Hace tanto tiempo algo horrible pasó aquí. Según me contaron mis abuelos, hace muchos años ocurrió una explosión en la planta nuclear de este lugar llamado Chernóbil, mucha gente murió, otras quedaron con consecuencias graves, y quizás, también a lo largo del tiempo fallecieron debido a esas secuelas.
Pero no todas las personas se fueron, otros se quedaron aquí, ya sea porque se encariñaron con el hogar que aquí fue formado, o simplemente quedaron con esas secuelas y aceptaron su destino. Y ahora por esas personas que se quedaron, nacimos nosotros los mutantes.
Se escuchaba el rumor de que éramos llamados bestias salvajes, entendía su significado gracias a las historias que me contaba mi abuelo cuando apenas era una niña que no comprendía muy bien la situación, también con el paso del tiempo fui leyendo tantos libros como pude, y ahora que entiendo con claridad, yo no me considero una bestia. No creo que seamos una bestia salvaje.
Recorrí con la mirada el lugar, de todos los que había llegado a visitar, este definitivamente era mi favorito. Mi abuelo me comentó que este sitio antes era un parque de atracciones, y ahora dice que está en estado de deterioro debido al abandono, igualmente yo no lo veía de ese modo, este lugar me parecía especial y hermoso, algo que fue atrapado por la naturaleza y la ruina. Las plantas formaban una hermosa enredadera en toda la rueda de la fortuna, de hecho, todo estaba rodeado de plantas, musgo y enredaderas. Es así como estaba todo en general, los edificios estaban destruidos, sucios y abandonados, pero aún así era hermoso para mí.
Habían personas que también viven aquí, esas también forman parte de aquellos que no se quisieron ir, aunque ellos están más lejos de nosotros, la radiación no los alcanzó en su totalidad como han alcanzado a nuestros predecesores, ellos se encuentran un poco más a salvo de la radiación en la que nosotros estamos acostumbrados porque aprendimos a vivir con ello o simplemente porque somos parte de ello. Aún así, hay zonas que son inexplorables para nosotros, como aquello que se hace llamar el bosque rojo, no necesariamente somos inmune a todo lo contaminado, pero tampoco somos débiles ante lo corrosivo.
Es por eso que mis abuelos dicen que no somos normales como lo son otros seres humanos, o como los otros lugareños que decidieron quedarse en sus hogares en alguna parte de Pripyat, somos lo suficientemente radioactivos como para contaminarlos con nuestro tacto.
Me levanté del banco de piedra que también se encontraba en estado de deterioro, las plantas de igual modo se habían adueñado de él, lo que le daba un aspecto rústico. Me alejé lo suficiente de la rueda de la fortuna, avanzando unos cuántos pasos hacia un edificio que se encontraba medio en ruinas por el abandono, igualmente adornado por enredaderas y polvo. Todo aquí lucía igual, no había un solo sitio que no fuese abrazado por las enredaderas y musgo, y tal vez eso era lo que más me gustaba de este lugar.
Me posé delante de una ventana rota y polvorienta, aún así se reflejaba mi aspecto con opacidad; era bastante delgada y mi piel era de un color gris, mis ojos eran amarillos que brillaban con fuerza, incluso en la oscuridad se podría ver los puntos luminosos, y eran capaces de ver lo que ningún otro ser puede, según nuestros predecesores. Sobre mi cabeza nacían dos enormes cuernos de venado, y junto a mi cabellera negra crecían también raíces con sus respectivas hojas. En mi mano izquierda tenía garras largas y filosas, capaces de desgarrar cualquier cosa en un segundo, pero por supuesto yo no sería capaz de lastimar a ningún ser viviente, mientras que en la otra, solo tenía una pequeña mano frágil y delicada, producto de lo que antes pudimos llegar a ser si esto no hubiese ocurrido.
En mi hombro izquierdo también crecía una flor extraña, digo extraña porque no había visto otra igual por más sitios que he explorado, ni siquiera en flores mutantes. Estas eran de pétalos violetas, enormes y finos, y en su centro sobresalían ramas finas y de color dorado que brillaban en la oscuridad. También tenía la habilidad de cambiar de forma debido a mis emociones, si estaba triste, se marchitaba sin perder su color, solo entristecía también; si estaba alegre, brillaba más que nunca; si estaba enojada, se cerraba como un capullo.
En mi piel habían ampollas y ciertas partes derretidas y desgastadas, pero no por eso yo debía considerarme una bestia, ¿no? Me gustaba mi aspecto, sobre todo mis orejas largas y puntiagudas como en los cuentos de hadas con los Elfos.
Me quedé observando mi reflejo con entusiasmo un par de minutos más, era indudable que tenía una belleza extravagante por más arrogante que suene, a diferencia del resto del pueblo, yo era muy distinta a ellos y, a su vez, igual a todos. Me contemplé por unos momentos más, pero fui interrumpida por una figura que se reflejó detrás de mí. Una figura gorda, con piel grisácea, ojos amarillos y ampollas mucho más abundantes que las mías. Tenía un pie normal y otro con pezuñas, sus orejas de igual manera eran largas como las mías y tenía una maraña de enredaderas en su cabeza.
—Niña, ¿hasta cuándo seguirás jugando? Tus abuelos están preocupados por ti —Jadeó, aunque su voz igual fue gruesa y carrasposa, su nariz enorme dilataba sus aletas para respirar tanto aire como podían, seguramente venía corriendo y él se cansaba bastante rápido. Ante otras personas podría ser una bestia como bien dicen, pero yo seguía sin verlo como una.
—Ollie, estoy bien, ¡solo quería dar un paseo! —Di la media vuelta para verlo mejor, más que gris, su piel era casi verde.
Ollie rodó los ojos y dio unos grandes pasos a mí para sujetar mi brazo con un agarre flojo, lo hacía para no lastimarme y porque definitivamente no era la primera vez que lo hacía, siempre lo enviaban a él a buscarme.
—Siempre estás explorando, te hemos dicho cientos de veces que no puedes andar por ahí sola —Masculló.