Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 4: SOMBRAS EN EL PALACIO

Estambul despertaba envuelta en una bruma plateada que subía desde el Bósforo, trayendo consigo ese aire salino que Harika solía amar, pero que hoy sentía como un peso. Había pasado un mes desde que Özgür se marchó a su proyecto en el extranjero. Durante treinta días, Harika se había convertido en un fantasma entre papeles notariales y documentos viejos, buscando cada resquicio legal para proteger su imperio. Sin embargo, en el Özilhan Palace, las paredes tenían oídos.
Esra, una de las esteticistas de mayor confianza, entró en la oficina de Harika con una bandeja de té turco. Esra era una mujer que llevaba años en la empresa; Harika jamás habría sospechado de ella, pero ignoraba que cada noche, Esra llamaba a Ayas Sabancı para venderle los movimientos de su jefa. Esra dejó el té y, con una mirada de zafia, se inclinó sutilmente hacia el escritorio, fingiendo interés en unos nuevos productos coreanos, mientras sus ojos escaneaban los documentos sobre propiedades y registros antiguos que Harika revisaba sin descanso.
—Señora, han llegado las muestras de la nueva marca —dijo Esra, estirando el cuello hacia un folio amarillento.
Harika, con la cabeza baja y los dedos frotándose las sienes, apenas la miró.
—Si crees que es bueno, haz el pedido. Habla con la administradora para que lo formalice.
Harika notó que Esra seguía allí, inmóvil, como una sombra. Levantó la cara de golpe y sus ojos azules chocaron con la mirada inquisidora de la empleada. Esra dio un brinco hacia atrás, forzando una risa nerviosa.
—¿Necesitas algo más? —preguntó Harika con una frialdad que cortaba el aire.
—No, señora... Disculpe. Hablaré con la administradora —balbuceó Esra antes de salir casi corriendo.
Segundos después, en el pasillo, Esra marcó el número de Ayas.
—Señor Sabancı, la jefa está vuelta loca con papeles de propiedad del edificio. Está organizando documentos de hace años.
En la otra punta de la ciudad, en su oficina de cristal, Ayas colgó sin decir palabra. Dio una vuelta en su silla de cuero, mirando el horizonte de Estambul.
—Ay, Harika... no sabes lo que voy a hacer —susurró para sí mismo. Pero Ayas también estaba bajo presión; un negocio masivo en el extranjero exigía su presencia, y aunque su asistente personal podía encargarse, él se negaba a dejar el país. No ahora que Harika estaba por escapársele de las manos.
Mientras tanto, en la mansión de Yeniköy, la tensión familiar estallaba. La señora Seher, madre de Harika, entró en su habitación con el rostro cargado de preocupación.
—Ha pasado un mes, hija. Anunciaste una boda y no hay fecha, no hay preparativos. ¿Qué está pasando?
Harika intentó evadirla, pero al ver los ojos de su madre —esos ojos que la habían visto crecer y triunfar—, se derrumbó. Se lanzó a sus brazos en un llanto desconsolado. En la orilla de la cama, le confesó el chantaje de Ayas y su plan para arrebatarle el edificio.
—¡No lo voy a permitir! —exclamó la señora Seher, levantándose con una furia noble—. Hablaré con tu padre ahora mismo.
—¡No, mamá! Papá no está bien de salud, no quiero que se estrese —suplicó Harika, pero fue inútil. Cuando el señor Özilhan llegó de su viaje de negocios, Seher se lo contó todo. El anciano, un hombre de honor, golpeó la mesa con el puño y llamó a Ayas en ese mismo instante.
—¿Por qué te metes en esto, Ayas? —le gritó el viejo—. ¡Lo que le pase a Harika es asunto mío porque es mi hija!
—Es un negocio, señor Özilhan. Entre Harika y yo —respondió Ayas, sintiendo por primera vez que el cerco se cerraba sobre él.
Esa misma tarde, el teléfono de Harika vibró. Una sonrisa iluminó su rostro por primera vez en semanas.
—Amor, estoy de vuelta. Ya estoy en Estambul.
Era Özgür. Había regresado para reclamar su lugar al lado de la mujer que amaba. Esa noche, el escenario fue el Sunset Grill & Bar, un restaurante de un lujo asfixiante donde solo los magnates cenaban bajo las estrellas. Özgür estaba impecable, pero lo que más amaba Harika era su atención al detalle: él notaba si un mechón de su cabello estaba fuera de lugar o si su labial se había corrido apenas un milímetro. La cuidaba como a una joya preciosa.
En mitad de la cena, entre copas de cristal y la brisa del Bósforo, Harika tomó aire y lanzó su propuesta maestra.
—Özgür, confío plenamente en ti. Quiero pedirte algo... quiero que compres el Özilhan Palace. Que lo pongas a tu nombre, en silencio.
Özgür dejó los cubiertos, asombrado.
—Harika... ¿estás segura? Sabes las consecuencias legales y lo que esto implica con Ayas.
—Estoy segura —dijo ella con la mirada gélida y decidida—. No es por el local, Özgür. Es por mi orgullo. No voy a dejar que me pisotee. Si el dueño eres tú, él no tiene nada que reclamarme a mí.
Özgür tomó su mano y la besó con devoción.
—Si es tu decisión, te apoyo. Mañana mismo hablaré con mi abogado para que todo el papeleo esté listo.
Harika sonrió. Ayas creía que tenía a la presa acorralada, pero no sabía que la leona acababa de entregarle las llaves de su reino al único hombre en el que confiaba para ganar esta guerra.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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