La cena continuaba en el interior, pero el aire en el comedor se había vuelto asfixiante para Özgür. Con una elegancia natural, pidió permiso a sus padres para retirarse de la mesa un momento. Quería estar a solas con la mujer que, en solo quince días, sería su esposa.
Llevó a Harika al patio trasero, un oasis de tranquilidad frente a una piscina que reflejaba la luz de una luna que brillaba más que cualquier diamante sobre el Bósforo. Rodeados de plantas exóticas y el aroma del jazmín nocturno, Özgür tomó el rostro de Harika entre sus manos. Ella descansó las suyas en la cintura de él, sintiendo la firmeza de su espalda. El beso que compartieron fue largo, profundo, una promesa silenciosa de un futuro compartido.
—Te prometo que no te fallaré nunca, Harika. Nunca —susurró él, perdiéndose en el azul de sus ojos.
Pero la paz en Estambul es un cristal frágil. En mitad de ese momento perfecto, el teléfono de Özgür vibró con una insistencia violenta. Él se separó apenas unos centímetros, manteniendo una mano en la mejilla de ella.
—¿Dime, Abdur? —respondió Özgür a su jefe de seguridad.
Del otro lado, la voz de Abdur sonaba desencajada.
—Señor... es urgente. Tiene que venir al centro ahora mismo.
—¿Qué pasó? —la voz de Özgür se tornó de acero. Harika, al ver el cambio en su expresión, sintió un vuelco en el corazón.
Özgür colgó y miró a Harika. Le costaba encontrar las palabras para romperle el alma a la mujer que acababa de besar.
—Harika... me acaban de llamar. El Özilhan Palace... lo han incendiado.
Harika palideció tanto que pareció fundirse con la luz de la luna. Por un segundo, sus piernas fallaron y Özgür tuvo que sostenerla. No podía creerlo. No su palacio, no su esfuerzo de años.
—Espérame aquí, yo iré —dijo él, pero Harika ya estaba recuperando el aliento, con una furia fría instalándose en su pecho.
—No. Yo voy contigo.
Llamó de inmediato a su chofer.
—Llévate a los niños a casa ahora mismo. Dile a mi madre que después le explico todo. ¡Muévete!
Cuando llegaron a Nişantaşı, el espectáculo era dantesco. Las llamas devoraban la fachada de mármol y el humo negro manchaba el cielo de la ciudad. Harika bajó del coche y caminó hacia el cordón policial como si estuviera en un sueño. Cayó de rodillas sobre el asfalto frío. No salían lágrimas de sus ojos, pero la tristeza la ahogaba, mientras la música melancólica de la noche de Estambul parecía sonar solo para ella. Su imperio, el lugar donde devolvía la belleza al mundo, se convertía en cenizas.
Özgür intentó levantarla, con las manos en la cabeza, impotente ante el fuego. Tras unos minutos de shock, Harika se puso en pie. Una sola lágrima rodó por su mejilla, pero su mirada ya no era de tristeza, sino de sentencia.
—Yo sé quién está detrás de esto —dijo, mirando fijamente las llamas.
—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó Özgür, mientras movilizaba a todos sus contactos para revisar las cámaras.
Las grabaciones confirmaron que hombres encapuchados habían entrado por la parte trasera, pero no se les veía el rostro. Sin embargo, para Harika no hacían falta pruebas forenses. Sacó su teléfono y marcó el número que se sabía de memoria.
—Ayas, ¿por qué lo hiciste? —soltó ella en cuanto él atendió.
—¿De qué estás hablando, Harika? —respondió Ayas desde su ático, con una voz que pretendía ser confusa pero que escondía una satisfacción oscura.
—Sabes perfectamente de qué hablo. Atente a las consecuencias, Ayas Sabancı. Y esta vez, no me culpes de lo que venga.
Harika cortó la llamada. Al otro lado, Ayas se quedó mirando el teléfono, preocupado por la frialdad de su exmujer, pero sonriente por dentro: le había dado donde más le dolía.
Pasaron diez días de investigaciones. La policía hablaba de cortocircuitos, pero las cámaras de la calle mostraban un coche sospechoso. Harika se mantuvo firme, apoyada por un Özgür que no se separaba de ella ni un segundo. Faltaban solo cinco días para la boda cuando el destino le devolvió el golpe a Ayas.
Ayas estaba en su oficina cuando la puerta se abrió. Dila entró con una maleta y una sonrisa triunfante. Ayas se quedó pálido, muerto en vida.
—¿Dila? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no avisaste?
—Si tú no me llamabas, tenía que venir yo —dijo ella, lanzándose a sus brazos para besarlo—. Extrañaba a mi futuro marido. Decidí venir a ver qué hacía el gran Ayas Sabancı mientras se olvida de su mujer.
Ayas la recibió con los brazos caídos, sin siquiera rodearla. Sus planes de recuperar a Harika mediante el miedo se estaban desmoronando. Con Dila en Estambul y la boda de Harika a la vuelta de la esquina, el juego de poder se había vuelto una trampa mortal para él. La guerra ya no era solo por un terreno; ahora era una guerra por la supervivencia emocional.
Editado: 10.05.2026