La luz resplandeciente del sol estaba entrando por la ventana que olvidé cerrar durante la noche, la calentura picante que golpeaba mi rostro me hizo apretar mis ojos con fuerzas antes de abrirlos y ver el techo con la vista aún nublada. No sé en qué momento me quedé dormida, ni recuerdo lo último que estaba pensando antes de hacerlo, pero sí recuerdo con claridad el sueño que tuve.
Estaba parada en medio del bosque, mi mente no comprendía cómo había llegado hasta ahí y tampoco el porqué todo en el bosque se sentía pesado, como si estuviese esperando la llegada de alguien especial.
Las hojas de los árboles bailaban despacio, el viento era suave y el cielo estaba gris, como si estuviese a punto de llover, todo a mi alrededor por algún motivo se sentía ajeno, me sentía fuera de lugar...
Los animales comenzaban a rodear el bosque, acercándose con sigilo hacia el centro, dejándose ver. Sus ojos brillaban con extrañeza, estoy segura de que si el bosque estuviese envuelto en la oscuridad, se podría ver la luminosidad de sus ojos redondos.
Detrás de mí pude sentir el crujido de algunas ramas secas que caían de los árboles, aunque ya llevaba escuchando ese crujir desde una gran distancia, mis orejas largas y puntiagudas me permitían escuchar con claridad aún cuando el ruido proviene desde lejos.
—¿Estás lista? —Escuché esa voz crepitante, la misma que desde el momento uno me había hipnotizado y a su vez atemorizado. Se encontraba nuevamente detrás de mí, como esa noche cuando me lancé a la espesura del bosque, buscando respuestas sobre aquél extraño. Indudablemente me di la vuelta, esta vez no quería mostrarle ningún rastro de temor, estaba dispuesta a enfrentarlo sin mostrar cobardía.
Él estaba ahí de pie, su traje amarillo lucía de nuevo opaco, aquél brillo que antes le había visto ya no existía, seguro era alguna iluminación que antes lo golpeaba y hacía destacar su color.
Pero esta vez había algo diferente en él, esta vez... en esos cristales se reflejaban unos orbes de color. Eran sus verdaderos ojos.
Eran de color plomo.
Entreabrí mis labios, exhalando el aire que no sabía que estaba conteniendo, mi corazón pateaba mi pecho una y otra vez mientras sentía mis mejillas calentarse, ¿era esto lo que llamaban obsesión en los libros? ¿Era esto lo que llamaban amor a primera vista? Si solo su voz me había hipnotizado, su mirada de plomo me tenía cautiva.
Dio unos pasos cautelosos hacia mí, como lo había imaginado antes, tal vez temía que huyera, por eso trataba de ser lo más cuidadoso posible conmigo.
Su cuerpo estaba muy cerca del mío, su altura era impresionante, su cuerpo se veía fuerte, y sus ojos... sus ojos detrás del cristal me veían con maravillosa atención.
Mi cuerpo comenzó a temblar cuando su mano diestra se posó con delicadeza en mi mejilla, su tacto debería sentirse frío por esa cosa que cubría su mano, pero solo sentí calor en esa zona.
Sus ojos me tenían atrapada realmente...
—¿Lista para qué? —Pregunté con cuidado y confusión, hundiendo el ceño y tratando de salir del trance del que me tenía atrapada, y más cuando su pulgar comenzó a suavizar mi mejilla ruborizada. Sin duda, me hizo tragar saliva.
—Para irnos...
Luego de eso solo hubo oscuridad, seguido de sentir el calor golpeando mi rostro.
Me incorporé sobre la cama, apoyando mis manos en el cómodo colchón. Mi mente estaba enredada por la confusión de mi sueño, y definitivamente los latidos de mi corazón comenzaron a golpear mi pecho con poca rapidez. Solo estaba confundida, ¿no? Me parecía una tontería conocer apenas a alguien durante la noche, teniendo una corta conversación y ya en mis sueños me estaba atormentando.
Solté un resoplido, mientras llevaba mis manos a mi cabeza para sacudir la maraña de cabello y raíces que crecían junto a mi cabellera negra, en el proceso pude sentir la suavidad de las hojas que en él crecían también. ¿Qué era eso de ver sus ojos grises? Ni siquiera se los había logrado ver, y ya mi mente le estaba poniendo color a sus ojos.
Sea como sea, el sueño fue un tanto confuso. ¿A qué se refería exactamente con irnos? ¿Irnos a dónde? Espero que mis sueños no estén tratando de advertirme lo que pueda llegar a hacer en el futuro, espero no... dejar solo a mis abuelos.
Sacudí mi cabeza en un intento de alejar ese pensamiento, por nada del mundo permitiría eso, si ese sueño fue una especie de advertencia, por supuesto que no me dejaría llevar por cualquier cosa que esa persona intente persuadir. No me iría de este lugar por mucho que quiera conocer el exterior.
Me levanté con cuidado de la cama, esperando que esta no soltara algún rechillido y así hacerme notar, no quería que mi abuelo supiera que ya estaba despierta, aún no sabía con certeza qué responder en cuanto a la supuesta ayuda hacia la madre de Ollie.
Hablando de él, debía buscarlo y agradecerle.
Me acerqué en silencio a mi puerta y giré el pestillo, abriéndola despacio y asomando mi cara entre la puerta entreabierta. No había nadie, como esperaba.
Salí con cuidado y cerré despacio la puerta tras de mí, caminé de puntas hacia la salida mientras verificaba que mi abuela tampoco estuviese sentada en alguna parte de la casa leyendo algún libro, ella no hacía mucho de todos modos, sólo se encargaba de mantener la casa en orden y la comida lista, y en esas cosas también la ayudaba aunque no me encontrara mucho en casa.
Como no la vi por ningún lado, salí lo más rápido que pude de nuestra casa y comencé a caminar por la aldea, buscando con la mirada a mi amigo de piel verde, Ollie no era muy difícil de encontrar, siempre estaba ayudando a sus padres, hablando con Olena o simplemente sentado solo a la distancia.
Pero no estaba en ninguno de sus lugares favoritos para tomar asiento, así que tal vez estaba con su familia o con Olena en alguna parte.
Los lugareños estaban haciendo sus actividades rutinarias, nunca se veía algo distinto en el pueblo, siempre eran personas lavando, recogiendo, conversando o los niños jugando entre ellos, nunca hacían algo nuevo. A veces, una vez al año, encendían una gran fogata y todos salíamos de nuestras casas a charlar entre nosotros, bailar y comer, todo hasta el amanecer. Era en esos días en los cuales yo hacía las coronas de flores para todos, lo hacía por diversión.