Cenizas de una luna olvidada

Capítulo 5

Nikolai se había quitado sin temor alguno su máscara, aquella que me había dicho que lo protegía de la radiación, y lo peor es no haberme preocupado tanto por ello, sino sentir absoluta admiración y fascinación por lo que mis ojos estaban viendo por primera vez.

Una piel lisa, muy pálida, tanto como si no hubiese tomado sol en ningún momento de su vida, no tenía ni una mancha, ni una cicatriz, no había ampollas ni lunares, era solo una piel lisa con poros limpios.

Sin vergüenza alguna bajé a mirar sus labios, y me sorprendió que fueran como los míos, no exactamente como los míos pero sí eran iguales. Los suyos eran carnosos y rosas, no hacía falta agregarle algún brillo porque ya tenían el suyo propio.

Sus facciones eran bastante varoniles y marcadas, tenía su mentón cuadrado y perfecto, sus pómulos bien marcados, unas cejas pobladas y hundidas, haciéndolo ver enojado todo el tiempo, o quizás sí lo estaba.

Lo que más me sorprendía era el color de su cabello, nunca había visto un cabello tan rojo como el atardecer, este mismo se movía con el viento, su cabello era lo suficientemente espeso que incluso cubría su frente, el mismo viento lo hacía lucir desordenado, rebelde.

Pero realmente lo que me quitó el aliento fueron esos ojos de color plomo. Sí eran exactamente como los había soñado, y eso me impresionó bastante, tenían un brillo extraño, como si estuviese analizando cada uno de mis gestos, cada una de mis reacciones, pero aún así me era difícil poder leer su alma, poder leer sus pensamientos, sus ojos eran tan fríos y cálidos a la vez.

¿Él me ha admirado de la misma forma en la que yo lo hago ahora?

Solté un suspiro que tenía atorado, y entreabrí mis labios por la sorpresa. Estaba pensando lo peor, que Nikolai me tomaría por la fuerza y me llevaría a su lugar de trabajo, aunque ni siquiera sepa en lo que se dedica realmente, y todo lo que quería era mostrarme su rostro, uno limpio de cualquier imperfección, como dirían nuestros mayores.

Pero yo no veía perfección e imperfección, solo veía la naturaleza antigua antes del desastre, veía el pasado en él, veía todo lo que pudimos ser, pero a pesar de verlo ahora con mis propios ojos, aún así no me sentía insegura ni incómoda con lo que soy.

Extendí mis dedos hacia su rostro, intentando tocarlo, pero estos se quedaron paralizados en el aire. Podría afectarle.

—Eres hermoso —No lo dije en el sentido de alguien enamorada o ilusionada, sino más como una admiración hacia él, y por la mirada que me dio supe que me entendió.

—¿Es así como te imaginabas que sería? —Ahora su voz sin la máscara se escuchaba mucho más firme y limpia, sonaba igual de crepitante y no había ninguna interferencia. Intenté no morder mi labio inferior y aparté de inmediato la mano que estaba por tocar su cara.

—Es mucho mejor —Admití, sonriéndole un poco—. ¿No te hace daño el aire?

—Aquí no, por eso te traje. —Deslizó la punta de su lengua por su labio inferior, ese solo gesto hizo que mi garganta ardiera—. Dijiste que querías verme.

Apreté la mano que sujetaba el girasol, sintiendo el picor de lo áspero de la flor. Por alguna razón sentí que ese pequeño y perverso gesto lo hizo a propósito, estaba segura de que él sabía que ciertos comportamientos de su parte o su simple cercanía me ponían nerviosa, y le gustaba jugar con eso.

Ahora sin su máscara puesta pude notar esa mirada traviesa, de alguna forma su brillo me inquietaba.

—Perdón por haberte malinterpretado, creí que... —Ni siquiera pude encontrar las palabras adecuadas, me sentía una tonta por haber pensado de una manera tan terrible cuando él no ha sido más que amable conmigo, incluso tomándose el atrevimiento de quitarse su máscara protectora.

Sus ojos grises no paraban de detallarme, sentía su pesadez y eso solo me confirmó que todo este tiempo sí estuvo analizándome con atención una y otra vez, y eso me hacía sentir desorientada.

Sus facciones eran muy duras, no mostraba ni una leve sonrisa y su ceño no se movía, solo estaba quieto, detallando mi rostro de igual forma como yo detallaba el suyo.

—No te preocupes, discúlpame a mí por asustarte —Agregó, extendiendo su mano hacia el final del barranco—. ¿Quieres sentarte?

Con un poco de duda asentí con la cabeza, podía ser un poco peligroso estar hasta el final, pero de igual manera ambos caminamos hasta sentarnos en el fin del barranco. Nuestras piernas quedaron colgadas al aire, definitivamente si uno de los dos caía no sobreviviría para nada.

Bajé la cabeza y noté lo muy cerca que estaban nuestras manos, mi corazón dio un vuelco retumbando en mi pecho con nerviosismo, recalco nuevamente que odiaba un poco la forma en la que me hacía sentir, ya que estos sentimientos eran totalmente nuevos para mí.

Sí me ponía nerviosa antes, pero siempre era por otros motivos; discusiones que no quería, cosas extrañas que encontraba y de alguna forma me emocionaba y asustaba, el estar consciente del tiempo que he pasado fuera de casa y lo molesto o preocupado que debería de estar mi abuelo...

Pero nunca por estas razones, esto era algo totalmente nuevo para mí, al igual que el sitio en donde nos encontrábamos sentados.

Nikolai no paraba de verme, sus ojos no paraban de recorrer mi rostro una y otra vez, y cada segundo que pasaba con su mirada fija en mí, más pequeña me hacía sentir, no sabía que era posible que una persona te hiciera sentir tan diminuta con solo un poco de atención en ti, ni siquiera cuando volvía de un largo camino hasta la aldea recibía ese tipo de atención.

Carraspeé mi garganta, capturando su atención hacia mis ojos y de inmediato me arrepentí, preferiría que siguiera explorando mis expresiones a que me esté viendo directamente a los ojos como lo hace justo ahora.

Quizás era momento de hacerle preguntas.

—Eh... —balbuceé un poco, tratando de acomodar las ideas en mi cabeza—. ¿Te sientes cómodo con la vida que llevas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.