Harika despertó entre sábanas de seda negra que acariciaban su piel, un lujo que se había convertido en su armadura personal. El sonido de su teléfono rompió el silencio de la habitación. Era Özgür. Su voz, siempre cálida y reconfortante, le propuso un desayuno para hablar, para saber cómo estaba después del terremoto de la noche anterior. Ella, mirando el techo tallado de su mansión, aceptó. Necesitaba ese oasis de paz antes de enfrentar la tormenta que presentía.
Bajó las escaleras con la elegancia innata de quien nació para mandar. En la cocina, el aroma a café recién hecho y pan tostado la recibió junto a Bade, la nana. Bade era el alma de la casa: una mujer entrada en carnes, de sonrisa fácil y corazón de oro, que regañaba y amaba a los niños por igual.
—Buenos días, mi niña —dijo Bade con su chispa habitual—. Los leones ya están activos.
Kaan desayunaba en silencio, con la mirada perdida en sus libros, mientras el pequeño Aslan hacía una rabieta porque no quería vestirse para el colegio. Harika se acercó, le plantó un beso lleno de ternura en la frente y, con esa autoridad suave que solo ella poseía, logró que el niño cediera.
—Bade, saldré a desayunar con Özgür —le dijo a la nana mientras se ajustaba el reloj—. Por favor, estate pendiente de los niños cuando salgan de clase. Tengo asuntos que resolver y puede que se me complique la tarde. Haz lo que corresponda si no llego a tiempo.
Minutos después, bajo el chorro de agua caliente de su ducha, la máscara de "mujer de hierro" se agrietó un poco. Cada gota que resbalaba por su cuerpo le traía un recuerdo punzante. Recordó al Ayas de hace diez años, el hombre trabajador y apasionado que le prometió el cielo. Recordó la alegría de sus nacimientos... y luego, el frío. Recordó cómo, tras el nacimiento de Aslan, él empezó a verla "fea", a despreciarla, a buscar excusas para no tocarla, rompiéndole el alma hasta que ella misma decidió que el divorcio era la única salida para salvar su dignidad. La rabia sustituyó al dolor. Ese hombre no la había llamado en años, y ahora volvía para intentar destruirla.
Se vistió con una precisión quirúrgica: un pantalón blanco de talle alto, una chaqueta rosada que resaltaba su autoridad femenina y sus tacones impecables. Tomó sus lentes de sol y su cartera, y aunque su chofer la esperaba, decidió tomar las llaves de su coche.
—Hoy manejo yo —sentenció.
Envió un mensaje rápido a Özgür: "Llegaré un poco tarde, tengo un asunto urgente que cerrar. Pero nos vemos para ese café".
No fue al spa. Se dirigió directamente a una de las propiedades de Ayas. Al llegar, lo encontró allí, en su entorno de cristal y arrogancia.
—No me llamaste —soltó ella al entrar a su oficina sin anunciar—. He venido para que me des una explicación cara a cara.
Ayas se levantó lentamente, con una sonrisa ladeada que le recorría la mandíbula.
—Vaya, Harika... pudiste venir sola. ¿No te dio miedo?
—¿Miedo de qué, Ayas? ¿De ti? Ya me hiciste todo el daño que podías hacerme. Ahora dime, ¿qué es lo que realmente quieres?
—Quiero el terreno, Harika. Ese edificio va a ser mío.
Harika dio un paso al frente, la propiedad en su voz era absoluta.
—Te voy a refrescar la memoria, porque parece que tus negocios te han nublado el juicio. Ese terreno lo compramos entre los dos. Y recuerda algo más: no está a mi nombre, ni al tuyo. Lo pusimos a nombre de Kaan cuando nació, porque queríamos que fuera su legado. ¿Qué te pasa? ¿Ahora quieres robarle a tu propio hijo?
Ayas no se inmutó.
—Todos los demás propietarios han vendido, Harika. Prácticamente el edificio es mío. Solo faltas tú.
—Entonces te compro yo todo el edificio a ti —respondió ella con un fuego gélido en los ojos—. No es por el dinero, Ayas. Ese lugar lo levantamos con ilusión, fue nuestra primera victoria como familia. Si vas a hacerme la vida imposible a mí, recuerda que se la estás haciendo a tu primogénito.
Ayas caminó hacia ella, acortando la distancia hasta que Harika pudo sentir el calor de su cuerpo y ese aroma a tabaco y perfume caro que tanto odiaba recordar.
—Hay una sola manera de que no venda y te deje el local en paz —susurró él, con los ojos clavados en los de ella—. No te cases. Cancela esa boda con el arquitecto.
Harika sintió una bofetada de indignación. Levantó la mano para cruzarle la cara, pero Ayas fue más rápido: le atrapó la muñeca con fuerza y la atrajo hacia sí, quedando a milímetros de sus labios. La tensión era eléctrica, una mezcla de odio y una atracción antigua que ninguno quería admitir.
—Es la única opción que te doy, Harika. Tómala o déjala.
Ella se sacudió con violencia, soltándose de su agarre. Recogió su cartera con manos temblorosas pero la cabeza en alto.
—Voy a mover cielo y tierra, Ayas. Pero con el legado de mi hijo no te vas a quedar.
Salió de allí como un torbellino de seda y fuego. Cuando llegó al desayuno con Özgür, él notó la tensión en sus hombros de inmediato. La saludó con el cariño de siempre, pero sus ojos buscaban respuestas. Harika le explicó que Ayas estaba intentando sabotear el local del spa, pero omitió la condición que él le había puesto. No podía decirle que su libertad dependía de no casarse con él.
—Harika, tengo que viajar —le dijo Özgür mientras tomaban el café—. Como arquitecto, me ha salido un proyecto importante fuera de la ciudad por unos días. Me preocupa dejarte así.
Harika forzó una sonrisa, aunque por dentro su mente trabajaba a mil por hora.
—No te preocupes, mi amor. Ve tranquilo. Cualquier cosa me llamas. Yo estaré sumergida en mis cuestiones del negocio.
Mientras veía a Özgür hablar, Harika pensó: "Es mi momento". Con Özgür fuera de la ciudad, tendría el campo libre para librar su batalla contra Ayas sin tener que darle explicaciones a nadie. La guerra estaba declarada, y Harika Özilhan no pensaba perder.
Editado: 10.05.2026