Cenizas de Valdoria

Capítulo 3

El sol comenzaba a despuntar sobre las murallas de Valdoria, bañando la ciudad con una luz dorada que contrastaba con la frialdad del hierro.

En el silencio de su aposento, Altheris se ajustaba las piezas de su armadura; el metal crujía, desacostumbrado al movimiento tras tanto tiempo de paz. Sus ojos se detuvieron un instante en su espada, que descansaba sobre la mesa.

Por un segundo, sus dedos rozaron el cuero de la empuñadura, pero finalmente retiró la mano.

Iría desarmado.

Se acercó a Naerys y tomó sus manos entre las suyas, sintiendo su calidez por última vez antes del viaje.

—Ya debo partir —dijo en un susurro cargado de determinación.

Naerys lo rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en el pecho de metal de Altheris. Al separarse, compartieron un beso suave, teñido de una amarga despedida.

—Te amo —murmuró ella, con la voz quebrada—. ¿Es tanto pedir que te quedes aquí conmigo? Que dejes que otros se encarguen de esto...

Altheris se irguió, mirándola con una ternura infinita pero inamovible.

—Ojalá pudiera hacerlo, Naerys. Nada desearía más que quedarme a tu lado, pero es mi deber proteger a los nuestros. Si no voy yo, nadie más podrá detener lo que se avecina.

Sin mirar atrás para no flaquear, Altheris salió del aposento. Naerys quedó sola en la penumbra, permitiéndose un suspiro profundo mientras sentía los latidos de su corazón golpeando con fuerza contra su garganta.

Ya en el patio, Altheris montó su caballo con un movimiento fluido.

—¡Abran las puertas! —ordenó con voz firme.

El mecanismo retumbó, invitando al rey a enfrentar un destino incierto. Kaelen se acercó al flanco del animal, sosteniendo la brida unos segundos, buscando una última señal de duda en su soberano.

—Señor... ¿está seguro de esto? —preguntó una vez más, con la esperanza de que cambiara de opinión.

Altheris asintió con gravedad.

—Lo estoy. Si por algún motivo no regresara, Kaelen, protege a los nuestros. Eres el escudo de este pueblo.

Dicho esto, se colocó el casco de hierro, ocultando sus facciones humanas tras una máscara de guerra.

Espoleó al caballo y partió hacia las tierras de Zerakth. Kaelen permaneció inmóvil, observando cómo la figura del rey se alejaba; no estaba listo para ver caer a un rey de Valdoria otra vez, y menos a uno que caminaba voluntariamente hacia la boca del lobo.

Finalmente, las puertas se cerraron con un estruendo definitivo.

Altheris galopó con fuerza, y el sonido de los cascos resonó en el valle como un tambor solitario.

A medida que las torres de Valdoria se hacían pequeñas a sus espaldas, el silencio del camino empezó a pesarle más que el propio hierro que vestía.

Iba solo, atravesando la inmensidad, llevando como única defensa una palabra que sus enemigos no hablaban y que, en tierras de Dáreion, solía pagarse con la muerte: paz.

---

Altheris llegó finalmente ante los muros de Zerakth. Su caballo, agotado por la jornada, fue frenando el paso hasta que el silencio del desierto lo envolvió todo.

El rey de Valdoria levantó la vista; el sol se reflejaba con una intensidad cegadora en su casco de hierro, mientras las murallas oscuras de la fortaleza enemiga se alzaban ante él como un desafío de piedra.

Se detuvo a una distancia prudencial.

No entraría. Su intención no era ser un invitado, sino un negociador bajo el cielo abierto. En lo alto de los muros, el brillo de una armadura alertó a los centinelas; los gritos de aviso resonaron y, en cuestión de minutos, una fila de arqueros se posicionó en las almenas, apuntando sus flechas hacia el jinete solitario.

Altheris no se inmutó. Cerró los ojos un segundo, sintiendo que el espíritu guerrero de su padre, Valtherion, cabalgaba a su lado, dándole la calma que su propio corazón le negaba.

Las pesadas puertas de Zerakth se abrieron lo justo para dejar salir a una pequeña comitiva. A la cabeza, montado en un semental negro, aparecía el Rey Dáreion.

Altheris desmontó con parsimonia, un gesto que Dáreion imitó. Cuando ambos estuvieron frente a frente, Altheris se retiró el casco. Sus ojos se encontraron con los del soberano de Zerakth, quien tenía a sus espaldas la sombra imponente de todo un ejército.

Altheris desvió la mirada hacia lo alto del muro. Allí estaba Rhaegor, observando el encuentro con una paciencia depredadora.

—Qué sorpresa, Rey de Valdoria... —rompió el silencio Dáreion con una voz rasposa—. No esperaba tenerte aquí tan pronto.

—Dáreion, enviaste a tus soldados a mis puertas con amenazas —respondió Altheris, yendo directo al grano—. ¿Todo esto por un joven soldado perdido?

Dáreion asintió con lentitud.

—Vengo a aclarar que no fue una declaración de guerra —continuó Altheris—. Fue una equivocación. El muchacho no conocía los límites.

Rhaegor, desde su atalaya, esbozó una sonrisa gélida al notar un detalle crucial: Altheris no portaba espada.

—El rey de Valdoria tiene más agallas de lo que creí —murmuró para sí mismo.

—Eso me gustaría creer —replicó Dáreion—, pero tu guerrero desenvainó su acero frente a los míos. En esta tierra, desenvainar es una promesa de sangre. Es el símbolo de la guerra.

Altheris mantuvo la espalda recta, sosteniéndole la mirada al rey enemigo.

—Es muy joven. Lo hizo por temor, no por estrategia. Conozco a Halvar; no creo que este conflicto deba escalar por el error de un muchacho que apenas sabe afeitarse.

Dáreion escupió al suelo arenoso, pensativo.

—Tienes razón. Estuve considerando devolverte a tu muchacho, pero como ha roto una ley sagrada, no puedo entregarlo porque si. Te propongo un trato: te devuelvo a tu guerrero a cambio de un pedazo de territorio en la frontera de Valdoria.

El aire pareció congelarse. Altheris se tambaleó internamente ante la audacia de la demanda. Solo el silbido del viento desértico llenó el silencio eterno que siguió.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 29.04.2026

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