Cenizas de Valdoria

Capítulo 4

Tras la partida de Altheris, el aire en Zerakth no se enfrió; al contrario, parecía vibrar con una tensión eléctrica.

En un salón privado, lejos de los oídos de la servidumbre, la luz de las antorchas proyectaba sombras alargadas y grotescas sobre las paredes de piedra.

El Rey Dáreion permanecía sentado, con una mano apoyada en la sien, sumido en una incertidumbre que pronto se transformaría en ambición.

A su lado, su mejor guerrero, Rhaegor, y su consejera, Vespera, aguardaban como depredadores esperando la señal para saltar.

—Rey, este es el momento —rompió el silencio Rhaegor, con una voz profunda que denotaba un respeto marcial pero impaciente—. Debemos atacar ahora. Valdoria es el único obstáculo para expandir nuestro imperio hasta donde alcance la vista.

Dáreion no respondió de inmediato, pero sus ojos se clavaron en Vespera, quien ajustó su túnica blanca con una elegancia gélida.

—Rhaegor tiene razón, señor —intervino ella, con una voz suave que ocultaba un veneno letal—. Valdoria es fruta madura esperando ser cosechada. Su rey actual es débil; ha venido aquí desarmado, suplicando por la vida de un muchacho. Pide paz porque teme al acero, pero nosotros sabemos la verdad: sin guerra, la paz no es más que una mentira que se marchita.

Dáreion se enderezó lentamente, procesando cada palabra.

—Es una oportunidad única —murmuró el rey—. Tenemos la excusa perfecta. Su soldado cruzó nuestra frontera; el honor de Zerakth ha sido manchado.

—Exacto —afirmó Rhaegor, dando un paso al frente—. Tu duda es lo único que mantiene con vida a Altheris. Si golpeas ahora, no habrá quien cuente la historia de su linaje.

Vespera asintió, con una mirada calculadora.

—Podemos atacar esta misma noche. La sorpresa es nuestra mejor arma. Si esperan un ataque, se prepararán para dentro de unos días, cuando se agote el plazo. Jamás imaginarán que el hierro caerá sobre ellos antes de que la luna alcance su cenit.

Dáreion se puso recto, y la vacilación que nublaba su rostro desapareció, siendo reemplazada por una mirada fría y cargada de una confianza oscura.

El rey de Zerakth había tomado una decisión.

—Si, así debe ser —sentenció Dáreion.

Miró directamente a Rhaegor, quien ya parecía saborear la batalla.

—Prepara a los soldados. Esta noche, Valdoria conocerá el verdadero significado del miedo. Atacaremos antes del alba.

Una sonrisa de orgullo y sed de sangre cruzó el rostro de Rhaegor. Se inclinó ante su rey en un gesto de lealtad absoluta.

—Como usted ordene, mi Rey.

Sin perder un segundo, el guerrero se retiró de la sala, y el sonido de sus botas contra la piedra resonó como el primer tambor de una guerra que Valdoria aún no sabía que estaba por librar.

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El cielo de Zerakth se teñía de un rojo violáceo, como si las nubes se empaparan de la sangre que estaba por derramarse.

Rhaegor salió al patio de armas, donde el aire ya vibraba con el roce del cuero y el metal. Con paso pesado y seguro, se encaramó a una gran roca, elevándose sobre la masa de guerreros que aguardaban órdenes.

—¡Escuchen! —rugió Rhaegor, y su voz cortó el murmullo del viento—. Esta noche, Valdoria dejará de ser un sueño lejano. Atacaremos bajo el manto de la oscuridad y, si el acero nos es fiel, la tomaremos de una vez por todas.

Un clamor ensordecedor respondió a sus palabras. Los soldados levantaron sus espadas, creando un bosque de metal que reflejaba los últimos rayos del sol.

—Preparen sus filos, aseguren sus escudos y afilen sus lanzas —continuó, su voz cargada de una autoridad eléctrica—. La gloria nos espera tras las murallas del sur. ¡Por Zerakth!

El nombre de Rhaegor fue coreado con una ferocidad que hizo temblar la tierra. El eco del grito fue tan potente que se filtró por las rendijas de las celdas más profundas, llegando hasta los oídos de un Halvar que, en la oscuridad, comprendió que su tiempo se agotaba.

Rhaegor descendió de la piedra, sintiendo la adrenalina recorrerle la piel. Mientras caminaba entre las filas de hombres que se armaban, se detuvo en seco.

A unos metros, un joven llamado Tharon golpeaba con energía un muñeco de práctica. El chico usaba una espada de madera, y sus movimientos eran rápidos, aunque carentes de la malicia necesaria para el campo de batalla.

Rhaegor se sentó en una roca cercana y mordió una manzana con desdén, observando al muchacho con la calma de un depredador que mira a una cría jugar.

Tharon, sudoroso y con una sonrisa de emoción, se percató de su presencia.

—Dicen que en Valdoria nos espera la gloria —dijo Tharon, deteniéndose para recuperar el aliento—. Será como salir de caza, ¿verdad, Rhaegor? Mi nombre se cantará en las hogueras cuando regresemos.

Rhaegor se levantó lentamente. Tiró el resto de la manzana al suelo y se acercó al joven con una lentitud amenazante.

En un movimiento tan rápido que el ojo apenas pudo seguirlo, le arrebató la espada de madera. Tharon, sorprendido, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra.

—La guerra no es un banquete, muchacho —sentenció Rhaegor, cerniéndose sobre él—. Es barro, es el olor de la sangre caliente y el sonido de hombres que mueren gritando por sus madres. No vas a ir a cazar ciervos; vas a intentar no ser uno de ellos.

Tharon se puso de pie, limpiándose el polvo de la túnica. Sus ojos, lejos de mostrar miedo, brillaban con una determinación fanática.

—Si muero en Valdoria bajo tu mando, será un honor que mis ancestros envidiarán —respondió el joven con firmeza—. Enséñame a morir como un hombre de Zerakth.

El silencio se prolongó entre ambos. Rhaegor estudió el rostro del chico, reconociendo en él ese fuego imprudente que suele apagar la primera flecha. Arrojó la espada de madera a los pies de Tharon.

—Entonces levanta el escudo —dijo finalmente—. Si vas a buscar el honor, asegúrate de que el enemigo tenga que esforzarse para dártelo. No mueras antes de tiempo.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 29.04.2026

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