellera negra ondeaba con cada movimiento, proyectando una imagen de poder absoluto. Se detuvo a escasos centímetros de él, inundando el espacio con su perfume de rosas y autoridad.
—¿Qué estás haciendo aquí, Ayas Sabancı? —preguntó ella. Su voz era un susurro gélido, pero cargado de una fuerza que hizo que los invitados más cercanos contuvieran el aliento.
Ayas soltó una risa seca, ladeando la cabeza.
—¿Con que te casas? ¿De verdad crees que puedes borrar diez años con un anillo y una fiesta de gala?
Harika ni siquiera parpadeó ante la provocación. No le daría el placer de verla afectada por sus celos disfrazados de orgullo.
—Te he hecho una pregunta. ¿A qué viniste?
—Sabes perfectamente a qué vine —respondió él, recuperando su tono de tiburón de los negocios—. El terreno donde has levantado este pequeño teatro de belleza tiene un dueño, y ese dueño soy yo. He venido a reclamar lo que es mío.
Era una mentira a medias. Harika lo sabía. A Ayas no le importaban unos metros cuadrados de tierra; lo que no soportaba era que su "leona", la mujer que él dejó atrás pensando que se marchitaría sola, ahora estuviera a punto de entregarle su vida a un arquitecto millonario y brillante como Özgür Koç. La idea de que Harika ya no estuviera disponible, de que hubiera encontrado un hombre que sí supiera protegerla, era un golpe que su ego de Sabancı no podía procesar, ni siquiera con la hermosa Dila esperándolo en su ático de cristal.
En ese momento, el aire se volvió aún más pesado. Kaan, con sus doce años cargados de una lealtad inquebrantable, se separó de la multitud y se plantó al lado de su madre. Su mirada hacia Ayas no era la de un niño, sino la de un juez. Ayas, movido por un rastro de instinto paterno sepultado bajo capas de arrogancia, extendió la mano para acariciar el rostro de su hijo mayor.
—Hola, hijo… —murmuró.
Kaan dio un paso atrás de forma instintiva, rechazando el contacto como si la mano de su padre quemara. El brazo de Ayas quedó suspendido en el aire, una imagen patética de abandono y rechazo que duró un segundo eterno ante los ojos de la prensa. Ayas cerró el puño lentamente y se metió la mano en el bolsillo, ocultando el temblor de su orgullo herido.
—Vaya… veo que los tienes muy bien entrenados, Harika —dijo con amargura, mirando a su exmujer.
—Yo no necesito hablarles mal de ti para que te rechacen, Ayas —respondió ella con una calma letal—. Mis hijos son inteligentes. No necesitan cuentos para darse cuenta de que no han tenido una figura paterna al lado durante años. Si no tienes nada más que decir sobre tus supuestos negocios, lárgate. Tienes mi número y sabes dónde queda mi oficina. No me entorpezcas este evento.
Ayas la miró una última vez, grabándose el brillo de sus ojos azules.
—Prepárate, Harika. Prepárate para lo que viene.
Özgür se acercó entonces, colocando una mano protectora en la cintura de Harika.
—¿Todo bien, amor? —preguntó, mirando a Ayas con una mezcla de caballerosidad y advertencia.
Ayas le sostuvo la mirada a Özgür, con una cara que prometía destrucción, pero su educación de alta cuna y la presencia de las cámaras lo obligaron a retirarse. No daría el espectáculo de un bárbaro. Se giró sobre sus talones y salió del edificio, dejando tras de sí un rastro de tensión que tardaría horas en disiparse.
Harika suspiró, pasando sus manos por la seda de su vestido para alisarlo, como si quisiera sacudirse el rastro de la presencia de Ayas. La fiesta continuó. Las risas volvieron y el champán fluyó, pero para Harika el sabor del triunfo se había vuelto agridulce. Mientras sonreía a los invitados y aceptaba las felicitaciones de Özgür, su mente ya estaba en la mansión de Yeniköy. Sabía que Ayas Sabancı no lanzaba amenazas al aire. El plan malévolo de su ex ya estaba en marcha, y la guerra por el imperio que ella construyó sola acababa de declarar su primera batalla.
Aquella noche, mientras la ciudad de Estambul brillaba bajo la luna, Harika cerró las puertas de su mansión sabiendo que la paz era solo una tregua antes del incendio.
Editado: 10.05.2026