Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 7: EL BANQUETE DE LAS ESPINAS

Harika salió de la mansión bañada por las luces de la tarde de Estambul. Lucía un vestido color azul cielo que parecía haber sido robado del mismo Bósforo; el corte a la rodilla era la definición exacta de la etiqueta y la clase. Su cabello, recogido en un moño bajo con dos gajos ondulados enmarcando su rostro, resaltaba los diamantes que colgaban de sus lóbulos. Sus hijos, Kaan y Aslan, caminaban a su lado como dos pequeños príncipes, impecables y listos para la batalla que su madre aún no les había explicado.
Antes de subir al coche, Harika se acercó a Bade y le entregó un fajo de billetes en secreto, cerrándole las manos con ternura.
—Ve a ver a tu hijo, Bade. Lleva comida de la despensa y no te preocupes por nada. Mañana hablamos.
—Que Alá la bendiga, señora —susurró la nana, conmovida por ese gesto que no le correspondía pero que tanto necesitaba.
Al llegar a la residencia de los Koç, el despliegue de lujo fue abrumador. El servicio recibió a Harika con una reverencia, tomándole el abrigo y la cartera con una delicadeza extrema. Sin embargo, el ambiente cambió al cruzar el umbral del salón principal. El padre de Özgür la recibió con un abrazo cálido, reconociendo en ella la casta de los Özilhan. Pero la señora Neriman —la madre de Özgür— se quedó estática. Su mirada recorrió a Harika de arriba abajo, como un escáner que buscaba un defecto que no existía. “Es hermosa y tiene una clase natural, pero jamás se lo diré”, pensó la vieja amargada mientras mantenía el mentón en alto.
—Pasemos a la mesa —soltó Neriman, ignorando el saludo de su hijo, quien la miraba rogándole con los ojos que fuera cortés. Harika, con una madurez impecable, le hizo una seña a Özgür para que no forzara la situación.
El banquete era un despliegue de opulencia: cristalería de bohemia, los mejores vinos y una cena especial para los niños servida en vajilla de plata. En mitad de un sorbo de champán, Neriman lanzó el primer dardo.
—Dime, Harika... ¿piensas vivir toda la vida de ese pequeño spa?
Harika detuvo la copa a milímetros de sus labios. Con una calma que solo da la verdadera confianza, puso la copa en la mesa y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino.
—Mire, señora Neriman, con todo el respeto que se merece... el spa es mi pasión, mi hobby. Pero si me lo propusiera, podría comprar Estambul entero bloque por bloque. No confunda mi pasión con mi necesidad.
El silencio fue absoluto. Neriman se puso roja de indignación.
—¡Qué insolente! ¿Cómo te atreves?
—La insolencia, señora —respondió Harika con una rima letal en la voz—, es esperar que alguien se quede callada cuando intentan pisotear su morada.
—¡Mamá, basta! —intervino Özgür, mientras su padre le ordenaba a Neriman que guardara silencio.
Pero el momento estelar fue para el pequeño Aslan. El niño, sintiendo la hostilidad hacia su madre, se inclinó sobre la mesa y miró fijamente a Neriman.
—No te metas con mi mamá. Mira que si sigues, ¡te chiflo los cabellos!
Neriman se levantó de la silla, horrorizada.
—¡No puedo creer que un niño me hable así!
—¡Aslan, por favor, respeto! —ordenó Harika, aunque por dentro luchaba por no sonreír. El padre de Özgür se llevó los dedos a la boca en señal de silencio, pero sus ojos bailaban de risa. La tensión se disolvió en un sarcasmo extraño.
—¿Y para cuándo tienen pensada la fecha? —preguntó Neriman, tratando de recuperar el control.
—Cuando Harika quiera, mamá. No la estoy presionando —respondió Özgür con devoción.
Fue entonces cuando Harika soltó la bomba, mirando a Neriman a los ojos.
—La boda será en quince días.
A Neriman casi le da un síncope. Se ahogó con su propio vino y tuvieron que darle agua mientras se quejaba del apuro.
—¿Por qué tan rápido? ¡Es una locura! —chilló la vieja.
—¿Y por qué con Dila la aplazaste tanto, Özgür? —soltó Neriman con veneno, buscando herir a Harika.
Harika no sabía quién era Dila físicamente, pero Özgür ya le había hablado de esa exnovia insoportable e interesada a la que nunca quiso llevar al altar. Harika sonrió, más poderosa que nunca.
—Mamá, no empieces —cortó Özgür con firmeza—. Harika está al tanto de todo lo que pasó con Dila. Ella no es un fantasma en nuestra relación, es solo un error del pasado que me enseñó a valorar la joya que tengo hoy frente a mí.
Harika tomó su copa y brindó por la victoria. Sabía que en quince días no solo se casaría, sino que sellaría su imperio, dejando a Ayas y a su suegra en el lugar que les correspondía: el pasado.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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