Cenizas de una luna olvidada

Epílogo

El ambiente en el bosque era pesado, frío y sombrío, con un atisbo de tristeza en su interior, como si el bosque estuviera consciente de lo que acababa de suceder dentro de sus propios muros.

Los lobos mutantes aullaron, los pájaros lloraban, incluso la luna enviaba un débil brillo hacia las profundidades del bosque.

Había tanto silencio en las profundidades de Pripyat, y más de un corazón roto.

En el centro del bosque, no muy lejos de la aldea, no muy lejos del laboratorio, se encontraba el cuerpo inerte de la hija de la naturaleza. Pripyat no solo había perdido a una hija, había perdido la única persona capaz de ver la belleza que en él habitaba.

Belleza que nadie más veía, pues solo Svetlana era capaz de verlo de esa manera, para ella nadie era imperfecto, cada cosa y cada edificio era simplemente una belleza.

Pero ya no había más sonrisas ni miradas curiosas, no estaba la voz de Svetlana refunfuñando contra sus abuelos y aconsejando a sus amigos, ni un espíritu aventurero que anhelaba conocer más del mundo que la arrastró a la oscuridad, solo para demostrarle a su pueblo que había algo real más allá de los árboles.

Alrededor del cuerpo de Svetlana crecían pequeñas flores amarillas y radioactivas, como si fuese un regalo de la naturaleza para su eterno descanso.

Debajo de su cuerpo se formaba un gran charco de sangre amarilla y espesa, dando a entender que ya su último suspiro lo dejó escapar hace momentos atrás.

Los párpados de Svetlana se habían cerrado para siempre.

De pie junto a su cuerpo se encontraba Nikolai. Su uniforme tenía salpicaduras de la sangre amarilla de Svetlana, llevaba tiempo planificando llevarse a Svetlana hacia el sótano del laboratorio cuando no hubiese nadie, pero sus planes fueron truncados en cuanto su compañero de trabajo alarmó a todos sobre la bestia hembra que habitaba en el bosque, con grandes cuernos, y que era el juguete de Nikolai.

Nikolai había maldecido por lo bajo, todas las miradas del laboratorio se habían vuelto hacia él, pero una le preocupaba en específico; su jefa.

Aquella mujer de carácter malhumorado, correcta y elegante se encontraba cruzada de brazos, escudriñando con la mirada a Nikolai, analizando cada uno de sus gestos.

Con su dedo índice acomodó sus lentes y continuó lanzándole esa fría mirada a Nikolai, esperando explicaciones de su parte.

La razón por la que habían sido trasladados hacia ese laboratorio no era porque en general les importara la situación de Chernóbil y combatir la radiación, la razón era mucho más oscura; habían reportes de científicos desaparecidos justamente por esa zona, y no solo desaparecían, es que incluso habían sido encontrados rastros de sangre.

Al principio creían que se trataba solo de animales salvajes que aún habitaban en Chernóbil, pero de ser así, encontrarían los restos de algunos cuerpos, y no solo esa era la inquietud; en Chernóbil no solo visitaban científicos para merodear la zona, sino turistas.

¿Por qué solo desaparecían científicos? Esa era la gran incógnita, y por esa razón fueron trasladados.

Ahora que habían encontrado a la posible culpable de esas desapariciones, la jefa de Nikolai necesitaba respuestas, necesitaba que Nikolai trajera a aquél espécimen para inmediatamente recibir un castigo y comenzar la investigación y experimentos con el sujeto identificado.

Pero Nikolai no iba a permitir que arruinaran su descubrimiento y se adueñaran de él, él lo había visto primero. Pero nadie más que él sabía que Svetlana iba a forcejear, protestar e incluso desobedecer, la había estudiado con mucha atención como para saber que ella era una persona muy desconfiada y en caso de defenderse, lo haría, justo como le pasó a su compañero.

Lo bueno es que Svetlana ya había formado lazos, no sería tan difícil para Nikolai llevársela consigo, pero eso ya era un enorme problema, no podía llevarla consigo de esa manera, no viva.

Svetlana confió demasiado en un extraño que de naturaleza es completamente indiferente para ella, y ese fue su error. Cayó en los brazos de lo que se considera la raza más peligrosa en el planeta tierra: el ser humano.

Mientras que ella se enamoraba día a día con las atenciones de Nikolai, no notaba que este solo le daba cumplidos hacia su físico extravagante; «eres maravillosa».

Nikolai suspiró con aburrimiento y pesadez, mientras desde su altura veía el cuerpo inmóvil de su experimento. No se atrevió a sonreír, no se había enamorado de ella realmente, pero admitía que al fondo le tenía un cariño especial y ahora sus días serían monótonos sin escuchar la voz de Svetlana hacerle preguntas.

Pero no se arrepentía, estaba feliz de poder llevar a su experimento a un lugar seguro y poder cumplir con lo que había dicho que haría con ella, investigaría a profundidad del porqué su cuerpo creó un organismo capaz de soportar la radiación de este lugar, incluso el de la zona muerta, como había comentado su compañero hacia dónde ella había salido huyendo.

No le importaba en lo absoluto si Svetlana había matado a esas personas, pero de algo estaba seguro; definitivamente Svetlana no era caníbal.

Y eso lo notó no solo porque ella respondiera que solo comía frutas y verduras, sino que también lo notó por su delgadez y su salud física, a pesar de que ella no era muy fuerte como esperaba o, simplemente no tuvo las fuerzas de hacerle daño a su ser amado, Svetlana sin duda era rápida y energética.

Además de que nunca hubo un intento de asesinato hacia él, solo curiosidad. Una persona como ella que ya haya interactuado con humanos, en definitiva no se acercaría hacia él solamente con ganas de hablar, las reacciones de Svetlana era de una persona que no tenía idea absoluta de lo que estaba frente a ella.

Solo quedaba otra teoría, o habían más como ella y mentía, o simplemente se trataba de algo más.

Pero lo primero Nikolai nunca lo pudo corroborar, Svetlana siempre se paseaba sola, incluso cuando a veces fingía no estar en el lugar y se quedaba oculto entre los árboles, observándola incluso durante horas solo para esperar si alguien se atrevía a acercarse hacia ella, justo como el primer día que se encontraron.




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