Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 9: EL COLAPSO DE LOS IMPERIOS

Ayas Sabancı sentía que el suelo de Estambul se abría bajo sus pies. La arrogancia que siempre fue su armadura empezaba a astillarse. Lo que él no sabía era que el pasado es un laberinto sin salida: Dila había sido la mujer que casi lleva al altar a Özgür, y Harika aún ignoraba que la mujer que dormía con su exmarido era la misma que su prometido despreciaba.
Mientras tanto, en la mansión de Yeniköy, el ambiente era opuesto. Harika, rodeada de su madre y de la siempre fiel Nilay, ultimaba los detalles del vestido. Faltaban solo cinco días. La boda del siglo en Estambul era el único tema en las noticias; los periódicos anunciaban el enlace de la "Reina de la Estética" con el "Arquitecto de Oro". Harika se miraba al espejo, tratando de ignorar el vacío que le dejaba ver su Palace en cenizas, enfocándose en el futuro.
Dila, aburrida y estresada por la frialdad de Ayas, decidió salir.
—Voy a visitar a una vieja amiga —le dijo a Ayas, quien apenas la miró.
—¿Tienes conocidos aquí? —preguntó él, deseando que se fuera para poder respirar.
—Más de los que imaginas —respondió ella con una sonrisa enigmática.
Dila se dirigió a la mansión de los Koç. Su "vieja amiga" no era otra que la señora Neriman, la madre de Özgür, quien siempre la prefirió por encima de Harika. Pero el destino tenía otros planes. Cuando Dila bajaba las escaleras para subir a su coche, un automóvil frenó en seco frente a ella. De él bajó un hombre con la mirada cargada de odio: Özgür.
Dila se quedó petrificada.
—¿Özgür? ¿Qué haces aquí? —balbuceó, retrocediendo hacia la entrada.
Özgür no la escuchaba. Su mente estaba en otro lugar. Sus hombres le habían dado la prueba definitiva: Ayas era el autor intelectual del incendio. Había ido allí, a enfrentarlo en su propio terreno.
—¡Suéltame, Dila! —le gritó cuando ella intentó detenerlo—. Ese maldito me las va a pagar. Lo que hizo no tiene nombre. ¡Es un poco hombre!
En ese instante, Ayas salió a la terraza, alertado por los gritos. Al ver a Dila agarrando a Özgür con una familiaridad que no encajaba, sus ojos se entrecerraron.
—¡Qué bajo has caído, Ayas! —rugió Özgür, subiendo los escalones de dos en dos—. ¿Cómo pudiste incendiar el Palace? ¿Cómo pudiste hacerle eso a Harika y a tus propios hijos?
Ayas soltó una carcajada cínica.
—No sé de qué hablas, y aunque fuera cierto, a ti no debería importarte. Ese local ya tenía otro dueño.
Özgür se detuvo frente a él, con una sonrisa que heló la sangre de Ayas.
—¿Sabes quién era ese dueño, Ayas? Harika, para proteger su legado de tus garras, me lo vendió a mí. La persona que compró ese lugar fui yo. No se lo iba a quitar nunca... y tú, en tu desesperación, acabas de quemar el futuro de tu propio hijo.
Ayas quedó blanco, vacío. Había destruido lo único que le quedaba de su vida anterior. Pero la furia de Özgür no terminó ahí. Al ver a Dila intentar mediar, Özgür la apartó con desprecio. Los dos hombres se lanzaron el uno contra el otro; fue una lluvia de puños, un estallido de odio acumulado. Los guardaespaldas tuvieron que intervenir para separarlos mientras Dila gritaba desesperada.
Ayas, limpiándose la sangre de la comisura de los labios, miró a Dila y luego a Özgür.
—Dila... ¿tú conoces a este hombre? —preguntó con una voz que temblaba de pura rabia contenida.
Dila se quedó paralizada, temblando. Fue el jaque mate.
—¿Ah, no sabes quién es ella? —soltó Özgür mientras se acomodaba la chaqueta con una elegancia letal—. Ella no te ha contado de mí, porque yo sí le hablé a Harika de ella.
—Özgür, por favor... luego hablamos —suplicó Dila, pero ya era tarde.
Ayas agarró a Dila del brazo, casi haciéndola caer.
—¡Habla! —le ordenó.
Özgür, antes de marcharse, se giró para dar el golpe final.
—Te lo cuento yo, Ayas. Las relaciones sanas se basan en la verdad. Dila era mi novia. Nos íbamos a casar, pero cancelé todo porque la descubrí siéndome infiel. Buscaba mi fortuna, igual que busca la tuya. Qué casualidad que ese "alguien" con quien me engañó, quizás eras tú.
Özgür se acomodó el cabello y caminó hacia su coche con la frente en alto. Dila intentó acercarse a Ayas para explicarle, pero él, con un gesto de asco absoluto, la empujó. Dila cayó al suelo, llorando sobre el pavimento, mientras Ayas la miraba como si fuera un insecto.
La batalla estaba perdida. Ayas se dio cuenta de que mientras él intentaba quemar el mundo de Harika, su propio mundo estaba hecho de mentiras y cenizas. Solo faltaban cinco días para la boda, y él acababa de quedarse solo en medio de su ruina.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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