Cenizas de Valdoria

Capítulo 1

El mercado de Valdoria respiraba con una calma que, años atrás, habría parecido un sueño febril. Los puestos de madera crujían bajo el peso de las telas y el grano, mientras los vendedores pregonaban sus mercancías sin el temor de ser interrumpidos por el acero.

Entre la multitud, algunos soldados patrullaban con paso relajado; ya no eran las guardias pesadas de la guerra, sino meros vigías de una paz recién estrenada.

Altheris sentía el calor de la mano de Naerys entrelazada con la suya. A lo lejos, las risas de los niños rebotaban contra la estatua de Valtherion, el antiguo rey, cuya efigie de bronce observaba impasible a los campesinos que labraban la tierra en los márgenes del pueblo.

—Cuando nos casemos y estemos bajo la paz de mi padre —comenzó Altheris, rompiendo el silencio con una voz cargada de una serenidad inusual—, me encantaría ver corretear por aquí al nuevo príncipe de Valdoria.

Naerys se detuvo un instante, y una sonrisa radiante iluminó su rostro.

—Yo también ansío formar esa familia contigo —respondió ella, y el brillo en sus ojos delataba una emoción genuina—. Sin duda será un gran príncipe; tendrá como ejemplo al actual rey y a la leyenda de su abuelo, el mismísimo Valtherion.

La burbuja de intimidad se rompió cuando un joven guerrero, de paso firme pero impaciente, se abrió paso hacia ellos. Era Halvar.

—Rey, le informo que saldré unos momentos de Valdoria —anunció el muchacho con una breve inclinación.

Altheris soltó suavemente la mano de Naerys para encarar al joven. Notó la energía contenida en sus hombros, esa urgencia que solo tienen los que aún no han visto suficiente campo de batalla.

—¿Cuál es el motivo, Halvar?

—Solo quiero conocer los exteriores —replicó el guerrero con rapidez—. Necesito adaptarme, saber qué hay más allá de estas murallas.

Altheris asintió. Entendía esa curiosidad; el mundo exterior era el mejor maestro, aunque también el más cruel. Le dio una palmada firme en el hombro, un gesto que mezclaba autoridad y afecto.

—De acuerdo. Pero no te alejes demasiado. Si quieres, Kaelen puede acompañarte; conoce bien las rutas.

Halvar negó con la cabeza de inmediato, mostrando una chispa de orgullo.

—No, prefiero hacerlo por mi cuenta. Los grandes aprenden a andar solos.

Ante tal determinación, Altheris no insistió. Dio media vuelta y regresó al lado de Naerys, quien observaba a los niños jugar, quizá proyectando en ellos las palabras que acababan de compartir.

Ambos se quedaron en silencio viendo cómo Halvar se alejaba. El sol arrancaba destellos de la espada que colgaba de su cintura, un arma que aún parecía quedarle algo grande para su estatura.

—Solo es un muchacho con fuego en la sangre —comentó Altheris en voz baja—. Le enseñé a sostener el acero, pero aún debe aprender que la verdadera fuerza está en saber cuándo no desenvainarlo.

Naerys soltó una pequeña risa y apretó su brazo.

—Eres un gran hombre, Altheris. Siempre pensando en el peso de la espada antes que en el filo.

Siguieron caminando mientras el polvo del camino se levantaba levemente bajo sus pies.

Al pasar frente a la estatua de su padre, Altheris detuvo la mirada en los rasgos de bronce de Valtherion. El sol de la tarde hacía brillar el metal, dándole al antiguo rey una apariencia casi divina.

“¿Lo ves, padre?”, pensó Altheris con una mezcla de melancolía y triunfo. “No hacía falta derramar tanta sangre para ver esto”.

En ese momento, rompiendo la armonía del mercado, el graznido seco de un cuervo resonó desde lo alto, perdiéndose en la inmensidad del cielo claro sobre Valdoria.

---

El galope del caballo rítmico, aunque errático, era el único sonido que acompañaba a Halvar en la inmensidad.

El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que rivalizaba con los cascos del animal contra el suelo árido. Por fin, tras meses de anhelo y entrenamiento bajo la sombra de Altheris, era libre de marcar su propio rumbo.

Sin embargo, la libertad pesaba. Sus manos, aún inexpertas, temblaban ligeramente al aferrar las riendas cada vez que el animal amagaba con un movimiento brusco. El sol del desierto caía sin piedad sobre su armadura, calentando el metal dorado que tanto orgullo le propiciaba.

—No sé exactamente dónde estamos... este lugar es nuevo —murmuró para sí mismo, buscando consuelo en su propia voz.

Se giró sobre la montura, oteando el horizonte. Valdoria no era más que una mancha borrosa en la distancia. Había cabalgado más de lo que cualquier explorador novato recomendaría, pero el desierto parecía no tener fin.

Justo cuando el desánimo empezaba a calar, unas murallas oscuras y dentadas recortaron el cielo.

Halvar frunció el ceño. Desmontó con torpeza y guió al caballo a pie, sintiendo cómo el viento fresco le azotaba el rostro, cargado ahora con un olor distinto: una mezcla agria de metal oxidado y cuero viejo.

—¿Qué lugar será este? —susurró, acercándose a las puertas de madera que permanecían abiertas de par en par, como una mandíbula esperando a su presa.

Al cruzar el umbral, el ambiente cambió drásticamente. No había risas, ni el aroma a pan recién horneado de su hogar. La gente se movía con una seriedad gélida; incluso los mercaderes vigilaban sus puestos con dagas visibles en la cintura.

Halvar caminó entre la multitud, sintiéndose un faro de luz en un pozo de sombras.

De pronto, el murmullo del mercado se extinguió. Fue como si el viento hubiera dejado de soplar por miedo a lo que vendría. Los hombres de Zerakth, con ojos afilados como las espadas que portaban, detuvieron sus tareas.

Sus miradas se clavaron en el peto brillante de Halvar; el dorado de Valdoria era un insulto flagrante en aquella tierra de hierro y ceniza.
A pocos metros, dos guardias de facciones duras intercambiaron palabras en voz baja.

—Ese no es de aquí —dijo uno, estrechando los ojos—. Su armadura es distinta.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 12.04.2026

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