Cenizas de Valdoria

Capítulo 2

El atardecer teñía el cielo de un naranja sangriento, como si el firmamento mismo presagiara el conflicto.

Altheris salió a la explanada de su fortaleza, sintiendo el roce de un viento inquieto que agitaba su capa. Sus ojos recorrieron el horizonte, buscando una silueta que no aparecía.

Con un gesto rápido de los dedos, llamó a Kaelen, quien acudió de inmediato con el rostro marcado por la preocupación.

—Kaelen, ¿ha regresado Halvar ya? —preguntó Altheris, aunque la respuesta ya pesaba en el aire.

—No, señor. Aún no —respondió el general, negando con la cabeza.

Altheris clavó la vista en el horizonte, donde las sombras empezaban a devorar los caminos. La confusión en sus ojos se transformó en una punzada de ansiedad.

—Ya no tarda en oscurecer —murmuró—. Debería haber vuelto hace horas.

—No debimos dejarlo ir solo, Altheris. Es demasiado joven para medir los peligros de esta tierra —replicó Kaelen con amargura.

—Ya no podemos cambiar el pasado —sentenció el rey con un suspiro—. Solo nos queda esperar que sepa encontrar el camino de vuelta. No podemos buscarlo si no sabemos qué rumbo tomó.

El silencio fue interrumpido por el grito de un vigía desde lo alto de la muralla.

—¡Rey! ¡Se aproxima un caballo!

Un alivio momentáneo recorrió el cuerpo de Altheris.

—Debe ser él. ¡Abran las puertas! —ordenó.

El mecanismo de las puertas tronó, un sonido pesado que retumbó en los muros de la ciudad.

Altheris se mantuvo firme, esperando ver el rostro exhausto de su joven pupilo, pero su expresión se congeló cuando la silueta se multiplicó. No era un jinete solitario; eran varios, y cabalgaban con una formación cerrada y amenazante.

—Señor, ¿qué significa esto? —preguntó Kaelen, llevando instintivamente la mano al pomo de su espada—. Esas armaduras... son de Zerakth. ¡Debemos cerrar las puertas!

Altheris levantó la mano, exigiendo calma.

—No se desatará una guerra hoy. Nadie atacaría una ciudad con tan pocos hombres. Mantengan la posición.

A medida que los jinetes acortaban la distancia, Altheris reconoció al hombre que lideraba la marcha. Su figura desprendía una autoridad natural, casi telúrica.

—Rhaegor —susurró Altheris.

Los soldados de Zerakth cruzaron el umbral de Valdoria con una tranquilidad que rayaba en el insulto. Los habitantes del pueblo se detuvieron, aterrados; desde lo alto de la fortaleza, Naerys observaba con el corazón en un puño la llegada de aquel guerrero legendario.

Rhaegor detuvo su montura a escasos metros de Altheris. En las murallas, los arqueros de Valdoria tensaron sus arcos, apuntando directamente al pecho de los invasores, pero Altheris no dio la orden de disparar.

Durante unos segundos eternos, ambos líderes se midieron en silencio. La mirada de Rhaegor, fría y rapaz como la de un león, parecía perforar el aire a través de su casco.

—¿Qué se les ofrece? —rompió el silencio Altheris.

—Uno de los tuyos cruzó nuestras tierras —escupió Rhaegor con desprecio—. En otros tiempos, esto habría sido una declaración de guerra inmediata. Devuélvenos una razón para no tratarte como a un débil.

Altheris frunció el ceño, genuinamente desconcertado.

—¿De qué estás hablando? Explícate.

—Tú debes saberlo mejor que nadie, "Rey" —respondió Rhaegor con una ironía cortante.

Kaelen y los generales de Valdoria apretaban los puños, esperando la señal para caer sobre los intrusos, pero Altheris permanecía inmóvil.

Rhaegor desvió la vista hacia la estatua de bronce de Valtherion y soltó una carcajada seca.

—Dicen que la sangre no se diluye con el tiempo... pero al verte aquí, ofreciendo paz mientras nuestros hombres exigen sangre, me pregunto si realmente eres su hijo o solo el guardián de su tumba.

El silencio que siguió fue sepulcral.

—La fuerza de mi padre aseguró el pasado —respondió Altheris, controlando el temblor de sus manos—. Mi paciencia asegurará el futuro.

Rhaegor esbozó una sonrisa gélida.

—El futuro solo pertenece a quienes pueden defenderlo. Tienes tres días para darnos esa razón... o nos encargaremos de que seas el último de tu linaje.

Sin añadir una palabra más, Rhaegor hizo girar su caballo y galopó hacia el exterior, seguido por sus escoltas. Altheris observó cómo se marchaban, pero su mente no estaba en la amenaza, sino en el destino de Halvar.

—Señor, ¿por qué no dio la orden? —preguntó Kaelen, con la voz rota por la frustración—. Estaban en nuestra casa. Podríamos haberlos acabado.

—Si los atacaba, habría iniciado un incendio que consumiría a todo mi pueblo —respondió Altheris con gravedad—. Y ahora, tenemos un problema mucho mayor que el orgullo.

Se dio media vuelta y caminó hacia la fortaleza, mientras los murmullos de miedo empezaban a llenar las calles de Valdoria.

---

La noche había caído sobre Valdoria como un manto de plomo. Bajo la luz de la luna, la estatua de Valtherion proyectaba una sombra alargada que parecía juzgar cada movimiento de su hijo.

Altheris permanecía inmóvil frente al bronce frío, con la cabeza ligeramente inclinada, en un silencio que parecía una oración o una súplica de sabiduría para lo que estaba por venir.

El eco de metal contra piedra anunció la llegada de Kaelen. El general aún vestía su armadura, como si el simple hecho de quitársela fuera una traición a la seguridad del reino.

—Señor, disculpe la interrupción —dijo Kaelen, deteniéndose a unos pasos—, pero el pueblo está inquieto. ¿Qué vamos a hacer?

Altheris no despegó la vista de los ojos ciegos de la estatua.

—Nada que implique desenvainar el acero, por ahora.

Finalmente, se volvió hacia su general. La luz lunar acentuaba las ojeras de cansancio en su rostro, pero su mirada era firme.

—Mañana, al despuntar el alba, partiré rumbo a Zerakth. Ellos exigen una respuesta, y yo se la daré en persona.

Kaelen asintió instintivamente, empezando a trazar planes logísticos en su mente.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 12.04.2026

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