Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 6: JAQUE MATE EN SEDA

La señora Seher esperaba en el gran salón de la mansión con los brazos cruzados y una tormenta en la mirada. Los rumores en los círculos sociales de Estambul volaban: "¿Por qué los Özilhan retrasan tanto la boda? ¿Acaso hay problemas?". Para una familia de su linaje, el "qué dirán" era una mancha difícil de limpiar. Pero antes de que pudiera soltar su discurso de reproche, los niños irrumpieron en la sala.
—¡Abuela! ¡Tenemos fiesta! —gritó Aslan, saltando a sus brazos.
—Vamos a una cena oficial con la familia de Özgür —añadió Kaan, mientras corría a saludar a su abuelo, quien los esperaba con dulces y risas en el jardín.
La señora Seher sintió que el alma le volvía al cuerpo. El aire de indignación se transformó en un suspiro de alivio. Miró al cielo y murmuró: "Gracias, Alá, me escuchaste".
—Mamá, ¿qué era eso tan urgente que ibas a decirme? —preguntó Harika, entrando con su elegancia habitual.
—Nada, hija, nada importante... —respondió la madre con una sonrisa radiante—. Solo quería saber si necesitabas ayuda con las joyas para esta noche.
Pero mientras en la mansión reinaba la calma, en el Özilhan Palace, Harika estaba ejecutando una ejecución pública.
Sentada tras su escritorio de cristal, Harika hablaba por teléfono. Sabía que Esra estaba tras la puerta, acechando. Con un gesto, le hizo señas para que pasara, pero fingió seguir concentrada en la llamada con Özgür.
—Perfecto, amor. El abogado dice que el traspaso de los documentos está listo. Firma hoy y el local será legalmente tuyo. Ya ese "otro" no puede hacer nada; llegó tarde al negocio. —Harika colgó con una sonrisa triunfante, viendo de reojo cómo el rostro de Esra se desencajaba.
—¿Señora? ¿Me llamaba? —preguntó Esra con la voz temblorosa.
Harika se levantó lentamente. El azul de sus ojos era ahora un metal cortante.
—Necesito que recojas tus cosas y te largues. Estás despedida.
Esra se quedó helada. Intentó balbucear una disculpa, se arrodilló, lloró y juró lealtad, pero Harika no se inmutó. Le extendió un sobre con sus honorarios finales.
—Necesitamos gente eficiente, no espías de pacotilla. Fuera de mi palacio.
Mientras Esra salía escoltada por las miradas de desprecio de sus compañeras —quienes ya sabían de su traición—, Harika llamó a Silim, una empleada joven y brillante.
—Silim, a partir de hoy, tú eres la encargada. Tengo cosas importantes que hacer y confío en ti.
En el acto, Esra, desde la calle, llamó a Ayas Sabancı, desesperada.
—¡Señor Ayas! ¡Me despidió! ¡Me echó a la calle! Tiene que darme un trabajo, yo hice todo lo que me pidió...
—Hiciste tu trabajo y te pagué por ello —respondió Ayas con una frialdad cruel—. Yo no te debo nada. No me vuelvas a llamar.
—¡Espere! —gritó Esra antes de que colgara—. Tengo una información que vale oro. La jefa ya firmó el traspaso. El local ya tiene nuevo dueño. Si quiere saber quién es, tendrá que hacerme una transferencia ahora mismo.
Ayas, movido por la ira y la desesperación, apretó los dientes y autorizó el pago. Segundos después, Esra soltó el veneno:
—Ella estaba hablando con alguien... decía que el traspaso estaba listo y que "el otro" ya no podía hacer nada. Ella sabía que yo la escuchaba, señor. Me tendió una trampa.
Ayas lanzó el teléfono contra el escritorio. Llamó a Harika diez, veinte veces, pero ella no respondió. Llamó a sus abogados, pero la respuesta fue un muro de piedra: el local ya estaba registrado a nombre de un tercero.
—¡Averíguame quién compró ese local! —le gritó a su asistente—. No puedo creer que Harika soltara su orgullo así por así.
Mientras Ayas se hundía en su propia red de furia, Harika se encontraba con Özgür en un restaurante privado. El aire olía a éxito y a libertad.
—Ya tenemos fecha para el matrimonio, amor —le dijo ella, tomando su mano—. Quiero empezar con los preparativos mañana mismo.
Özgür la abrazó, sellando el pacto con un beso.
—Lo que tú digas, Harika. Donde tú quieras y como tú quieras. Soy tuyo.
Harika sonrió. Ayas creía que podía quitarle su imperio, pero ahora el Özilhan Palace era intocable, y ella, por fin, estaba lista para ser feliz... o eso creía, mientras los hombres de Ayas, bajo las sombras de la noche de viernes, esperaban órdenes para el siguiente movimiento.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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