Cenizas De Seda (İpek KÜlleri)

CAPÍTULO 11: LAS RUINAS DEL CORAZÓN

La expulsión de Dila de la mansión Koç fue definitiva. Bajo las órdenes del patriarca, la mujer que soñó con ser reina terminó en un hotel de mala muerte al otro lado de la ciudad, sola con sus maletas y su ambición rota. Mientras tanto, en un rincón oscuro de Estambul, Ayas se hundía en un mar de licor. El hombre que una vez lo tuvo todo —una familia hermosa y un nombre respetado— ahora era un náufrago en su propia oficina, ignorando las llamadas de trabajo que le exigían cruzar la ciudad para salvar lo que quedaba de sus negocios. Su cuerpo no le respondía; solo su alma gritaba por lo que había perdido.
Por el contrario, para Harika y Özgür, el aire de Estambul nunca había sido tan puro. Tras su noche de entrega en el hotel, se movían como un solo ser. Él respiraba por ella y ella encontraba en su mirada la paz que el fuego le había arrebatado. Faltaban solo dos días para la gran boda.
Para marcar el inicio del final de la espera, la señora Seher organizó un banquete íntimo en la mansión Özilhan. Era una tarde radiante, a las dos de la tarde, con el sol iluminando los jardines donde la élite de la sociedad compartía risas y champán. Los niños corrían entre las mesas, ajenos a la tormenta que estaba por desatarse. De repente, el silencio cayó sobre el jardín como una losa de mármol.
Ayas apareció en la entrada. Llevaba la camisa desabotonada, el cabello revuelto y el olor del alcohol lo precedía como una sombra sucia. Estaba destruido.
—¡Harika! ¡Harika! —gritaba, arrastrando las palabras mientras los invitados murmuraban escandalizados.
El pequeño Aslan se detuvo en seco. Miró a Bade y señaló al hombre con un dedo tembloroso.
—Bade... ¿quién es ese señor? Se me hace conocido... —la mente del niño de siete años luchaba por rescatar un recuerdo borroso.
—Es mi papá —dijo Kaan, con una voz cargada de una madurez dolorosa.
—¡Papá! ¡Es mi papá! —gritó Aslan de repente, rompiendo a correr hacia Ayas.
Harika intentó detenerlo, pero el niño ya se había colgado del cuello de aquel hombre deshecho.
—¡Papá, papá! —sollozaba el pequeño.
—Hijo... mi hijo... —murmuraba Ayas, aferrándose al niño como a una tabla de salvación en medio del naufragio.
Harika se acercó, con el corazón apretado.
—Aslan, ven aquí... —suplicó ella.
—¡No, mamá! ¿Tú quieres cambiar a mi papá por Özgür? ¡Él es mi papá! —gritó el niño, enfrentando a su madre con la lógica pura de la infancia.
Ayas, entre sollozos, se desplomó de rodillas ante Harika frente a todos los presentes.
—Perdóname, Harika... me humillo ante ti. Si alguna vez me amaste, dime que me perdonas para que pueda irme en paz —luego, miró a Özgür con ojos vidriosos—. Por favor, dile que me perdone.
Harika, sintiendo el peso de cientos de miradas y el llanto de su hijo, respiró hondo. La compasión venció al rencor.
—Está bien, Ayas. Te perdono. Vete tranquilo.
Los guardaespaldas, por orden del señor Özilhan, levantaron a Ayas y se lo llevaron mientras él seguía balbuceando disculpas. Aslan gritaba en cámara lenta: "¡Papá, papá!", mientras Bade se lo llevaba a la fuerza hacia la habitación. La fiesta intentó retomar su curso, pero el aire se había vuelto pesado.
Minutos después, Harika y Özgür entraron al cuarto de los niños. Aslan estaba hecho un ovillo en la cama, arisco, y en un arranque de furia le lanzó una almohada a Özgür.
—¡No te quiero! ¡No te quiero! ¡Quiero a mi papá!
Harika se sentó a su lado y le tomó las manos.
—Hijo, escucha. Lo de tu papá no funcionó hace mucho tiempo. Estuve sola y sufrí mucho... y cuando más perdida estaba, quien me rescató y me cuidó fue Özgür.
El niño se quedó callado, analizando las palabras de su madre con las lágrimas aún corriendo por sus mejillas. Finalmente, se lanzó a los brazos de Harika llorando. Fue entonces cuando Özgür se arrodilló para quedar a su altura.
—Aslan... yo jamás le haré daño a tu mamá. Jamás les haré daño a ustedes. Solo quiero que sean felices. Te cuidaré con todo el amor que tengo.
El carajito, vencido por la sinceridad en la voz de Özgür, se soltó de su madre y corrió a abrazar al arquitecto. Harika no pudo contener las lágrimas; ver a su futuro esposo y a su hijo menor unidos en ese abrazo fue el milagro que necesitaba para sanar sus propias heridas.
Salieron de nuevo al jardín, de la mano. La fiesta continuaba, pero ahora con una certeza absoluta: la sombra de Ayas finalmente se había desvanecido, y el camino hacia el altar estaba, por fin, libre de espinas. Solo quedaban cuarenta y ocho horas para que Harika Özilhan se convirtiera en Harika Koç.



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En el texto hay: traicion, fuego, triunfo

Editado: 10.05.2026

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